Capítulo 20 · El malentendido de la boda
El malentendido de la boda
La ciudad, después de dos meses de pueblo, me parecía otro planeta. Demasiadas luces, demasiado ruido, demasiada gente que no te miraba a la cara, y yo, que había crecido allí, me sentía como una turista en mi propia vida.
Aparqué fatal, pagué una hora y media de parking por veinte minutos de intento, y llegué a la dirección que me había mandado Bruno con el pelo revuelto y las mejillas coloradas del frío, y lo vi antes de que él me viera a mí.
Estaba en la acera de enfrente, delante de una tienda de muebles, hablando con Sofía Rego.
Se reían. Ella tenía una mano apoyada en su brazo, en ese gesto que no significa nada y significa todo, y Bruno, con las manos hundidas en los bolsillos y el abrigo abierto, la escuchaba con una cara que yo conocía demasiado bien, la cara de cuando alguien te cuenta algo que le importa.
Me quedé parada en mitad de la acera, con el bolso colgando y el corazón en el suelo, y en ese momento, justo cuando el universo parecía empeñado en rematarme, sonó el móvil con un mensaje de Vera.
Feria de la Castaña · edición especial
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¿Te ha llegado la invitación?
A mí sí. Bodas con tarjetón. Mira que le gusta a Iván hacerse notar.
Abrí el sobre que llevaba en el bolso y que había recogido del buzón sin abrirlo. Tarjeta gruesa, letras doradas, y dos nombres: Iván y Clara. Debajo, con una caligrafía que era un insulto en sí misma, dos palabras: «Y tú, con pareja».
Levanté la vista. Bruno seguía en la acera de enfrente, con Sofía, riéndose.
En mi cabeza, que es un lugar muy peligroso cuando se pone a funcionar solo, encajaron todas las piezas de golpe, y las piezas formaron una historia que no era verdad pero que parecía verdad, que es peor.
Sofía se casa. Iván se casa. Bruno, que fue el novio de Sofía hace nueve años, se reencuentra con ella justo cuando ella vuelve al pueblo. La sorpresa de la cena, la gestión en la ciudad, el viernes libre, la sonrisa de esta mañana al móvil… todo tenía un sentido nuevo y horrible.
Crucé la calle sin pensar.
—Nuria —dijo Bruno, al verme, y se le iluminó la cara—. Has llegado antes.
—Hola.
—Nuria, te presento a Sofía. Sofía, esta es Nuria.
—Ya nos conocemos —dijo Sofía, con una sonrisa que no le llegaba a los ojos—. La de la tarta.
—La de la tarta —repetí, con una voz que me salió de otra persona.
—Bueno, os dejo —dijo Sofía—. Bruno, ya sabes, lo hablamos. Sin prisa, pero sin pausa.
Se fue. Bruno se quedó mirándome, y yo me quedé mirándolo, y él, que sabía leer a los animales y a los motores, no supo leerme a mí.
—¿Estás bien?
—Perfecta.
—Estás rara.
—Tengo hambre.
Mentira. Se me había cerrado el estómago.
Cenamos en un sitio bonito, con velas y mantel de verdad, y Bruno, durante toda la cena, estuvo más atento que nunca.
Me preguntó por el obrador, por las tartas de la semana, por si se me había ocurrido alguna receta nueva.
Me contó que la yegua del marqués había mejorado.
Me puso el postre a medias sin que se lo pidiera.
En el momento del café, con la taza entre las manos y la vista puesta en la mesa, me dijo:
—Tengo algo para ti.
Sacó del bolsillo un sobre pequeño, y yo, que en aquel momento odiaba todo el universo, pensé: ya está, viene la boda.
—Ábrelo.
Lo abrí.
Era una llave. Una llave vieja, de hierro, con un llavero de cuero hecho a mano.
—Es la copia de la llave del bajo municipal —dijo—. Doña Piedad me ha dado una para que empiece a mirar cómo lo acondiciono, si ganamos. He pensado que, si al final gano la concesión y tú te quedas con el obrador, vamos a necesitar dos llaves. Una para mí y una para ti.
Me quedé con la llave en la mano.
—Por si acaso —añadió, y se le puso una sonrisa torcida—. Por si las cosas salen bien.
Yo, que llevaba dos horas construyendo una traición con muebles de tienda y un brazo de mujer, de golpe comprendí que Bruno Ansorena acababa de darme, en un sobre, la llave de un futuro que él había estado imaginando conmigo, y de que yo, en la acera de enfrente, había decidido no creerle.
—Gracias —dije, y me salió una voz pequeña.
—No es nada.
—Sí es.
Volvimos al pueblo en coches separados, cada uno el suyo, y durante todo el camino yo me repetí que era una idiota, que Sofía era el pasado, que la sonrisa al móvil era por la llave, que todo tenía explicación.
Cuando llegué a casa y me metí en la cama con la llave en la mesilla, sonó el móvil otra vez.
No era Bruno.
Era una foto, enviada por un número que no tenía en la agenda, de Sofía y Bruno en la acera de la tienda de muebles.
Debajo, cinco palabras.
«Esto es lo que no te cuenta.»
Me quedé toda la noche mirando aquella foto, sin saber quién la había mandado, sin atreverme a preguntar, y por primera vez desde la noche del temporal, la única cosa que me dio miedo no fue perder a Bruno.
Fue darme cuenta de que había alguien en el pueblo a quien no le convenía que lo ganara.