Pareja en prácticas (Villamar de la Ría nº 1) Capítulo 19 · La avería
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Capítulo 19 · La avería

La avería

La furgoneta se me averió en el peor sitio posible, que es como se averían siempre las furgonetas: en el camino del faro, a siete kilómetros del pueblo, con la niebla pegada al suelo y sin cobertura.

Llamé a la grúa, y la grúa me dijo que llegaría en dos horas, y a los veinte minutos de espera, con el frío entrándome por las rendijas, apareció un coche conocido por el retrovisor y se paró detrás.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Bruno, bajando con el abrigo mal puesto.

—Vender tartas al farero, qué voy a hacer.

—No hay farero.

—Pues por eso se me ha averiado la furgoneta, por venir a venderle tartas a un farero que no existe.

Bruno se asomó al motor, hizo un par de cosas con las manos, movió un cable, y la furgoneta arrancó con un rugido ofendido.

—Era el borne de la batería —dijo—. Estaba flojo.

—¿Y tú cómo sabes de mecánica?

—Sé de animales. Un caballo y un motor se parecen más de lo que la gente cree.

—Eso es la cosa más rara que me han dicho en la vida.

—Es verdad.

—No lo dudo.

Nos quedamos allí de pie, con la niebla y el faro apagado y el mar sonando abajo, y Bruno, en vez de subirse al coche e irse, se apoyó en la furgoneta y se quedó mirando la niebla, y yo me apoyé a su lado, y durante un rato no dijimos nada, que era lo que hacíamos mejor.

—¿Puedo preguntarte una cosa? —dije.

—Puedes.

—¿Por qué no te has ido nunca de aquí?

Bruno tardó en contestar. Se puso a mirar el faro, que no daba luz, y luego el mar, que no se veía, y luego a mí.

—Porque alguien tenía que quedarse —dijo—. Cuando mi padre enfermó, mi madre ya no estaba, y yo era el único, y me quedé, y luego la clínica, y luego los años, y un día me di cuenta de que ya no me iba a ir.

—¿Y no te da rabia?

—A veces. —Se metió las manos en los bolsillos—. Pero la rabia es como el temporal, que viene, rompe cosas y se va. Lo que queda es la casa.

—Y tú has arreglado la casa.

—Algo así.

Se giró hacia mí.

—Y tú, ¿por qué te fuiste?

Ahí, en mitad del camino del faro, con la niebla comiéndose el mundo, estuve a punto de decírselo todo.

La deuda. La casa. La venta. Que había vuelto al pueblo para vender el obrador de mi abuela y marcharme antes del invierno.

Que todo lo que estaba pasando, el concurso, el pacto, él, era en realidad un paréntesis dentro de una huida.

Abrí la boca.

No lo dije.

—Me fui porque aquí no había nada para mí —dije—, y volví porque… porque me quedé sin nada en otro sitio.

—Eso no es lo mismo que querer volver.

—No. No lo es.

Bruno me miró un segundo de más, con la cara de haber oído lo que yo no había dicho, y luego hizo algo que no me esperaba: se quitó el abrigo, me lo echó por los hombros y me dijo que me metiera en la furgoneta, que el frío del faro era traicionero.

—Y tú qué.

—Yo ya estoy acostumbrado al frío.

—Bruno.

—Métete, anda.

Me metí. El abrigo olía a él, a leña y a clínica, y mientras él se subía a su coche y me hacía señas de que lo siguiera de vuelta al pueblo, yo me quedé con aquel olor en la cara y con una culpa nueva, una culpa que llevaba semanas creciendo y que aquella noche, en el camino del faro, me llegó a la garganta.

Llegué a casa y me senté en la cocina a hacer las cuentas que llevaba un mes evitando.

Las cuentas no salían.

Si no vendía el obrador antes de primavera, el banco me iba a ejecutar la hipoteca de la casa de la abuela.

Si lo vendía, se lo vendía a Bruno para su clínica, porque el bajo municipal era su única salida y yo lo sabía.

Si Bruno ganaba la concesión y yo le vendía el obrador, los dos salíamos del pozo, él con su clínica y yo con mis deudas saldadas y un billete de vuelta a la ciudad.

Era la solución perfecta.

Era, además, la cosa más triste que había pensado en mi vida.

Apagué la luz y me fui a la cama con el abrigo de Bruno todavía en la silla, y a las dos de la mañana, cuando ya me había dormido, el móvil se encendió con un mensaje.

Bruno

en línea

Nuria, mañana viernes tengo que hacer una gestión en la ciudad. ¿Cenamos allí? Invito yo. — B.

Debajo, un segundo mensaje, enviado tres minutos después.

«Es una sorpresa.»

Yo, tonta de mí, me quedé mirando la pantalla en la oscuridad, con el corazón acelerado, sin saber que aquella «sorpresa» iba a ser el principio de todo lo que después se rompió.