Pareja en prácticas (Villamar de la Ría nº 1) Capítulo 18 · La tarta
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Capítulo 18 · La tarta

La tarta

La prueba de la cocina se celebró el sábado por la mañana en la cocina del centro social, que tenía dos fogones, una campana que no aspiraba y una ventana grande con vistas a la plaza por la que doña Piedad y otras cuatro señoras del jurado iban a mirarnos como quien mira a los animales del zoo.

—A puerta cerrada —había dicho doña Piedad—. Para ver quién finge bien cuando cree que nadie lo ve.

Lo que doña Piedad no sabía, ni yo tampoco hasta aquella mañana, era que a puerta cerrada Bruno y yo éramos mucho peores fingiendo que a puerta abierta.

Empezamos mal, además, porque me puse los nervios de la competición y olvidé en el obrador la mitad de los ingredientes.

—Falta la canela —dije, mirando la bolsa.

—Y el boniato —dijo Bruno, que había estado repasando la lista por encima de mi hombro.

—El boniato está.

—El boniato no está.

—Bruno, yo sé lo que he metido en la bolsa.

—Y yo sé lo que no has metido, porque he mirado la bolsa mientras la metías.

Me giré. Él me sostuvo la mirada. En ese momento los dos nos dimos cuenta, a la vez, de lo que acababa de pasar: que un hombre que lleva mes y medio fingiendo ser tu novio no se sabe tu lista de la compra de memoria.

—Vas a tener que ir a por el boniato —dijo, bajando la voz.

—No me da tiempo.

—Ve tú, que conoces la despensa de tu abuela mejor que yo. Yo entretengo al jurado.

—¿Cómo?

—Tocando el himno del pueblo con dos cucharas. Lo hacía de pequeño.

Lo hizo. Mientras yo salía por la puerta de servicio y corría al obrador, Bruno Ansorena, el hombre más serio del norte de España, se puso a tocar con dos cucharas en una olla, delante de la ventana del jurado, y las cinco señoras, incluida doña Piedad, se rieron tanto que dejaron de mirar la cocina durante cinco minutos.

Volví con el boniato. Al entrar por la puerta de servicio, me crucé con Sofía Rego, que venía de la cocina de al lado con un delantal impecable y un bol de algo que parecía nata montada por un profesional.

—Nuria, ¿verdad? —dijo, sin pararse—. La nieta de la pastelera. Qué bien que hayas recuperado el obrador. Tu abuela estaría orgullosa.

—Gracias.

—Aunque para el concurso deberíais haber traído a alguien con más experiencia, ¿no? —Sonrió—. Los dulces de temporada son muy difíciles. Nosotros hemos traído a Andrés, que ha trabajado en un dos estrellas de Bilbao.

—Ya. Pues aquí ganó el año pasado una señora con un arroz con leche.

—Sí —dijo Sofía, y me miró de una manera que no me gustó—. Las cosas de este pueblo son así. Se ganan por cariño, no por mérito.

Se fue, y yo me quedé con el boniato en la mano y una rabia nueva, una rabia que no era por mí, sino por mi abuela, por su obrador, por todos los años que aquella mujer había estado haciendo tartas de castaña para un pueblo que a lo mejor nunca le había dado las gracias.

Volví a la cocina con eso en la cara, y Bruno, que me conocía la cara, lo notó en el acto.

—¿Qué te ha dicho?

—Nada.

—Nuria.

—Que este pueblo gana por cariño y no por mérito.

Bruno se quedó un segundo quieto, con el rodillo en la mano, y luego hizo algo que no me esperaba: se acercó a la ventana, llamó con los nudillos al jurado y dijo, muy alto, para que se oyera en toda la plaza:

—Doña Piedad, una pregunta de reglamento.

—Dime, hijo.

—Si una pareja insulta el trabajo de otra pareja antes de la prueba, ¿se les resta puntos o se les descalifica directamente?

Del otro lado de la ventana se hizo un silencio de iglesia. Sofía, en su cocina, se puso roja. Doña Piedad miró su libreta, miró a Sofía, me miró a mí, y dijo, con una solemnidad que le salía del alma:

—Se les resta, y queda apuntado.

Ahí, delante de todo el pueblo, en una cocina de fogones prestados, Bruno Ansorena me defendió sin levantar la voz, sin decir mi nombre, sin hacer nada parecido a un gesto romántico, y yo, que llevaba toda la mañana intentando fingir bien, me di cuenta de que aquello, precisamente aquello, era lo que más me había querido nadie en toda mi vida.

Hicimos la tarta.

La hice yo, la verdad, con Bruno de ayudante, y salió la mejor tarta de castaña y calabaza que había salido nunca de mis manos, con la masa quebrada de la abuela y un corazón de boniato asado que le daba un color de otoño por dentro, de este otoño nuestro, de niebla y de leña.

Cuando el jurado la probó, doña Piedad cerró los ojos, y las otras cuatro señoras cerraron los ojos detrás de ella, y la tía Pili, que estaba en la plaza mirando por la ventana, dijo en voz alta que «esa tarta era la de siempre, la de la difunta, pero mejor», y a mí se me llenaron los ojos de agua, porque en aquel pueblo, entre aquellas mujeres, decir «la de la difunta, pero mejor» era el piropo más grande que se le podía decir a una pastelera.

Ganamos la prueba.

Se lo dije a Bruno al salir, con las manos todavía manchadas de harina, y él me miró con esa media sonrisa, y yo le habría besado allí mismo, delante del jurado, de la plaza y de todo el pueblo, si en ese instante no se hubiera acercado Sofía Rego.

Se acercó a Bruno, no a mí. Le habló bajito, muy cerca, con esa intimidad de la gente que ha compartido un pasado, y yo, a dos pasos, oí solo el final.

—… porque tú y yo sabemos por qué te apuntaste la primera vez, y sabemos por qué te has apuntado esta.

Bruno se quedó de piedra.

—Sofía.

—Ya me voy. —Se giró hacia mí, con una sonrisa perfecta—. Enhorabuena por la tarta, Nuria. De verdad. Es la mejor de las dos.

Se fue con su abrigo caro y su marido y su dos estrellas de Bilbao, y yo me quedé allí, con la harina en las manos y una pregunta nueva metida en el pecho, una pregunta que no me atreví a hacerle a Bruno porque sabía que, si la hacía, la respuesta me iba a doler.

¿Por qué te apuntaste la primera vez, Bruno? ¿Y por qué esta?

Aquella noche no le pregunté nada.

Pero me quedé despierta, y a las tres de la mañana, cuando ya no podía más, encendí el móvil y busqué en internet el nombre de Sofía Rego.

Lo que encontré me dejó el corazón en un puño.

En la foto de la boda de Sofía, que había salido en un periódico de la provincia hacía cuatro años, en la segunda fila, entre los invitados, con un traje gris y el pelo más corto, estaba él.

Bruno.