Capítulo 17 · La porra del pueblo
La porra del pueblo
La porra sobre nuestro primer beso dejó de ser clandestina el lunes, cuando doña Piedad, en calidad de presidenta del jurado, colgó en la puerta del ayuntamiento una hoja con las apuestas «oficiales» y una hucha de barro para recaudar fondos «para las luces de la feria».
—¿Esto es legal? —pregunté.
—En Villamar, todo es legal mientras se apueste poco —dijo Vera.
La hoja tenía veintitrés apuestas. La tía Pili, como sabíamos, iba a dos semanas, y ya llevaba una ventaja considerable porque se acercaba la fecha.
La señora del estanco había puesto a Fin de Año.
Don Cándido, el del baile, había puesto a «nunca, esos dos son más duros que el pan de dos días».
Alguien, con una letra temblorosa que no reconocí, había puesto una sola palabra en la columna de la fecha: «Ya».
—¿Quién ha puesto eso? —dije.
—No lo sé —dijo Vera, con una sonrisa que sabía demasiado—. Pero quien lo haya puesto, ha ganado, ¿no?
—Vera.
—Yo no he dicho nada.
El pueblo se dividió, como se divide todo en los pueblos pequeños, en dos bandos irreconciliables: los que decían que Bruno y yo ya estábamos juntos de verdad y los que decían que todo era teatro.
Lo gracioso es que los dos bandos tenían razón, y ninguno lo sabía, y yo tenía que ir por la calle fingiendo que no sabía cuál de los dos era el que acertaba.
Bruno lo llevaba peor que yo.
—Hoy me ha parado la panadera —me dijo, en la clínica, mientras le ponía una vacuna a un mastín—. Me ha dicho: «Bruno, hijo, que se te ve, que se te ve».
—¿El qué?
—No lo sé. Eso es lo peor. No lo sé.
—¿Y tú qué le has dicho?
—Que se me ve el abrigo viejo.
Me reí tanto que el mastín me ladró.
—No te rías —dijo Bruno, con el perro bajo el brazo—. Esto es un problema. Yo no sé fingir.
—Ya lo he notado.
—¿Y qué hacemos?
—Fingir peor, digo yo. —Cerré la caja de las vacunas—. Si vas por ahí con la cara de siempre, nadie sospecha. El problema es que ya no tienes la cara de siempre.
Bruno se miró en el cristal de la clínica, que hacía de espejo, y se puso una cara de piedra muy exagerada, y le salió tan mal que los dos acabamos riéndonos y el mastín se puso a aullar.
Aquel miércoles, doña Piedad convocó a todas las parejas del concurso en el salón de usos múltiples para anunciar las pruebas que quedaban, y lo hizo con una solemnidad de pleno extraordinario.
—Quedan ocho pruebas —dijo, con la libreta en la mano—. Quiero recordarles a los concursantes que el jurado valora la «autenticidad». No quiero parejas de escaparate. Quiero parejas que se quieran.
Alguien tosió. Yo miré al techo.
—Por eso —siguió—, la próxima prueba será la prueba de la cocina. Cada pareja elaborará un dulce de temporada, y no vale copiarse de la suegra, que ya conozco yo a todas las suegras de este pueblo.
Ahí fue cuando lo dijo.
—Además, tengo el honor de anunciar que se incorpora al concurso una pareja nueva. Vienen de fuera, pero tienen raíces aquí, y han pedido participar con todas las de la ley.
Levanté la cabeza.
—Sofía Rego y su marido, Andrés. Del estanco.
El salón se llenó de murmullos, y yo, desde la última fila, vi cómo Bruno se quedaba muy quieto, con las manos en los bolsillos, y cómo, enfrente de todos, una mujer del abrigo caro se giraba para buscarlo con la mirada, y al encontrarlo sonreía despacio, como quien saluda a alguien a quien estuvo a punto de querer mucho.
—Y una cosa más —dijo doña Piedad—. Como el jurado valora la autenticidad y aquí hay parejas que llevan meses de escaparate, he decidido que la prueba de la cocina sea a puerta cerrada.
Solo la pareja, en la cocina, y el jurado mirando por la ventana.
A ver quién finge bien cuando cree que nadie lo ve.
Salí del salón con el corazón en un puño y con una idea que no me gustaba nada, y Vera, que me esperaba en la puerta, me la dijo antes que yo.
—Nuria.
—Dime.
—Esa prueba es un problema para vosotros dos.
—Ya lo sé.
—¿Por qué? —Vera me miró—. Si estáis juntos de verdad, la prueba de la autenticidad la ganáis con los ojos cerrados.
Ahí estaba el problema, justo ahí, tan claro que no entendía cómo no lo había visto antes: que la prueba nos iba a obligar a demostrar delante de todos lo que llevábamos una semana escondiendo, y que el único modo de ganarla era hacer pública la única cosa que habíamos decidido no contar.
Esa noche, en el grupo de WhatsApp, alguien que no firmó escribió dos líneas que me dejaron helada.
Feria de la Castaña · edición especial
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Ojo con la del estanco.
Que viene a por lo que dejó.