Pareja en prácticas (Villamar de la Ría nº 1) Capítulo 16 · Después
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Capítulo 16 · Después

Después

Me desperté con la luz gris del temporal en la cara y con un pie frío, y tardé tres segundos en acordarme de todo, y el tercer segundo fue el peor, porque en ese segundo pensé que Bruno ya no estaría.

Estaba.

Sentado en el suelo, con la espalda contra la pared y la manta hasta la barbilla, mirándome dormir con una cara que no le había visto nunca, una cara sin defensa, de esas que solo se tienen a las siete de la mañana.

—Buenos días —dijo.

—Buenos días.

—No te he querido despertar.

—Ya. Llevas mucho rato ahí?

—Un rato.

—¿Cuánto es un rato?

—Desde las cinco.

Me tapé la cara con la manta y me reí por debajo, y él se rió también, y durante un momento ninguno de los dos dijo nada, porque no hacía falta.

Luego bajamos a la cocina, y resultó que el temporal había tumbado un árbol en la carretera y no había luz en todo el pueblo, así que Bruno encendió el horno de leña, que era lo único que funcionaba sin electricidad, y desayunamos castañas asadas de la bandeja de la noche anterior y leche caliente, sentados en el poyete, con las manos alrededor de los vasos.

—Esto no puede saber nadie —dije, al fin.

Bruno asintió despacio.

—No porque me avergüence —me apresuré a añadir—. Porque si el pueblo se entera de que de verdad estamos juntos, el concurso se convierte en otra cosa, y no quiero que la feria sea un escaparate de esto.

—Ya lo había pensado.

—¿Y te parece bien?

—Me parece lo único sensato. —Me miró—. Aunque no me hace ninguna gracia tener que hacer como que no.

—A mí tampoco.

—Entonces estamos de acuerdo en todo menos en la parte que nos gusta.

Me reí otra vez. Llevaba una hora riéndome más que en todo el año, y no sabía si era por él o porque llevaba semanas sin dormir bien, y decidí no analizarlo, que ya tendría tiempo.

En eso, la puerta del obrador se abrió de golpe y entró el gato, el gato negro que Bruno había rescatado del barro el día de la colada, que había adoptado el obrador como casa y a mí como criada, y que entró con la cola tiesa y se sentó frente a nosotros como un notario.

—Ay, no —dijo Bruno.

—¿Qué?

—Ese gato tiene hambre, y si tiene hambre, mañana trae a otro.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque yo he tenido siete gatos, y ninguno de los siete ha venido solo.

Le di leche en un plato, el gato bebió con una solemnidad absurda, y Bruno sacó el móvil para mirar la previsión del tiempo, y en cuanto la señal volvió, con la señal llegaron los mensajes.

El grupo de WhatsApp estaba en ebullición. Alguien había subido, a las seis y veinte de la mañana, una foto del coche de Bruno aparcado delante del obrador, con el cristal empañado y la nieve de la helada encima, y el pueblo llevaba dos horas haciendo cábalas.

Feria de la Castaña · edición especial

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¿Alguien sabe por qué el veterinario ha pasado la noche en el obrador?

La persiana, dice doña Piedad

Doña Piedad dice muchas cosas

Que fue a arreglar la persiana a las doce de la noche

Y sigue ahí a las siete

Yo solo digo que la persiana es larga de arreglar

Esa pareja va a acabar con la salud de este pueblo

—Ya está —dije, dejando el móvil boca abajo.

—¿Ya está qué?

—Que el pueblo no es tonto, Bruno. El pueblo nunca es tonto.

Bruno se quedó mirando la puerta, con la taza en las manos, y luego hizo lo que hacía siempre cuando estaba nervioso: buscarle la lógica a la cosa.

—Mientras no puedan demostrar nada, no hay nada —dijo.

—¿Y si lo demuestran?

—Entonces —dijo, y me miró con esa media sonrisa que le salía dos veces al año y que aquella semana ya me había regalado dos—, entonces ya veremos cómo fingimos lo contrario.

Me levanté a poner la cafetera y él se levantó conmigo, y en la cocina oscura, con la luz del horno de leña iluminándonos la cara, me cogió de la cintura y me besó despacio, y yo me dejé, y cuando nos separamos los dos sabíamos ya que aquello, pasara lo que pasara con el pueblo y con el concurso y con las doce pruebas, ya no tenía vuelta atrás.

Lo que ninguno de los dos sabía era que, aquella misma mañana, en la acera de enfrente del estanco, había alguien más mirando el coche de Bruno aparcado delante del obrador.

Porque esa persona no iba a esperar a que el concurso terminara para decir lo que pensaba.