Pareja en prácticas (Villamar de la Ría nº 1) Capítulo 15 · El prometido y el temporal
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Capítulo 15 · El prometido y el temporal

El prometido y el temporal

Iván apareció en el bar del pueblo el sábado por la tarde, con un jersey de marca y esa sonrisa de anuncio que yo había tardado dos años en aprender a no creerme, y lo primero que hizo fue acercarse a la mesa donde yo estaba con Vera y decir, muy alto, para que se enterara todo el bar:

—¡Nuria! Qué pequeñito es el mundo, ¿no?

A su lado había una mujer guapísima, muy rubia, muy tranquila, con una mano apoyada en su brazo y un anillo que le cabía medio dedo.

Se llamaba Clara y era, según supe después, la hija de un empresario de la ciudad que tenía negocios de hostelería en toda la costa y que, por lo visto, estaba muy interesado en «proyectos de turismo rural».

—Vera, ¿tú te acuerdas de Iván? —dije, con una voz que me salió más firme de lo que estaba—. Mi ex.

—Claro que me acuerdo —dijo Vera, sin sonreír—. El que te dejó plantada la víspera de Nochebuena.

Todo el bar, que fingía no escuchar, dejó de fingir durante un segundo.

—Bueno, plantada —dijo Iván, riéndose—. Digamos que las cosas se dieron así.

—Se dieron así —repetí, y me sorprendió lo poco que me dolía decirlo.

Clara, que resultó ser más lista de lo que su anillo sugería, miró a Iván y luego a mí, y cambió de tema con una elegancia que le agradecí.

—Me encanta el pueblo —dijo—. Iván me ha contado que vais a hacer una feria preciosa este año. ¿Vosotros participáis?

—Participamos —dije.

En ese momento, justo en ese momento, entró Bruno por la puerta, con el abrigo mojado y el pelo revuelto de la lluvia, y se acercó a la mesa y me puso una mano en la espalda, y no fue una mano de concurso: fue una mano de hombre que llega y saluda a su gente.

—Perdona el retraso —dijo—. Se me ha complicado lo de la yegua.

Me giré para presentárselo, y vi que Iván lo estaba mirando con esa cara que ponía cuando quería parecer simpático y estaba haciendo cálculos.

—Tú eres el veterinario, ¿no? El que se quedó en el pueblo.

—Sí.

—Muy noble. —Iván le tendió la mano—. Yo soy Iván. El ex de Nuria. Bueno, el ex oficial. Ya sabes cómo son estas cosas.

Bruno, que le estrechó la mano sin apretar y sin soltar, dijo la frase que me hizo querer besarlo allí mismo, delante de todo el bar:

—Yo no soy el ex de nada. Soy el que está.

Iván se rió, pero la risa le duró poco, porque el vecindario había oído la frase y ya estaba mirando, y Vera, a mi lado, dio un sorbo a su caña con una satisfacción que se le oía.

Aquella tarde, Iván se dedicó a lo que mejor se le daba: a dejar caer, entre sonrisas, que se casaba en primavera, que se casaba en el pueblo, que ya estaban mirando fincas, que a lo mejor compraban algo por aquí, que a lo mejor se instalaban.

Clara, que no tenía ni idea de lo que estaba pasando, decía que sí a todo con entusiasmo, y yo, mientras fingía escuchar, me miraba las manos y me daba cuenta de que no sentía absolutamente nada.

Nada menos la última vez que Iván me miró, al salir, con esa mirada suya de «ya volveremos a hablar», y me dijo bajito, para que solo lo oyera yo:

—Te veo muy metida en el papel, Nuria. Espero que no te lo tomes muy en serio, que ya sabes cómo acaban estas cosas.

No contesté. No hacía falta.

Lo que no me esperaba era el temporal.

Por la noche, la borrasca entró por el norte como entra todo en aquel pueblo, sin avisar.

A las once el viento arrancaba las tejas del tejado del obrador, a las once y media se fue la luz en toda la calle y a las doce, cuando me disponía a subir a dormir con una linterna y medio kilo de nervios, alguien llamó a la puerta.

Era Bruno. Empapado. Con una caja de herramientas en una mano y una vela en la otra.

—He visto que estabas sola y que la persiana del obrador se ha soltado con el viento. Si entra agua en el obrador esta noche, mañana no hay sidra que valga.

—Bruno, son las doce.

—Y la persiana sigue suelta.

Se quedó en el umbral, chorreando, sin terminar de entrar, y yo me hice a un lado y él entró, y cerró la puerta y el viento se quedó fuera, y de golpe el obrador se llenó del ruido de la lluvia en el cristal y del olor a masa y a leña, y de algo más que no sé nombrar.

Subimos a la buhardilla por la persiana, y Bruno la sujetó y le puso un tornillo y luego otro, con la vela entre los dientes y las manos llenas de agua, y cuando terminó yo tenía dos mantas y una botella de sidra de la última cosecha, la que había dejado la abuela, y nos sentamos en el suelo, junto a la ventana, a mirar cómo el temporal se llevaba el otoño.

—A tu ex no le gusta que estés aquí —dijo Bruno, al rato, mirando la lluvia.

—A mi ex no le gusta nada que no sea suyo.

—Lo sé. —Bebió un trago de la botella y me la pasó—. Por eso me ha alegrado verlo. Que no le guste que estés aquí significa que aquí es donde tienes que estar.

Me reí, y él me miró, y yo le miré, y la vela se movió con una corriente de aire y nos dejó a los dos en la penumbra, muy cerca, y ninguno de los dos hizo nada por separarse.

—Bruno —dije.

—Dime.

—Vamos a saltarnos una regla.

Se quedó muy quieto, con la botella en la mano.

—La regla que firmamos —dije—. La de no enamorarse.

—Nuria…

—Porque llevo desde el magosto pensando en lo mismo, y no es en el concurso, y no es en el local, y no es en tu clínica. —Me tembló la voz, y no me importó—. Es en que no me acuerdo de cómo era mi vida antes de que un veterinario gruñón me pusiera una mano en la espalda delante de todo el bar.

Bruno dejó la botella en el suelo, muy despacio, y me miró de una manera que no le había visto nunca, sin la cara de piedra, sin el gesto de siempre, con los ojos abiertos y la boca entreabierta de un hombre que lleva meses queriendo decir algo y acaba de entender que no hace falta.

—Yo no me la he saltado —dijo—. Yo hace semanas que estoy fuera del contrato.

Me besó.

No fue un beso de concurso. No fue el beso que llevaba semanas ensayando el pueblo desde las gradas.

Fue un beso lento, con sabor a sidra y a lluvia, con una mano suya en mi cara, enorme y fría, y la otra en mi cintura, y yo me dejé ir hacia él como quien se deja caer en la cama después de un día muy largo.

Nos quedamos así, con la frente pegada, respirando el mismo aire, y luego me cogió la manta y me la echó por los hombros y me besó otra vez, y esta vez ninguno de los dos tenía prisa.

La vela se apagó y la buhardilla se quedó a oscuras, con el viento golpeando la ventana y la lluvia repiqueteando en el tejado, y nosotros en el suelo, con las mantas, y yo noté sus manos grandes por debajo del jersey, en la espalda, y él notó las mías en su cara, en su cuello, en el nacimiento de su pelo mojado, y durante un rato el temporal entero se quedó fuera.

No hubo testigos. No hubo jurado. No hubo prueba.

Solo un hombre que dejó de fingir y una mujer que se dio cuenta de que llevaba, desde la primera noche bajo la niebla, sin poder fingir nada de nada.

—Nuria —dijo, muy bajo, con la boca en mi oído.

—¿Qué?

—Que esto ya no es un pacto.

Yo, con los ojos cerrados y su corazón latiéndome contra el mío, le contesté lo único que podía contestarle, y lo contesté sin pensarlo, que es como se contestan las verdades de verdad.

—Ya lo sé, y me da igual.

Fuera, el viento arrancó otra teja.

Nosotros, en la buhardilla del obrador de mi abuela, con la primera helada del año en el cristal, dejamos por fin que el otoño hiciera lo que llevaba semanas queriendo hacer con nosotros.