Capítulo 14 · La clínica
La clínica
A la persona que llegó al pueblo aquella mañana la conocí antes de saber quién era, que es la mejor manera de conocer a alguien y también la peor.
Estaba yo en la clínica de Bruno, que me había pedido que le llevara una tarta de castaña para una señora que le traía el pan, y al entrar por la puerta de atrás, la que daba al patio, me lo encontré subido a una escalera con un cubo debajo y una gotera cayéndole en la cabeza.
—No digas nada —dijo, sin mirarme.
—No he dicho nada.
—Lo estás pensando.
—Estoy pensando que tienes una gotera encima de la mesa de operaciones.
—Es una zona de paso.
—Bruno, es un charco con un perro enfermo al lado.
La clínica tenía las paredes desconchadas, el techo manchado en dos esquinas y una ventana que no cerraba bien, y por la ventana entraba el viento del norte que en noviembre era un viento con malas intenciones.
En la sala de espera había tres sillas, un cartel de la vacunación de 2021 y una radio vieja que solo pillaba una emisora, y esa emisora era la de la competencia del pueblo, que ponía cuñas de una clínica de la ciudad cada media hora.
—¿Desde cuándo está así? —pregunté.
—Desde siempre.
—¿Y no lo arreglas?
—Con qué.
Se bajó de la escalera, dejó el cubo donde caía la gotera y se lavó las manos, y yo me quedé mirando aquel sitio, aquellos azulejos, aquel olor a desinfectante que no conseguía tapar el olor a humedad, y entendí de verdad lo que me había contado en el magosto.
No era una frase. Era esto.
—Voy a hacer los números en voz alta —dije—. Tú corrígeme si me equivoco.
—Nuria.
—El bajo de tu padre, que ahora es de una señora de la ciudad, te lo vende o te echa a final de año.
Un traspaso en otro sitio no te lo puedes permitir porque llevas desde los veintidós pagando lo de la enfermedad de tu padre, y la clínica se te cae encima, así que como no ganes la concesión del local de la plaza, cierras. ¿Voy bien?
Bruno se secó las manos muy despacio, con la vista en la toalla.
—Vas bien.
—¿Y por qué no me lo dijiste antes?
—Porque no quería que te apuntaras por lástima.
Me quedé con la boca abierta. Porque era exactamente lo que había pensado, y él lo había sabido antes que yo.
—No me he apuntado por lástima —dije.
—Ya lo sé. —Tiró la toalla a la cesta—. Por eso no te lo dije entonces, y por eso te lo digo ahora.
En ese momento, desde el patio, se oyó un coche.
Un coche bueno, de los que no aparcan nunca en Villamar de la Ría, y menos en la bajada del puerto, y menos en noviembre.
Bruno se quedó muy quieto, con la toalla todavía en la mano, y yo vi cómo se le tensaba la mandíbula de una manera que ya conocía.
—¿Quién es? —pregunté.
No me contestó. Se acercó a la ventana, miró, y se quedó un segundo de más mirando, que en un hombre como Bruno significaba un minuto entero.
Aparcó delante del estanco, que estaba enfrente, a veinte metros.
Salió una mujer de unos treinta y cinco años, con un abrigo caro y el pelo muy bien puesto, y se quedó de pie en la acera mirando el pueblo como quien mira una casa que fue suya.
Detrás salió un hombre mayor con una maleta, y luego, del maletero, sacaron dos más.
—¿La conoces? —pregunté.
—Sí.
—¿Quién es?
Bruno, sin dejar de mirar por la ventana, dijo el nombre que llevaba yo una semana queriendo y no queriendo oír.
—Sofía. La del estanco.
Se dio la vuelta. Me miró. En aquella mirada, que era la mirada de siempre pero peor, había algo que yo no le había visto nunca: miedo. Miedo de verdad, de ese que no se disimula.
—Es la hija de la señora que me quiere comprar el bajo —dijo—, y hace nueve años, cuando nos apuntamos al concurso, éramos pareja.
Bajé el cubo de la gotera porque ya no cabía más agua y me quedé de pie, con la tarta de castaña en las manos y el corazón en un puño, y me pregunté en serio una cosa que hasta entonces no me había atrevido ni a formular.
Si Bruno Ansorena necesitaba tanto la concesión del local, y si la mujer que iba a decidir su futuro acababa de aparcar enfrente del estanco, ¿por qué había elegido fingir una boda conmigo y no con la única persona del pueblo que podía dárselo?
La respuesta, cuando la supe, me costó un mes de noches sin dormir.
No tenía nada que ver con Sofía.