Capítulo 13 · El magosto
El magosto
El magosto es la fiesta del otoño de verdad, la que se celebra cuando ya ha caído la hoja y el monte huele a tierra mojada, y en Villamar de la Ría lo hacían en la era grande, junto al río, con una hoguera que encendían entre todos y castañas asadas en una sartén agujereada que tenía más años que doña Piedad.
La cuarta prueba del concurso consistía, ese año, en asar castañas en pareja.
—Es la prueba más difícil —me advirtió Vera por la mañana—. No por las castañas. Porque en el magosto bebe todo el pueblo, y cuando bebe todo el pueblo, el pueblo opina de todo.
Llegamos a las ocho, con Bruno con el abrigo bueno y yo con la bufanda de mi abuela, y lo primero que vimos al llegar fue a la cabra.
A Remedios. La cabra de la discordia. La misma que Bruno había estado tratando en su porche la primera noche, la que se había escapado dos veces desde entonces, la que, según el pueblo, era la culpable de que Bruno y yo nos hubiéramos conocido, y a la que doña Piedad había adoptado oficiosamente como mascota del concurso.
Estaba atada a una estaca junto a la hoguera, con un lazo rojo, comiendo castañas crudas sin ninguna dignidad.
—Esa cabra nos va a dar un disgusto —dijo Bruno.
—Esa cabra es nuestra madrina.
—Esa cabra es un problema con patas.
Nos pusimos a asar las castañas en la sartén agujereada, y tengo que reconocer que se me daba bastante mejor a mí que a Bruno, que con cada vuelta que le daba a la sartén perdía tres castañas por el camino y una se le metió en la bota.
—No sé si esto cuenta como cocinar —dijo.
—Cuenta como remar.
—¿Estás comparando asar castañas con remar?
—Estoy comparando asar castañas contigo con remar. Que es peor.
Se rió. Una risa abierta, de verdad, de esas que le salían dos veces al año, y yo, en vez de celebrarlo, me quedé mirándolo, y él me pilló mirándolo, y los dos disimulamos mirando las castañas, y en ese momento pasó lo que tenía que pasar.
Remedios tiró de la estaca, arrancó el lazo rojo, cruzó la era a la carrera y se metió de cabeza en la mesa del jurado.
Doña Piedad se levantó con la silla pegada al culo y el vaso de sidra en la mano, y la cabra, muy digna, se comió la lista de puntuaciones antes de que nadie pudiera reaccionar.
—¡Que se come las notas! —gritó alguien.
—¡Que las notas eran de todos! —gritó otro.
—¡Esta cabra es de la pareja del tendero, que conste!
—¡Eso cuenta como prueba superada!
Bruno salió corriendo detrás de la cabra y yo salí detrás de Bruno, y el pueblo se levantó entero a aplaudir, y doña Piedad, subida a una silla y con la sidra todavía en la mano, declaró en voz alta que aquello era «el momento más bonito del magosto», y que quedaba grabado en el acta, y que los del tendero ganaban la prueba por aclamación popular.
Nos dieron un diploma. Un diploma por la cabra. Lo tengo enmarcado y colgado en el obrador, y no lo cambiaría por ningún premio del mundo.
Pero no fue la cabra lo que me quité de la cabeza aquella noche.
Fue lo que pasó después.
Cuando se apagó la hoguera y el pueblo empezó a recoger, me alejé un poco hacia el río a que me diera el aire, y Bruno vino detrás, con las manos metidas en los bolsillos, y nos quedamos los dos mirando el agua negra por donde subía la niebla.
—Te dije que hoy te lo contaba —dijo.
—Me lo dijiste.
—Pues te lo cuento. —Respiró hondo—. El bajo de mi clínica no es mío. Lo era de mi padre, y ahora es de una señora de la ciudad que lo compró hace años. Este año me ha dicho que quiere vender, y que a final de año me tengo que ir.
—Bruno…
—Y no puedo permitirme otra. No puedo permitirme otra porque llevo desde los veintidós años pagando las deudas de la enfermedad de mi padre, y porque la clínica, tal y como está, no vale lo que me piden por un traspaso.
—Hizo una pausa—. La concesión del local que da la feria no es un premio cualquiera.
Es un bajo municipal, en la plaza, con el alquiler pagado diez años.
Es la única forma que tengo de no cerrar.
Me quedé mirándolo. Nunca le había oído decir tantas palabras seguidas.
—Por eso te apuntaste.
—Por eso me apunté.
—Pero hay algo más —dije, y no sé de dónde lo saqué, del tono, de la manera en que había dicho lo de la señora de la ciudad—. Dime que no hay algo más.
Bruno, despacio, dejó de mirar el río y me miró a mí.
—Hay algo más —dijo—. Pero no te lo puedo contar hoy.
—Bruno.
—Mañana.
—¡Mañana otra vez no!
—Es que mañana llega al pueblo una persona —dijo, con una voz que no le había oído nunca—. Quiero que la veas antes de que te cuente nada. Quiero que la veas y decidas tú.
—¿Decidir yo? ¿Decidir yo qué?
No me contestó. En la carretera, a lo lejos, se oyó el ruido de un coche que llegaba y el crujido de la grava, y la niebla se tragó las luces, y él, sin decir nada más, me dio la mano para ayudarme a subir el talud hacia la era, y yo se la cogí, y en vez de soltarla cuando llegamos arriba, se la dejé un segundo de más.
Fue el primer día del concurso en que comprendí que, mientras el pueblo creía que Bruno y yo estábamos fingiendo una boda, el único que estaba fingiendo algo era yo, porque Bruno, en realidad, llevaba toda la semana diciéndome la verdad.
Con cada verdad que me decía, más se me desmontaba la única regla que había firmado en una servilleta.
Lo que no sabía era que la persona que llegaba al pueblo al día siguiente no venía por el concurso.
Venía por él.