Pareja en prácticas (Villamar de la Ría nº 1) Capítulo 12 · El casi-beso
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Capítulo 12 · El casi-beso

El casi-beso

Pasé toda la mañana del viernes pensando en dos cosas: en la nota del cristal y en qué demonios había querido decir Bruno con aquello de que «lo de anoche no era lo que yo pensaba», cuando yo, la verdad, no había pensado nada, entre otras cosas porque él se había ido antes de que me diera tiempo.

—Estás rara —dijo Vera, que había aparecido por el obrador a media tarde a ver si le daba una magdalena—. Más rara de lo normal, que ya es decir.

—No estoy rara.

—Estás amasando esa masa desde hace veinte minutos. Ya está amasada. Es una masa, Nuria, no un problema.

Solté la masa. Me lavé las manos. Le conté lo de la nota.

Vera la leyó dos veces, con esa cara que ponía cuando algo le parecía un chiste y un drama a la vez, y luego me la devolvió.

—Ay, criatura —dijo—. Este hombre está enamorado hasta las cejas y no sabe decirlo.

—No digas tonterías.

—Lo de la nota significa «anoche iba a contarte algo de mi padre y de mi vida, y me acobardé, y llevo todo el día pensando que te has enfadado conmigo». Traducción literal de Bruno. Te lo firma cualquiera que lo conozca.

—Tú no lo conoces tanto.

—Vivo en este pueblo desde que nací, Nuria. A Bruno Ansorena lo conozco desde que le salían granos.

Me reí, aunque por dentro me estaba poniendo nerviosa, y en ese momento sonó el móvil. Era él.

«¿Vienes a la clínica? Te tengo que contar algo.»

«Voy», le escribí, y tardé exactamente dos segundos en arrepentirme, porque no sabía si la que iba a la clínica era la socia del pacto o la que llevaba una semana sin dormir bien.

La clínica de Bruno estaba en la bajada del puerto, un bajo pequeño con las paredes de azulejo viejo y un olor permanente a desinfectante y a perro mojado.

Cuando entré, estaba de espaldas, en mangas de camisa, con las mangas subidas y los antebrazos manchados de yodo hasta el codo, dándole la medicación a un galgo que lo miraba con devoción.

—Siéntate, que termino.

Me senté en el taburete de siempre y miré las estanterías mientras él trabajaba. Los botes de vendas, las cajas de guantes, el calendario de 2019 que nadie había cambiado, y en la esquina, medio oculta, una carpeta azul con un nombre escrito a boli que llevaba años borrándose.

No leí el nombre. Casi lo leo. Pero no lo leí, y todavía hoy me pregunto si aquella carpeta no sería el principio de todo lo que después se deshizo.

—Ya está. —Se lavó las manos y se sentó en el borde de la mesa, frente a mí—. La nota.

—La nota.

—Pensé que te había molestado lo de mi padre. Que te pareciera que te estaba contando mi vida sin motivo.

—Bruno, ¿por qué iba a molestarme eso?

—No lo sé. —Se pasó una mano por el pelo—. Se me da mal esto. Se me da mal hablar de mí.

—Ya lo he notado.

—Lo de mi padre es verdad. Lo del dibujo también, y lo de que me quedé por él, también.

—Hizo una pausa—. Lo que no te dije es que no me arrepiento.

Nunca me he arrepentido, y quería que lo supieras, porque llevas una semana preguntándote por qué un tipo como yo se apunta a un concurso que detesta, y la respuesta es más simple de lo que crees.

—¿Cuál es?

Se quedó un momento con la boca abierta, a punto de decirlo, y luego hizo algo que no esperaba: se rió, una risa corta, y se levantó.

—Mañana. En el magosto. Te lo cuento mañana.

—¡Otra vez mañana!

—Es que hoy no es el día.

—¿Y tú cómo sabes cuál es el día?

—Porque mañana hay hoguera —dijo—, y en las hogueras uno se atreve a decir cosas que de día no dice. Es de sentido común.

Le tiré el guante de las vacunas y él lo esquivó, riéndose, y en ese momento se me acercó lo justo para quitarme la caja de las manos, y nos quedamos así, en mitad de aquella clínica que olía a yodo, a un palmo el uno del otro, con el galgo mirándonos desde su manta como quien ve una película.

Me di cuenta, con una claridad que me dio un poco de vértigo, de que si él se hubiera acercado un centímetro más, yo no me habría apartado.

No me aparté. Él tampoco.

Se quedó ahí, mirándome la boca, y yo le miré la suya, y el galgo eligió justo ese momento para levantarse y sacudirse las orejas con un ruido de bandera, y la puerta de la clínica se abrió de golpe porque entraban dos señoras con un gato en una cesta, y el momento, como todo lo bueno de aquella semana, se rompió en mil trozos.

—Ay, perdón, ¿molestamos? —dijo una de las señoras, con una sonrisilla que indicaba que no le importaba en absoluto molestar.

—En absoluto —dijo Bruno, ya de espaldas, con la voz de piedra de vuelta—. Pase, doña Carmen, que le miro al gato.

Salí a la calle con el corazón desbocado y una única certeza, y la certeza era la peor de todas las certezas posibles.

Aquello no era un casi-beso.

Aquello era el beso que llevaba media vida esperando, guardado en el bolsillo de un hombre que se moría de ganas de dármelo y no se atrevía, y yo no sabía si lo que me daba miedo era que se atreviera o que no.

Al llegar a casa, en el móvil, tenía un mensaje del grupo.

Feria de la Castaña · edición especial

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Se rumorea que esta noche, en el magosto, hay sorpresa para la pareja del tendero.

Y no digo más.