Pareja en prácticas (Villamar de la Ría nº 1) Capítulo 11 · La cena de las familias
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Capítulo 11 · La cena de las familias

La cena de las familias

La tercera prueba del concurso consistía, según las bases, en «una comida o cena en la que los concursantes presentarán a sus respectivas familias, demostrando la solidez y el arraigo de la relación», y doña Piedad, que era la presidenta del jurado y no se andaba con chiquitas, había decidido que la cena se celebrara en el obrador de mi abuela y que ella misma viniera a «supervisarla».

Es decir: que iba a cenar con nosotros. Con mi madre, con Bruno, con el padre de Bruno y conmigo.

Con una libreta.

—Buenas noches, familia —dijo doña Piedad, entrando a las nueve con un abrigo de cuadros y una sonrisa de examinadora—. Vengo solo a observar. Haced como que no estoy.

—Doña Piedad, usted ha venido con un cuaderno.

—Para apuntar la receta, hija. De la tarta.

Mi madre, que había puesto la mesa con el mantel bueno y había sacado la vajilla de las bodas, la recibió con esa sonrisa suya que significaba «no me falles delante de nadie», y yo comprendí, mirando aquella mesa, que iba a ser una de las noches más largas de mi vida.

El padre de Bruno llegó el último, con bastón y con una lentitud que no era la de los años sino la de las piernas cansadas, y Bruno lo sostuvo del brazo desde la puerta hasta la silla sin decir una palabra, con una naturalidad tan asumida que se me quedó mirando.

Se llamaba Emilio. Tenía las manos grandes y torcidas de haber trabajado el campo toda la vida, y los ojos, cuando me miró, eran exactamente los de su hijo.

—Así que tú eres la pastelera —dijo—. Mi hijo no para de hablar de tus tartas.

—Padre.

—Bueno, no de las tartas solo.

—Padre.

Doña Piedad levantó ligeramente la vista de la libreta. Yo me concentré en el pan.

La cena empezó bien, que ya era mucho. Mi madre sacó su mejor arma, una fabada que llevaba cociendo desde la mañana, y Emilio, que resultó ser un hombre de comer despacio y de hablar todavía más despacio, se pasó el primer plato contándonos que la primera vez que había ido a Villamar de la Ría había sido en 1968, en un tren de mercancías, y que se había quedado porque le gustó cómo olía el pueblo cuando llovía.

—Ahora también huele igual —dijo—. A leña y a mar.

—Y a castañas —añadió mi madre—. Que ya estamos en temporada.

Ahí, en la conversación más inocente del mundo, fue la primera vez que metí la pata.

—A Bruno le encantan las castañas —dije—. Se comió medio kilo el otro día en la plaza.

Silencio.

Doña Piedad apuntó algo.

Bruno me miró con una cara que no supe descifrar, entre la sorpresa y algo parecido al agradecimiento, y su padre, muy despacio, dejó la cuchara.

—Antes las comíamos juntos —dijo Emilio—. Cuando él era pequeño. Íbamos al monte todos los otoños. Desde que me puse malo, ya no.

—Padre, no es para tanto.

—Sí lo es —dijo el viejo, sin mirarlo, con la vista puesta en el mantel—. Te has dejado muchas cosas por mí, hijo. Muchas, y lo sabes.

La mesa se quedó callada. Mi madre, que tenía un radar infalible para las conversaciones que había que cortar, se levantó de golpe.

—¡El segundo! —anunció—. Que se me enfría el pescado.

Mientras iba y venía con las fuentes, Emilio se inclinó un poco hacia mí, con la voz baja de quien te cuenta un secreto para que lo guardes.

—Cuando era joven, mi Bruno quería ser otra cosa.

No veterinario, no. Otra cosa. Se le daba bien dibujar, ¿sabe?

Se le daba muy bien. Pero yo me puse malo, y la clínica necesitaba manos, y él tenía veintiún años y era mi hijo.

—Me miró con los ojos de Bruno—. No me lo ha echado nunca en cara.

Ni una vez, y eso, hija, es lo peor que puede hacerte un hijo buena persona.

No supe qué contestar. En ese momento, cuando estaba a punto de decir algo, doña Piedad, que llevaba toda la cena fingiendo leer la libreta, levantó la cabeza y preguntó lo que llevaba queriendo preguntar desde que había entrado.

—Y vosotros, chicos, ¿para cuándo la boda?

El tenedor de Bruno se paró en el aire.

—Doña Piedad —dije yo, con una sonrisa que me salió tiesa—, apenas llevamos unos meses.

—Los buenos novios se conocen en otoño y se casan en primavera. Lo dijo mi madre, y no se equivocaba nunca. —Cerró la libreta—. Además, para la prueba final de la feria, en la gala, podríais hacer una boda simulada. Queda muy bonito, y da puntos.

—Eso lo decidiremos —dijo Bruno, seco.

—Claro que sí, hijo. —Se levantó, se puso el abrigo y nos miró por encima de las gafas—. Pero yo que vosotros iría pensando en el vestido. Por si acaso.

Se fue. Mi madre la acompañó a la puerta. Emilio se durmió en la silla, tan tranquilo, con la servilleta todavía metida en el cuello.

Bruno y yo nos quedamos solos recogiendo la mesa, en un silencio que pesaba, hasta que él dijo, mirando el plato que estaba secando con más fuerza de la necesaria:

—Lo de mi padre.

—No tienes que explicarme nada.

—Ya lo sé. —Dejó el plato—. Pero quiero.

Levantó la vista, y aquella mirada no era la de piedra.

Era otra, y yo, tonta de mí, me quedé esperando la explicación, con el corazón dándome golpes, justo cuando se oyó, desde la calle, la voz de mi madre llamándome a gritos para que saliera a ver no sé qué del vecino, y la explicación, otra vez, se quedó en el aire.

—Mañana —dijo Bruno.

—Mañana —repetí, y nos miramos un segundo de más, ese segundo que ya llevábamos encadenando toda la semana.

Al día siguiente, cuando llegué a la clínica a llevarle un café, la puerta estaba cerrada.

En el cristal, escrito con rotulador por fuera, había una nota que alguien había dejado para mí.

Bruno

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Nuria, no te enfades. Lo de anoche no era lo que tú piensas. — B.