Pareja en prácticas (Villamar de la Ría nº 1) Capítulo 10 · El baile de la plaza
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Capítulo 10 · El baile de la plaza

El baile de la plaza

El salón de usos múltiples del pueblo, que en verano hacía las veces de cine de verano y en invierno de todo lo demás, olía a barniz viejo y a abrigos mojados, y tenía un radiador que traqueteaba con un sonido de alguien viviendo dentro.

Éramos catorce parejas apuntadas al concurso y todas estábamos allí aquel jueves por la tarde para aprender el baile de la feria, que resultó ser una mezcla rarísima de muiñeira y pasodoble que solo podía haber inventado alguien muy seguro de sí mismo y muy poco respetuoso con la tradición.

—A ver, parejas, en posición —gritó don Cándido, el profesor, un señor de setenta años con un chándal de los de antes y una autoridad que no admitía réplica—. Mano derecha a la cintura de la dama. Caballero, no me la agarre que no es un saco de patatas.

Miré a Bruno, que llevaba desde que había entrado en el salón con el mismo gesto de quien espera una extracción de muelas.

—Esto es por el local —dijo, bajísimo, mientras me ponía la mano en la cintura.

—Esto es por el local —repetí, y me di cuenta de que llevaba toda la semana diciéndome esa frase para poder seguir haciendo cosas como aquella sin que me temblaran las piernas.

—¿Vosotros dos, los del tendero? —dijo don Cándido, acercándose—. Tú eres Bruno, el hijo de Ansorena. Yo le puse a tu padre en el grupo de baile hace cuarenta años. Vaya pies tenía el hombre.

—No sé bailar —dijo Bruno.

—Eso lo veremos.

Puso la música, un acordeón que arrancó a media asta, y las catorce parejas empezamos a movernos por el salón como un rebaño confundido.

Bruno, en efecto, no sabía bailar. Yo tampoco.

Los dos nos pisamos, los dos nos pedimos perdón, los dos fingimos que no nos dolía, y al minuto ya nos reíamos por lo bajo de la cantidad de gente que nos daba igual estar pisando.

—Perdón —dijo él, por tercera vez.

—Si me pides perdón otra vez, te voy a pisar a propósito.

—Ya lo haces.

—Sí, y me está empezando a gustar.

Se le movió algo en la cara, media sonrisa que no llegó a cuajar, y por un momento dejó de mirar al frente y me miró a mí, y yo noté que estábamos tan cerca que le veía las pestañas, que eran de esas que no se aprecian hasta que estás a un palmo.

—Vale, vale, que os veo —gritó don Cándido—. Cambio de paso. Caballeros, girad a la dama.

Bruno me giró, con más fuerza de la necesaria, y al volver me recogió con la mano abierta en la espalda, y aquello no fue un pisotón ni una torpeza: fue una mano que sabía colocarse.

—Has dicho que no sabes bailar.

—No he dicho que no sepa sujetar.

—Eso es una trampa.

—Soy veterinario. Sujeto animales grandes todo el día. —Se encogió de hombros—. La física es la misma.

Me reí con la cara pegada a su hombro, y en ese momento, con la música repiqueteando y el radiador zumbando y el salón entero lleno de parejas que fingían igual que nosotros, me di cuenta de una cosa peligrosísima.

No estaba fingiendo el estar a gusto.

Justo cuando lo pensé, él hizo algo peor.

—Nuria.

—¿Qué?

—Cierra los ojos.

—¿Para qué?

—Porque si no los cierras, miras los pies, y si miras los pies, pisas, y si pisas, don Cándido nos separa, y si nos separa, se acaba el baile.

Porque a mí —dijo, y se calló un segundo, y yo noté que se arrepentía de lo que iba a decir antes de decirlo—, a mí este baile no me está disgustando tanto como pensaba.

Cerré los ojos.

No por el baile.

Los cerré para no tener que mirarle la boca.

Bailé tres canciones seguidas con los ojos cerrados y la mano de Bruno en la espalda, y no volví a pisarle ni una vez, y cuando la música paró y abrí los ojos, él ya se había apartado medio metro, con las manos en los bolsillos y la cara de siempre.

La cara de piedra.

La cara que, acababa de descubrir, era una mentira más grande que todo el concurso.

—Muy bien, parejita del tendero —dijo don Cándido, dándonos una palmada en el hombro a cada uno—. Para la próxima prueba, ensayad en casa. Que se os vea sueltos.

Salimos a la calle y el frío de noviembre nos dio en la cara como una bofetada buena, de esas que despiertan, y ninguno de los dos dijo nada durante todo el camino hasta la plaza.

Hasta que Bruno se paró en seco.

—¿Qué pasa? —pregunté.

Estaba mirando el escaparate del estanco. El pequeño. El de la hija.

—Nada —dijo, y se dio la vuelta demasiado rápido—. Anda, que vas a llegar tarde a la cena.

Me quedé plantada en mitad de la plaza, con el frío en la nariz, pensando en la foto del grupo, en la chica del estanco, en el concurso de hace nueve años.

En algo se me estaba escapando en aquel hombre, y ya no me daba miedo descubrirlo.

Me daba miedo.

Pero no me daba miedo él.

Me daba miedo lo que iba a sentir cuando lo supiera.