Capítulo 9 · Lo que opina el pueblo
Lo que opina el pueblo
Me metieron en el grupo de WhatsApp de la feria a las cuatro de la tarde sin pedirme permiso y a las seis lo puse en silencio, y a las siete lo saqué del silencio porque no podía dejar de mirarlo.
Las primeras horas fueron de bienvenida.
Feria de la Castaña · edición especial
108 miembros
¡Bienvenida, Nuria!
Ya era hora de que volviera alguien joven, que esto está lleno de viejos
¿Oye, y lo de Bruno es de verdad o es para el concurso?
Mari, no seas cotilla
Que lo digo por saberlo, mujer
A la media hora, alguien había subido una foto mía y de Bruno en la plaza del tendero, y a la hora, dos primos que no conocía de nada habían abierto una porra sobre cuánto tardaríamos en darnos el primer beso de verdad, con una tabla de apuestas que era, tengo que reconocerlo, bastante profesional.
—Están apostando dinero —le dije a Vera, sentada en el banco de la plaza con dos cafés—. Por mi beso.
—No por tu beso, por vuestro beso, que es distinto. —Sopló el café—. La que va ganando es la tía Pili, que ha puesto a dos semanas.
—¿Dos semanas?
—Dice que a Bruno se le nota cuando mira a alguien, y que te mira.
—Eso es mentira.
—Eso lo dirás tú, que eres la que está aquí sentada contándome que Bruno no la mira.
Me quedé callada, porque Vera tenía esa cualidad rarísima de la gente inteligente: la de decirte la verdad sin adornarla y sin que te diera rabia.
—A ver —dijo, girándose hacia mí—, yo ya he entendido que esto del concurso es un pacto. No soy tonta. El veterinario necesita el bajo, tú necesitas el obrador, y el pueblo es feliz creyendo que hay boda. Genial. Lo que no entiendo es por qué te has pasado la mañana mirando fotos de la colada.
—Estaba apuntando cosas para la próxima prueba.
—Nuria.
—Estaba mirando cómo me quedaba el pelo mojado.
—Ahí le has dao. —Vera brindó con su vaso de café al aire—. Bienvenida al club.
—No hay ningún club.
—En Villamar, todo es un club.
Me reí, aunque no me hacía ninguna gracia, y en ese momento el móvil me vibró otra vez con el grupo, y Vera, que tenía un oído selectivo para los cotilleos, se inclinó sobre mi hombro para leerlo conmigo.
Feria de la Castaña · edición especial
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Oye, Nuria, una cosa bien dicha
¿Bruno te ha contado lo de la última vez que se presentó?
Que se presentó hace años, cuando era joven
Con quien ahora es… ya sabes quien
Y no duró ni dos pruebas
Me quedé con el dedo en la pantalla.
—¿Qué va a ser eso? —pregunté, con la voz más ligera que pude, que fue una voz de nada.
—Ah, eso. —Vera se recostó en el banco, con la tranquilidad de quien tiene el chisme y sabe usarlo—. Lo de Bruno y la del estanco pequeña. La hija. Hace ocho o nueve años. Fueron pareja todo el año, se apuntaron juntos al concurso, y a la tercera prueba lo dejaron.
—¿Por qué?
—No lo sé, y quien lo sabe no lo cuenta. —Me miró de reojo—. Bruno nunca ha querido repetir el concurso. Se ve que le dejó mal sabor.
—Entonces, ¿por qué se ha apuntado ahora?
Vera se quedó un momento pensando, con la taza entre las manos y el vaho subiéndole por la cara, y luego dijo la única frase que llevo desde entonces sin poder quitarme de la cabeza.
—Esa es la pregunta, ¿verdad? —Sonrió despacio—. Porque un hombre como Bruno Ansorena no se apunta dos veces a una cosa que le hizo daño sin tener una razón muy, muy gorda para hacerlo.
En ese momento, de fondo, en el grupo de WhatsApp, alguien subió una foto del cartel de la feria con un corazón dibujado encima de mi cara y de la de Bruno, y todos empezaron a poner caritas, y por enésima vez en aquella semana comprendí que me había metido en algo que ya no controlaba en absoluto.
Lo que no sabía, sentada en aquel banco con el café enfriándose, era que la razón por la que Bruno se había apuntado no tenía nada que ver conmigo.
Todavía.
Lo iba a saber, y muy pronto, y cuando lo supe, el corazón se me partió un poco por él, y eso, ya se sabe, es la primera cosa que le rompe el contrato a una.