Pareja en prácticas (Villamar de la Ría nº 1) Capítulo 8 · Tendiendo la ropa
12%

Capítulo 8 · Tendiendo la ropa

Tendiendo la ropa

La primera prueba del concurso de la pareja del año consistía, según el papel que me tendió Vera a la entrada de la plaza, en tender una colada entera en el menor tiempo posible, por parejas, sin dejar ninguna prenda en el suelo y sin soltar la cuerda el uno del otro.

—¿Soltar la cuerda? —pregunté.

—Tenéis que estaros agarrados de la mano todo el rato —dijo Vera, encantada, con un megáfono que no necesitaba—. Es la gracia.

—¿Y dónde está la gracia?

—En que se os vea juntos —bajó el megáfono y sonrió—, y en que se os caiga la ropa al barro, que es lo que hace que la gente venga.

Había medio pueblo alrededor de la plaza, con paraguas, con abrigos, con termos de café, y en una mesa al lado del ayuntamiento estaban sentados el alcalde, el párroco, la del estanco y dos vecinos sorteados, que apuntaban cosas en una libreta con la solemnidad de un tribunal.

—No me mires así —me dijo Bruno, a mi lado, en voz baja.

—No te estoy mirando.

—Me estás mirando con cara de que te he traído a un examen.

—Es que me has traído a un examen.

Nos pusieron frente a una cuerda larga, con dos cestos de ropa empapada al lado, y cuando el alcalde dio la señal, todo el mundo empezó a gritar a la vez, que es lo que hace un pueblo cuando le dan una excusa.

Lo primero que aprendí es que tender la ropa agarrada de la mano de un hombre que nunca ha tendido la ropa en su vida es una de las torturas más eficaces que se han inventado.

—No la pongas ahí, que esa pinza no agarra.

—Pues agarra tú la cuerda, que se me cae.

—Yo agarro la cuerda, tú pones las pinzas.

—Me dijiste que te agarrara a ti.

—A mí con la otra mano, mujer.

—¡Que no tengo tres manos!

El pueblo se reía. La tía Pili, en primera fila, grababa con el móvil.

Doña Piedad sostenía a Remedios de una cuerda y le explicaba la jugada al animal, que escuchaba con cara de ir a opinar.

Hubo un momento en que se me escurrió una sábana de las manos y se fue al barro, y Bruno, sin soltarme, estiró el brazo con una agilidad que no le pegaba nada a un hombre de su tamaño y la cazó en el aire, y el pueblo aplaudió, y él me miró con esa cara de «no me mires así» que últimamente era su manera favorita de mirarme.

Al final quedamos segundos. Ganó la señora del estanco, que llevaba cuarenta años tendiendo con su marido y que, según ella, no había fallado nunca una pinza desde el año de la riada.

—Lo hemos hecho fatal —dije, cuando ya nos habíamos soltado la mano y el pueblo se dispersaba hacia el bar.

—No tan fatal.

—Bruno, se me han caído tres sábanas.

—Y el año pasado a la del estanco se le cayeron cuatro. —Se metió las manos en los bolsillos y echó a andar a mi lado hacia la parte alta—. Vamos por buen camino.

No supe qué contestar a eso, porque me pareció, por vez primera, que no me lo decía a mí, fingiendo, sino al aire, convenciéndose a sí mismo de algo que no tenía nada que ver con el concurso.

Cuando llegamos a la altura de la clínica oí un ruido fino, agudo, que venía de debajo de una furgoneta aparcada. Bruno se paró en seco, tan de golpe que casi choco con él.

—¿Qué pasa?

—Chsss.

Se agachó, miró bajo la furgoneta y soltó un taco que no voy a reproducir, y a continuación, con una delicadeza que contradecía por completo todo lo que yo creía saber de él, metió el brazo en la sombra del coche y sacó un gato.

Un gato pequeño, negro, empapado, con las orejas pegadas a la cabeza y los ojos como dos botones asustados.

—Uno de los de la camada —dijo, sin mirarme, soplándole al animal en el lomo para quitarle el agua—. La madre se murió en octubre.

Se lo metió dentro del jersey, contra el pecho, y siguió andando tan tranquilo, con el bulto negro asomándole por el escote y las orejas del gato temblándole contra la barbilla.

Me quedé parada un momento, mirándolo alejarse con la lluvia en la cara y una sensación muy incómoda en mitad del pecho, y llegué a la conclusión más sencilla y más peligrosa de todo el día: el hombre que se había pasado el verano fingiendo que no sonreía, el que firmaba contratos con reglas absurdas y me llamaba por mi apellido, era el mismo que se metía gatos mojados en el pecho para no dejarlos morir bajo una furgoneta.

Eso, por mucho que me empeñara en negarlo, me pareció de las cosas más bonitas que había visto en mucho tiempo.

—¿Vienes o qué? —me gritó desde arriba, sin girarse, con el gato asomándole del cuello—. Que se enfría.

—Voy.

Fui detrás de él, subiendo la cuesta con el abrigo empapado y el corazón haciendo algo raro que no le había pedido, y me dije a mí misma que no era nada, que era el frío, que era el esfuerzo, que era cualquier cosa menos lo que era.

Lo malo de decirse eso es que, para cuando te das cuenta de que te estás mintiendo, ya llevas media cuesta subida y no hay dónde parar.