Pareja en prácticas (Villamar de la Ría nº 1) Capítulo 7 · El pacto
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Capítulo 7 · El pacto

El pacto

La clínica de Bruno estaba en la parte alta del pueblo, en una casa de dos plantas con un cartel de hojalata que ponía «Veterinaria Ansorena» y que llevaba tanto tiempo allí que ya nadie recordaba si era de su padre o de su abuelo.

Por fuera tenía ese aire de las cosas que han envejecido con dignidad.

Por dentro, cuando entramos, descubrí que el aire era lo único que le quedaba, porque el techo del pasillo tenía una mancha de humedad del tamaño de una provincia y sobre las jaulas vacías había un cubo estratégicamente colocado para recoger lo que caía.

—Bonito —dije.

—No he venido a que me hagas la decoración.

Bruno cerró la puerta, se quitó la bolsa de pienso del hombro y la dejó en el suelo, y entendí que estaba nervioso, porque un hombre que se pasa la vida pareciendo una piedra solo se delata en los detalles pequeños, y a Bruno se le había quedado una mano abierta y cerrada junto al muslo, abierta y cerrada, como quien cuenta hasta diez por dentro.

—A ver —dijo—. Explica.

—Es sencillo.

—Me lo temía.

—El concurso de la pareja del año. Tú necesitas el local, yo necesito el obrador, y ninguno de los dos puede presentarse solo sin hacer el ridículo. Así que nos presentamos juntos.

—Fingiendo.

—Fingiendo.

Bruno se pasó la mano por la nuca y miró hacia el techo, hacia la mancha, hacia el cubo.

—Y todo el pueblo comprando la mentira.

—Todo el pueblo ya la ha comprado. Tú mismo me has visto decirlo en la plaza. A estas horas ya está en el grupo de WhatsApp de las fiestas, en el del ayuntamiento y, calculo, en el de tu propia madre.

Se le escapó un resoplido que podía haber sido una risa, aunque con su cara era difícil asegurarlo.

—Vale —dijo—. Pero con reglas.

—Con reglas.

Ahí empezó lo que, con el tiempo, aprendería a recordar como la tarde en que Bruno Ansorena y yo redactamos el documento más absurdo de la historia de la comarca.

Bruno cogió una libreta de la mesa, arrancó una hoja y la puso entre los dos. Escribía con una letra apretada y fea, la de quien estudió mucho tiempo y con prisa.

Regla primera: esto dura lo que dure el concurso. Si perdemos, se acabó.

Regla segunda: nada de contarlo a nadie. Ni a tu madre, ni a tu amiga, ni a doña Piedad.

—A doña Piedad no se le puede ocultar nada —objeté—. Es físicamente imposible.

—A doña Piedad se lo diremos para que nos ayude, pero no porque se lo hayamos contado.

—¿Y eso qué diferencia hay?

—Mucha. Como tú no lo reconozcas, gana ella.

Le costó admitir que tenía razón, pero se lo apunté de todos modos.

Regla tercera: cada uno en su casa. Nada de dormir en la del otro «para guardar las apariencias».

—Por mí encantada —dije—. Tu cama no me haría ninguna gracia.

—Mi cama es perfectamente digna.

—Seguro que sí.

Los dos miramos para otro lado, y el silencio duró dos segundos más de lo necesario, que es mucho silencio para un techo que gotea.

Regla cuarta: en público, lo que haga falta: manos, besos en la mejilla, abrazos de cara a la galería. Todo lo que el jurado y el pueblo necesiten ver.

—¿Besos? —pregunté.

—En la mejilla.

—Ah.

—En la mejilla, Nuria.

—Que sí, que te he oído.

—En privado, nada. Ni manos, ni gestos, ni tonterías. Fuera del papel, cada uno a lo suyo.

Asentí. Era la regla que más me convenía. Era la regla que, sabía ya entonces, sería la primera que se rompería.

Luego vino la última, la que Bruno escribió más despacio, poniendo en cada letra un cuidado que no le había visto poner en nada.

Regla quinta: prohibido enamorarse.

Se quedó mirando esa línea un momento. Yo también.

—La quinta es la importante —dijo, sin levantar la vista—. Porque esto es un trato, no es una película.

—¿Y quién dice que yo me fuera a enamorar de ti?

—Nadie. —Levantó la vista, y por segunda vez en dos días me pareció verle la risa por debajo de la piedra—. Lo digo por mí, no por ti.

Se me quedó la respuesta atascada en la garganta, que es donde se me quedan todas las cosas buenas, justo detrás de las cosas que digo.

Firmamos al final de la hoja, los dos, con una torpeza de niños que hacían el examen de mates.

Él firmó primero, con su letra apretada.

Yo firmé después, y al coger el bolígrafo noté que la mano me temblaba un poco, y de que él lo estaba viendo, y de que ninguno de los dos dijo nada, que es lo que se hace cuando te das cuenta de que estás temblando por algo que no quieres nombrar.

—¿Y ahora qué? —pregunté.

—Ahora —dijo Bruno, doblando la hoja por la mitad con mucho cuidado, con la seriedad de quien firma un contrato de verdad y no las tonterías que eran—, mañana tienes que venir conmigo a la primera prueba.

—¿Cuál es?

—Tender la ropa.

—¿Cómo que tender la ropa?

—Cosas del jurado. —Se metió el papel en el bolsillo del pantalón—. A las once. Trae ropa, que la tuya la vamos a mojar.

—¿Y por qué vamos a mojarla?

Bruno me miró, y esta vez sí, esta vez estaba seguro de que se estaba riendo, porque le tembló la comisura de la boca como le temblaba a los que no saben reírse y lo intentan igual.

—Porque el que tiende más rápido gana —dijo—, y porque el año pasado ganó la señora del estanco, y ese es un honor que pienso quitarle.

Fuera había empezado a llover otra vez, de esa lluvia fina que no te enteras de que te moja hasta que ya estás empapada, y al abrir la puerta para irme comprendí que me acababa de comprometer, con un documento firmado y todo, a pasar el otoño entero fingiendo que estaba enamorada del hombre más insoportable del pueblo.

Lo cual, pensándolo bien, tampoco era tan distinto de lo que hacen todas las personas que se enamoran de verdad.