Capítulo 6 · El nombre
El nombre
A la mañana siguiente, el pueblo al completo parecía haberse puesto de acuerdo para interrogarme en la plaza.
Salí a por el pan con la esperanza de que nadie me reconociera, lo cual era una tontería, porque en Villamar de la Ría me había visto nacer todo el mundo, incluida la del estanco, que me miró desde el otro lado de la calle con la precisión de un francotirador.
Fui a la panadería, cogí una barra y una docena de huesos de santo, y al salir me encontré con un comité de recepción formado por doña Piedad, la tía Pili, Chema y dos vecinas que no conocía de nada pero que me saludaron como a una hija.
—Buenos días —dije, con la esperanza de que fuera eso, solo eso.
—Del pueblo —dijo la tía Pili.
—¿Cómo?
—Que dijiste que tu novio es del pueblo. Anoche. —Se cruzó de brazos—. Aquí estamos todas esperando a que sueltes el nombre, que ya va siendo hora.
—Tía, por Dios.
—No metas a Dios, que no tiene nada que ver.
La panadera sacó la cabeza por la ventana, que abría justo a la plaza, para no perderse nada, y en un momento el corro se hizo más grande, como esas setas que crecen de golpe cuando llueve.
—Chica —dijo Chema, con su calma de siempre—, no es por meterme, pero en este pueblo una mentira dura menos que un caramelo a la puerta de un colegio. Si tienes novio, lo sabremos. Si no lo tienes, también. Así que dilo tú y ahorramos tiempo.
—Es que…
—Dilo —insistió doña Piedad.
—Nuria, hija —añadió la tía—, que no es tan difícil.
Allí, rodeada de gente, con una barra de pan bajo el brazo y la cabeza dándome vueltas, hice lo que hace todo el mundo cuando le acorralan demasiado: soltar la primera verdad que pillé al vuelo.
—Bruno —dije—. Bruno Ansorena.
Se hizo un silencio que ni en las procesiones.
Después, el corro entero se giró a la vez hacia la puerta de la panadería, y allí, apoyado en el marco con una bolsa de pienso bajo el brazo y una cara que no sabré describir en la vida, estaba Bruno.
Se me cayó el mundo encima.
—Buenos días —dijo él, muy despacio, mirándome a los ojos y a nadie más—. ¿Me llamabas?
—No —contesté—. Sí. O sea, no exactamente.
—Exactamente —repitió doña Piedad, encantada—. Como en las bodas.
—Piedad.
—Yo no he dicho nada.
Bruno me sujetó la mirada un segundo, dos, tres, con esa cara suya de piedra que no daba ni una pista de lo que estaba pensando por dentro, y luego, sin prisa ninguna, se giró hacia el corro.
—Se lo ha inventado —dijo—. No tenemos nada.
—Eso ya lo veremos —dijo la tía Pili.
—No tenemos nada —repitió él, y esta vez lo dijo mirándome a mí, no al pueblo, y en ese matiz, que nadie más podía notar y yo noté perfectamente, había algo parecido a una advertencia—. ¿Verdad, Nuria?
Entonces, por vez primera desde que había vuelto, entendí que estaba metida en un lío del que ya no iba a salir sola, porque Bruno Ansorena acababa de darme la oportunidad de retirar lo dicho delante de todo el pueblo, de salir por la puerta grande, de no mentir, y una parte de mí, la sensata, la que hacía cuentas y pagaba facturas, me estaba gritando que dijera que sí, que lo sentía, que me había equivocado.
Pero estaba la otra parte.
La parte que había visto el obrador intacto, las deudas en la carpeta, la carta de Ladera, y que sabía perfectamente que el viernes cerraba la inscripción.
—Lo siento —dije, y todo el mundo contuvo el aliento—. Lo siento por haberlo dicho así. Pero es verdad.
Villamar entero soltó un suspiro, la panadera cerró la ventana para ir a contarlo, y Bruno, con la bolsa de pienso colgándole del hombro, se quedó mirándome con una expresión que no era ni de sorpresa ni de enfado, sino de algo mucho peor: de quien acaba de ver cerrarse una puerta por la espalda y todavía no sabe si volver a abrirla.
—Tenemos que hablar —dijo.
—Sí.
—Ahora.
—Sí.
Se giró y echó a andar calle abajo, y yo, con la barra de pan y una docena de huesos de santo, lo seguí como quien sigue a alguien a un despacho, o a un juicio, o a un paredón, sin saber muy bien cuál de las tres cosas me esperaba al final de la calle.
Detrás de nosotros, todo el pueblo aplaudió.
Ahí, en mitad de aquel aplauso, descubrí una cosa que no había previsto: que Bruno no había dicho que no. Había dicho «tenemos que hablar».
Porque eso, en el idioma de Bruno Ansorena, era prácticamente un sí.