Capítulo 5 · La cena de bienvenida
La cena de bienvenida
Mi madre había decidido, sin consultarme, que mi vuelta al pueblo era un acontecimiento y que un acontecimiento merecía una cena, y una cena merecía invitados, y los invitados merecían enterarse de mi vida entera aunque yo no tuviera ninguna gana de contarla.
—Es en casa de tu tía —me dijo por teléfono, con esa voz que usaba para las cosas que ya estaban decididas—. A las nueve, y ponte guapa, que va a venir gente.
—¿Qué gente?
—Gente. —Y colgó.
Esa es mi madre: la mujer que cree que una pregunta directa se contesta mejor cambiando de tema.
La casa de mi tía Pili olía a guiso de cuchara y a brasero encendido, y por la puerta, en cuanto entré, me llegó el murmullo inconfundible de una familia entera poniéndose de acuerdo para interrogar a alguien.
Me sentaron en el centro de la mesa, que ya es mala señal, y durante los primeros veinte minutos todo fue bien, porque todo el mundo habló de la lluvia, del frío y de que este año las castañas venían gordas.
A los veinte minutos, mi tía Pili se limpió la boca con la servilleta y abrió fuego.
—A ver, Nuria. ¿Tú te quedas o te vas? Porque yo tengo que saberlo para hacer cuentas.
—¿Qué cuentas?
—Si te quedas, te apunto a la comisión de fiestas. Si te vas, no.
—Tía.
—Es un decir. —Me llenó el vaso otra vez—. Pero algo tendrás que hacer con el obrador, digo yo.
—Estoy en ello.
—Estás en nada —dijo mi madre, que no se andaba con tonterías—. Estás en no decidir, que es lo que haces desde que te fuiste a Madrid.
Ay. Directa al hueso, como siempre.
La conversación siguió por ahí, entre platos, con esa habilidad que tienen las familias de pincharte justo donde más duele mientras sonríen y te pasan el pan.
Que si la casa se cae, que si las deudas, que si tu abuela en paz descanse se dejaría caer por ahí, hasta que mi tía Pili, que tiene un radar para los temas peligrosos, sacó el que yo más temía.
—Bueno, y lo del novio. ¿Es verdad o qué?
Me atraganté con una castaña.
—¿Qué novio?
—El de Madrid. Que lo ha dicho Iván en el bar, y doña Piedad me lo ha confirmado, y doña Piedad no miente ni cuando roba.
Se hizo el silencio en la mesa. Todas las cabezas, incluidas la de mi madre y la de mi hermano, que llevaba toda la noche sin abrir la boca y que ahora la abría con una sonrisa de oreja a oreja, se giraron hacia mí.
—Ah, eso —dije, buscando por dónde salir y no encontrando ninguna puerta—. Sí. Bueno. Es complicado.
—Complicado —repitió mi tía, con un tono de quien huele el pescado—. Complicado porque es casado, o complicado porque es tonto?
—¡Tía!
—Hija, que pregunto.
Mi madre, que hasta ese momento había estado bebiendo vino con una tranquilidad sospechosa, dejó el vaso en la mesa y me miró como solo mira una madre.
—¿Por qué no lo traes a la feria? —dijo—. Si tienes novio, tráelo. Así lo conocemos y dejamos de imaginar.
Ahí estaba el problema. Que me acababa de ofrecer oficialmente la salida perfecta, y que la salida perfecta era, en realidad, la trampa perfecta, porque si decía que sí, en menos de una semana tenía que aparecer con un novio de verdad delante de medio pueblo, y si decía que no, mi madre decidiría por mí y el asunto pasaría de complicado a imposible.
Pensé en Bruno. Pensé en el concurso. Pensé en el obrador, en las deudas, en el viernes.
—Vale —dije—. Pero lo digo yo, cuando toque. Nada de interrogatorios.
Mi tía levantó las cejas, mi madre sonrió, mi hermano soltó una risita, y yo me arrepentí en el acto.
—Fenomenal —dijo mi tía, encantada—. ¿Y cómo se llama?
Me quedé con la castaña a medio pelar y el nombre en la punta de la lengua, buscando uno de mentira, uno cualquiera, Manolo, Fran, cualquiera, y no me salió ninguno, no porque no supiera mentir, sino porque en ese momento, con toda la familia mirándome y el brasero calentándome los pies, la única cara que me venía a la cabeza era la de un veterinario gruñón con el pelo mojado y el ceño fruncido.
—Es del pueblo —dije, para ganar tiempo.
No era una respuesta. Era una condena.
Porque en Villamar de la Ría había quinientos habitantes, de los cuales aproximadamente cuatrocientos noventa eran familia, vecino o ex, y ahora mismo, en aquella mesa, había al menos siete personas decidiendo entre ellas, en silencio, quién demonios podía ser el novio del pueblo de la nieta de Aurora.
Mi tía Pili fue la primera en llegar a la conclusión, porque mi tía Pili siempre es la primera en todo.
—Del pueblo —repitió, muy despacio, dejando el tenedor.
No dijo nada más, pero la manera en que miró hacia la ventana, hacia la parte alta del pueblo, hacia donde estaba la clínica del veterinario, dijo por ella absolutamente todo.