Capítulo 4 · El veto del veterinario
El veto del veterinario
Casa Chema era el único bar del pueblo y, por tanto, el único lugar donde se podía uno enterar de la vida de los demás sin preguntar.
Tenía el suelo de baldosa desgastada, un calendario de una marca de anís con treinta años de antigüedad y, detrás de la caja, colgado en la pared con un marco barato, el famoso diploma del hombre que se presentó solo al concurso de la pareja del año.
Chema era grande, bigotudo y hablaba con la calma de quien considera que el mundo entero va un poco lento.
—¿La nieta de Aurora? —dijo, cuando me senté en la barra—. Vaya, vaya. ¿Qué tomas?
—Un café.
—Aquí a las once de la mañana o tomas vino o tomas vermú. El café es de cobardes.
—Vermú, entonces.
Me sirvió el vermú con la solemnidad de un bautizo y luego se inclinó sobre la barra con el aire de quien va a contarme un secreto de estado.
—Lo del obrador, ¿es verdad que lo quieres vender?
—Lo estoy pensando.
—Mala cosa, pensarlo. —Señaló el diploma con la barbilla—. Yo lo pensé una vez y mira.
—¿Te arrepientes?
—No, si a mí el diploma me da igual. Lo que me arrepiento es de haberme presentado solo, que desde entonces me llaman el soltero de Villamar y me traen flanes las viudas. —Se limpió el mostrador con un trapo que llevaba en el hombro desde, calculo, mi bautizo—. Con lo que yo era.
Estaba riéndome por lo bajo cuando la puerta se abrió y entró el frío, y detrás del frío entró Bruno.
Se sacudió la lluvia del jersey con un gesto corto, pidió un café sin mirar la carta y se sentó al otro extremo de la barra, a la distancia exacta a la que se sienta alguien que no quiere hablar con nadie y quiere que todo el mundo lo sepa.
—El café sí se lo sirves —le dije a Chema.
—A Bruno se lo sirvo porque me da miedo —admitió Chema, y se fue a por la cafetera.
Lo malo de los bares de pueblo es que las paredes no tienen secretos, y a la media hora entró un hombre con abrigo caro y zapatos que no pisaban barro, y en el bar bajaron la voz a la vez, con una sincronía de coro ensayado.
—Ansorena —dijo el hombre, plantándose delante de Bruno—. Te lo digo por tu bien. La clínica está para el arrastre. Te la van a cerrar en la inspección de noviembre.
Bruno no levantó la vista del café.
—Buenos días a ti también, Ladera.
—Es una oportunidad. Véndeme el terreno, yo te hago un edificio nuevo, te lo dejo impecable y todos contentos. Tú y yo sabemos que tú solo no puedes.
—Yo solo llevo diez años pudiendo —dijo Bruno, y por fin lo miró—. Lo que no puedo es aguantarte a ti.
El tal Ladera se rio, pero se rio con la boca y nada más, y esa risa me dio un frío distinto al de la calle.
—Piénsalo, y de paso convence a la nieta de que venda, que no sé qué hacéis los dos perdiendo el tiempo con un bajo que se cae a trozos.
Se giró hacia mí con una sonrisa de anuncio, y en ese momento caí en la cuenta de que llevaba toda la conversación esperando justo eso, que yo estuviera delante.
—Tú eres la de la casa de Aurora, ¿verdad? —dijo—. Te he dejado una carta. Mi oferta sigue en pie, y te aseguro que es la mejor que vas a recibir.
—La he leído.
—¿Y?
—Y no.
Se le borró la sonrisa un segundo, y en ese segundo vi al hombre que era de verdad, el que no le gustaba que le dijeran no delante de la gente.
—No sabes lo que rechazas, hija.
—Sé perfectamente lo que rechazo.
Hubo un silencio en el bar que duró lo que dura un milagro. Ladera se ajustó el abrigo, dijo algo entre dientes que no oí y se fue, y la puerta volvió a tragarse el frío.
Chema soltó el aire que llevaba dentro desde hacía rato.
—Este pueblo —dijo—. Parece tranquilo y mira.
Me quedé mirando mi vermú, pensando en lo que acababa de pasar, y en que el tal Ladera tenía razón en una cosa: yo no sabía lo que rechazaba, porque tampoco sabía lo que quería. Eso es lo peor de volver a casa después de años: que te das cuenta de que la casa no es el problema, el problema eres tú.
—No se lo digas a nadie —dijo entonces una voz grave a mi izquierda—, pero esa carta que te ha dejado tiene truco.
Bruno se había sentado en el taburete de al lado sin que me diera cuenta, con su café entre las manos, y miraba al frente.
—¿Qué truco?
—Compra tu casa para hacerse con el bajo. Si él compra la casa, el ayuntamiento le renueva la concesión sin concurso, porque el solicitante ya tendría el inmueble. Se lo oí decir a él mismo en el despacho, el otro día, creyéndose solo.
—¿Y tú por qué me cuentas esto?
Bruno se giró despacio, con una expresión que no supe leer, entre la molestia y algo más blando que no le pegaba nada.
—Porque si Ladera se hace con el bajo —dijo—, yo me quedo sin clínica, y tú te quedas sin obrador, y él se queda con las dos cosas, y a mí me cae fatal, pero a ti te tengo desde el instituto.
Me reí, aunque no tenía ninguna gracia.
—Se te da fatal el encanto, ¿lo sabes?
—No lo intento.
—Se nota.
Nos quedamos un momento en silencio, los dos mirando la estantería de las botellas, y en ese silencio pensé tres cosas a la vez: que el viernes cerraba la inscripción, que el único modo de salvar el obrador pasaba por fingir un noviazgo delante de todo un pueblo, y que el único candidato posible estaba a mi lado con el ceño fruncido y una taza de café.
Antes de que pudiera pensarlo mejor, que es como se me ocurren todas las cosas buenas y todas las malas, me giré hacia él.
—Bruno.
—¿Qué.
—¿Tú necesitas ese local?
Se quedó tan quieto que por un momento pensé que no me había oído.
—Ya lo sabes.
—Sí o no.
—Sí.
—Y yo también.
Nos miramos, y por vez primera desde que había vuelto al pueblo, tuve la sensación de que los dos estábamos pensando exactamente lo mismo, aunque ninguno de los dos fuera a decirlo en voz alta.
Fue Bruno quien lo dijo.
—¿Y si…? —empezó, y se calló.
—¿Y si qué? —lo animé, con el corazón dándome un vuelco tonto.
—Olvídalo. —Se levantó, dejó una moneda en la barra y se puso el jersey de cualquier manera—. No es buena idea.
—No has dicho la idea.
—Ya la has pensado tú. —Me miró un segundo, uno solo, y en ese segundo me pareció ver que también él se estaba riendo por dentro, aunque la cara le dijera otra cosa—. El viernes. Si se te ocurre algo, ya sabes dónde vivo.
Se fue, dejando treinta céntimos de propina y una pregunta flotando en el aire, que en realidad no era una pregunta, sino una invitación, y que yo, por más que me empeñara, ya no podía dejar de pensar en aceptar.