Pareja en prácticas (Villamar de la Ría nº 1) Capítulo 3 · Doce pruebas
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Capítulo 3 · Doce pruebas

Doce pruebas

El ayuntamiento de Villamar de la Ría era un edificio de dos plantas con un reloj parado a las once y veinte desde que yo era pequeña, y por lo visto nadie había tenido prisa en arreglarlo.

Dentro olía a papel viejo y a radiador encendido, y en la ventanilla me atendió un señor mayor con gafas de cerca atadas con un cordel, que escribía a dos dedos con una lentitud que era casi un arte.

—Buenos días —dije—. Vengo por lo de la concesión del obrador.

—Nombre.

—Nuria Sáenz.

—¿Sáenz de qué?

—Sáenz Sáenz, como mi abuela. Nuria Sáenz.

El hombre levantó la vista, me miró por encima de las gafas, y volvió a bajarla sin decir nada, aunque algo en su cara cambió, como cuando alguien recuerda una cosa y decide no contarla. Tecleó durante lo que me pareció media vida.

—La concesión del bajo —dijo al fin— se resuelve en la Feria de la Castaña. Es lo que hay.

—Ya, pero yo lo que quiero saber es si puedo comprarla aparte, o solicitar la renovación directamente, o…

—Eso no.

—¿Cómo que eso no?

—Eso no se puede —repitió, con la paz de quien lleva cuarenta años diciendo lo mismo—. El bajo es del pueblo y el pueblo lo da a la pareja del año. Llevamos cien años así. Si te lo diera a ti porque sí, el año que viene me vienen los otros con la misma. La tradición es la tradición.

—¿Y no hay excepciones?

—Una vez —dijo, y por un momento juraría que le brillaron los ojos—. El del bar, que se presentó solo. Le dimos un diploma y el pueblo decidió que no se repite.

—¿Y el diploma?

—Ahí lo tiene colgado, detrás de la caja, y se lo enseña a todo el que entra. Está contentísimo.

Me resigné a la burocracia, que es lo único verdaderamente eterno.

—¿Me puede dar las bases, al menos? Para saber a qué me enfrento.

El hombre rebuscó en un cajón, sacó un folio fotocopiado mil veces, me lo tendió por la ranura y volvió a su teclado, que escribía despacio y, sospecho, rumiando.

Me senté en el banco del pasillo a leer las bases, y a reírme sola como una loca.

Las doce pruebas de la pareja del año eran, por orden, las siguientes: saber coser un botón en común (no preguntéis), cargar juntos una barra de pan de tres kilos, reconocer a tu pareja con los ojos vendados por el tacto de la mano, aguantar sin reír una sarta de chistes del alcalde, hacer juntos una tarta de la tierra, recoger castañas sin que se te escape la cesta, bailar un pasodoble sin pisarse, comer un pote entero para dos en menos de media hora, y tres pruebas más que la organización cambiaba cada año «según el criterio del jurado», que es la forma más elegante que he visto nunca de escribir «lo que nos dé la gana».

—Cien años llevan con la misma tontería —dijo una voz a mi lado, mujer, joven, con la ironía puesta de serie—. Cada año es peor.

Levanté la vista. Era una chica de mi edad, con la chaqueta del ayuntamiento y una sonrisa de medio lado, que llevaba bajo el brazo una carpeta con el sello del pueblo.

—Vera —se presentó—. Bueno, Verónica. Vera para los que me aguantan.

—Nuria.

—Ya sé quién eres. Eres lo único de lo que se habla hoy en todo el pueblo. —Bajó la voz, encantada de la vida—. ¿Es verdad que le has dicho a Iván que tienes novio?

—¿Cómo sabes eso?

El pueblo tenía que tener un sistema, porque era imposible que la noticia hubiera corrido tan rápido sin que alguien hiciera llamadas.

—Bienvenida a Villamar —dijo Vera—. Aquí, si estornudas en el bar, en menos de una hora lo sabe tu madre y en dos, el obispado.

Me cayó bien en ese mismo instante, y eso que apenas me había dicho cuatro frases.

—Mira —dijo, sentándose a mi lado y señalando las bases—, esto se lee mucho mejor si sabes quién está apuntado. A ver si adivinas.

Abrió su carpeta y me enseñó la lista de parejas inscritas para la feria de este año.

Eran nueve. La señora del estanco y su marido, que llevaban cuarenta años casados y se conocían tan bien que ni se hablaban.

Los gemelos de la panadería, que presentaban a la abuela por educación.

La maestra y el del butano, recién prometidos.

Así hasta nueve, todos de dos en dos, todos con la sonrisa de perro que se sabe el truco.

—Todos casados o casi —dije.

—Todos. —Vera pasó la página—. En la última, mira, el premio de consolación del año pasado, por si se te ocurre presentarte sola.

Ahí, en la última línea, escrito con letra apretada y una caligrafía de médico, había un nombre que me hizo sonreír sin querer.

Bruno Ansorena. Presentado sin pareja.

—¿Y este qué hace aquí? —pregunté, fingiendo que no me importaba, lo cual es una técnica que no me ha funcionado ni una sola vez en la vida.

—Ese es el misterio de este otoño. —Vera cerró la carpeta con gesto teatral—. El veterinario más seco del norte, apuntado al concurso de la pareja del año, sin pareja, y sin decir a nadie por qué. Tú tienes que saberlo mejor que yo. Erais del mismo curso.

—Nos caíamos fatal.

—Perfecto. Entonces sois perfectos.

Me reí, pero por dentro se me acababa de encender una lucecita molesta, de esas que no se apagan solas, porque en la última línea, junto al nombre de Bruno, había algo que no esperaba leer y que, sin embargo, tenía todo el sentido del mundo.

Necesita el local. Igual que yo.

La inscripción cerraba el viernes.