Pareja en prácticas (Villamar de la Ría nº 1) Capítulo 2 · El obrador de la abuela
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Capítulo 2 · El obrador de la abuela

El obrador de la abuela

La casa por dentro era más humedad que muebles.

Encendí la luz del pasillo, que tardó tres segundos en decidirse, y el bombillo parpadeó con la misma cara de sorpresa que yo.

Había más polvo que en las fotos y menos muebles de los que recordaba, y un frío que no era solo de fuera, sino de esas paredes que llevan años sin que nadie les diga una palabra.

Subí la maleta a regañadientes, abrí una ventana para que entrara algo de aire y me quedé mirando el mar de niebla que había donde debía estar el mar de verdad.

—Vale —me dije—. Dos semanas. Vendes, firmas y te vas.

Mentira. Ya me estaba quedando más.

La llave del bajo la encontré donde mi abuela la había escondido toda la vida, en el cajón de las servilletas, dentro de una caja de hojalata de las de antes.

La cerré en el puño como quien coge una cosa caliente y bajé los escalones despacio, con el corazón haciendo un ruido tonto que no le había pedido.

El obrador estaba intacto.

Eso fue lo que me dejó sin aire. No una ruina, no un trastero lleno de cajas, sino el sitio entero tal y como lo había dejado ella: la mesa de mármol, el horno de leña, las bandejas apiladas por tamaño, los moldes colgados en fila como soldaditos, y en la pared, en su sitio, el delantal de rayas con el que me enseñó a hacer la primera tarta de castaña cuando yo tenía siete años y me comía la mitad de la masa.

Olía a canela vieja y a leña apagada, y por debajo, muy por debajo, olía a ella.

—Hola, abuela —dije, en voz baja, porque me salió así.

Me acerqué despacio a la mesa. Encima, muy ordenado, había un cuaderno de tapas duras, ya amarillento en los bordes, y una carpeta de cartón con una goma cruzada.

En el cuaderno estaba su letra, la de siempre, la de las etiquetas de los tarros, con esa manera suya de escribir las palabras gordas de cariño y las cifras finísimas, por si acaso.

Dejé el cuaderno para el final, que es lo que se hace con las cosas que hacen daño, y abrí la carpeta.

Dentro había papeles. El primero, del banco, con un saldo que me hizo sentarme en el taburete.

El segundo, del ayuntamiento, avisando de que la concesión del local caducaba el treinta y uno de diciembre y que el procedimiento de renovación se resolvería en la Feria de la Castaña, según las bases de siempre.

El tercero, el que me sobraba, era una carta de una tal Ladera Inversiones ofreciendo comprar «la finca y el bajo en su conjunto» a un precio que, la verdad, no estaba nada mal, y que me habría venido de perlas si no fuera porque estaba firmada con esa letra pequeña que usan los que te quieren comprar algo.

Hice las cuentas dos veces. Si vendía la casa, pagaba la deuda, me quitaba el problema de encima y volvía a Madrid con un pellizco en el bolsillo y una cosa menos de la que preocuparme. Era lo lógico. Era lo adulto. Era exactamente lo que había venido a hacer.

—Es lo que hay —le dije al horno de leña.

El horno no contestó, que era más de lo que hacían la mayoría de mis citas.

A la hora de comer salí a por pan, porque en Madrid me organizo fatal para todo y en el pueblo no iba a ser menos, y a la puerta del bar me encontré con el pasado en persona, bien peinado y con la mano de una mujer que no era yo.

—Nuria.

—Iván.

Mi ex tenía esa habilidad rarísima de aparecer justo cuando una cuenta las cosas, con la puntualidad sospechosa de quien aparece en el instante exacto en que una se siente vulnerable.

Estaba igual, con dos años más, una americana azul que debía de costar tres pasteles y esa sonrisa de anuncio que un día me pareció que era de verdad.

—No sabía que habías vuelto —dijo.

—No he vuelto. Estoy de paso.

—Ya. —Se hizo a un lado, y señaló a la mujer que le daba la mano—. Mira, te presento a Marina.

Marina era guapa, simpática y rubia de esas rubias que parecen mentira, y me dio dos besos con una naturalidad que me desarmó. Le caí bien al instante. Eso fue lo peor.

—Nos casamos en diciembre —dijo Iván, con esa alegría mal calibrada de quien te cuenta algo sin darse cuenta de que te lo está contando a ti—. Aquí, en el pueblo. En la iglesia. Ya sé que es raro, pero a Marina le hacía ilusión casarse en mi casa.

—En nuestra casa —corrigió Marina, riéndose—. Te ha hecho ilusión a ti también, no me lo niegues.

—Bueno, sí.

Me quedé un segundo sin saber qué decir, con el pan en la mano y una sensación rara en mitad del pecho, no celos exactamente, más bien esa punzada que da ver a alguien ser feliz sin ti y darte cuenta de que, en el fondo, te alegras y te duele a la vez, que es la peor combinación posible.

—Enhorabuena —dije, y lo dije en serio, que es lo que hace una cuando ya no tiene veinte años—. De verdad.

—Gracias. —Iván me miró con algo parecido al cariño—. ¿Y tú? ¿Alguien por Madrid?

—Sí —dije.

Lo dije sin pensarlo, con una rapidez sospechosa, y en cuanto lo dije sentí el suelo moverse un poco bajo los pies.

—¿Sí? —se alegró Marina—. ¿Y cómo se llama?

—Es… complicado —contesté, con la elegancia de un pato en una cacharrería—. Ya te contaré. Que me espera el pan.

Me fui de ahí con más prisa de la que aconseja la dignidad y con una pregunta dándome vueltas: por qué había mentido, por qué se me había escapado un novio que no existía, y qué narices iba a hacer ahora con esa mentira, en un pueblo donde las mentiras, como las castañas, se cuentan por docenas.

Cuando volví a casa, con el pan bajo el brazo y la cabeza en otra parte, me encontré en la puerta a doña Piedad, que me esperaba con los brazos cruzados y el aire de no tener nada mejor que hacer, lo cual era, por supuesto, mentira.

—Ya me he enterado —dijo.

—Apenas llevo un día.

—Aquí un día son tres cotilleos. —Me miró el pan—. ¿Y lo del novio?

Se me heló la sangre.

—No tengo ningún novio.

—Eso ya lo sabía yo. —Sonrió de oreja a oreja—. Pero como el pueblo se ha enterado antes que tú de que tienes uno, vamos a tener que buscarte alguno, ¿no te parece?

Entonces sí que se me cayó el alma a los pies, porque en la puerta de mi casa, en el pueblo más pequeño de la costa norte, doña Piedad acababa de decirme en voz alta lo que yo llevaba intentando no pensar desde la feria: que para salvar el obrador de mi abuela necesitaba un novio, y que el único candidato de la comarca con la misma necesidad imposible acababa de llamarme pastelera con una cara de disgusto que no me había quitado de encima en todo el día.

Lo peor no era eso.

Lo peor era que, después de mucho tiempo, la idea no me pareció del todo mala.