Pareja en prácticas (Villamar de la Ría nº 1) Capítulo 1 · La cabra de la discordia
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Pareja en prácticas (Villamar de la Ría nº 1)

Pareja en prácticas (Villamar de la Ría nº 1)

Por Lucy Shein

© inepub.com

Capítulo 1 · La cabra de la discordia

La cabra de la discordia

Hay dos cosas que se me dan fatal: mentir y cocinar con la báscula. Por eso, cuando me subí al escenario de la Feria de la Castaña con la mano de Bruno Ansorena en la mía y un frío que me subía por las medias, supe que estaba a punto de hacer las dos a la vez.

Pero eso fue dos meses después.

Dos meses antes, yo era una mujer medianamente decente con una furgoneta alquilada, una cuenta corriente en números rojos y una cabra en el porche de la casa que acababa de heredar.

Llovía esa lluvia fina del norte que no parece mojar y cala hasta los huesos.

La niebla se había comido el pueblo, la carretera y, de paso, cualquier posibilidad de ver el mar, así que lo primero que vi al llegar no fue el paisaje, sino la cabra: de pie en el escalón de la puerta, con la barbilla levantada y una expresión de propietaria que no me gustó nada.

Me miró bajar de la furgoneta con la misma cara con la que mi profesora de química me miraba cuando llegaba tarde a clase, es decir, con una paciencia muy fina y muy mal disimulada.

Yo tenía sesenta kilos de equipaje, tres tartas de muestra en una caja y la firme intención de no quedarme allí ni hasta Navidad.

—Tú no eres mía —le dije a la cabra.

La cabra no se movió. Si acaso, se acomodó mejor bajo el alero.

—Perfecto —dije—. Empezamos bien.

Fue entonces cuando oí una voz detrás de la casa, o mejor dicho, medio cuerpo asomando por la esquina con una cesta en una mano y un paraguas en la otra.

—¡Remedios! ¡Que no es tu hora!

La dueña de la voz era una señora menuda, de unos setenta años, con un delantal impecable, un pañuelo en la cabeza y el aire de quien lleva en pie desde antes del amanecer.

Se detuvo al verme, echó un vistazo a la furgoneta, al equipaje y a mí, y en ese orden, y decidió en menos de un segundo que ya me conocía.

—Ay, madre —dijo—. Tú eres la nieta.

—Soy la nieta —admití.

—La de Madrid.

—La de Madrid.

—La que hacía las tartas.

—Bueno, las tartas las hacía mi abuela, yo solo las decoraba.

La señora chasqueó la lengua con el gesto de quien no tiene tiempo para matices.

—Doña Piedad —se presentó, tendiéndome una mano pequeña y sorprendentemente fuerte—. Tu abuela y yo fuimos vecinas casi sesenta años, nos peleamos dos veces y las dos veces gané yo.

—Encantada.

—Y esa de ahí es Remedios —añadió, señalando a la cabra—. Se escapa todas las mañanas. Tiene la manía de venirse aquí, que tu abuela le daba pan y la malcrió para el resto de su vida.

—¿Y las castañas? —pregunté, porque la cesta iba llena.

—Del castaño de ahí arriba. Con esta lluvia, caen solas. —Me miró la caja de tartas—. ¿Y tú qué traes, para vender o para comer?

Miré a la cabra. La cabra me miró. Hubo entre las dos una comprensión inmediata y mutua: ninguna de las dos quería estar allí.

—Voy a vender la casa —dije, porque me pareció que era mejor decirlo pronto.

Doña Piedad se quedó muy quieta, con el paraguas goteándole en la mano.

—¿Venderla? —repitió, en un tono que en cualquier otro sitio habría sido neutral y en aquel pueblo significaba que acababa de firmar mi sentencia.

—Es lo razonable. Yo vivo en Madrid, tengo un trabajo a medias y esta casa necesita más obra de la que yo puedo…

—¿Y el obrador?

—¿Cómo dices?

—El obrador —repitió, despacio, por si yo fuera un poco dura de oído—. El de tu abuela. Lo de abajo.

Me quedé un momento sin saber qué decir, porque la verdad era que había visto la casa por fotos, y en las fotos la parte de abajo salía con una lona encima y el cartel de «se vende» puesto por una agencia que, sospecho, había hecho las fotos con el móvil y desde fuera.

—Ah. Eso.

Doña Piedad me miró con una mezcla de lástima y de incredulidad que ya empezaba a ser habitual en mi vida, y luego hizo algo que me heló la sangre: sonrió.

—Hija —dijo, con toda la dulzura de un forense—, el obrador no lo puedes vender.

Resulta que el obrador no lo podía vender porque el obrador no era mío.

La casa sí, con sus paredes, su tejado fugado y su olor a humedad y a membrillo, pero el bajo, el local donde mi abuela había amasado durante cuarenta años, era del ayuntamiento, cedido en una concesión que caducaba a final de año y que se renovaba, atención, por concurso público.

—¿Y quién decide quién se la queda? —pregunté.

—El jurado de la Feria —dijo doña Piedad—. Como toda la vida.

—¿Y quién forma el jurado?

—El alcalde, el párroco, la del estanco y tres vecinos que se sortean. —Se encogió de hombros con una naturalidad de siglos—. Pero eso da igual, porque tú no puedes presentarte.

—¿Por qué no?

Doña Piedad me miró con paciencia de santa.

—Porque el premio del local se da a la pareja del año, hija. Es la tradición. La prueba gorda de la Feria de la Castaña. Se presenta la gente de dos en dos, los novios, los casados, los que llevan toda la vida junta. Tú estás más sola que la una.

Me quedé mirando el porche, la cabra, las castañas de la cesta, la niebla que no levantaba, y llegué a una conclusión rápida y bastante triste: para recuperar el obrador de mi abuela, para poder venderlo como era debido o para quedármelo, qué más daba, tenía que encontrar una pareja dispuesta a fingir delante de todo un pueblo.

—¿Y nadie se presenta solo? —insistí.

—Una vez lo intentó el del bar —dijo doña Piedad—. Le dieron el premio de consolación y un diploma que todavía tiene colgado detrás de la caja, y desde entonces no ha vuelto a casarse ni con la máquina de café.

Justo cuando estaba a punto de preguntar en qué consistía exactamente el diploma de consolación, oí pasos a mi espalda, pasos de bota sobre la gravilla mojada, y una voz grave dijo:

—Piedad, tiene usted la cabra otra vez fuera.

Me giré.

El hombre era alto, llevaba un jersey de lana gris con las mangas subidas hasta el codo, los brazos manchados hasta el codo también, y en la mano una caja metálica que, supuse, sería de esas cosas de los veterinarios.

Tenía el pelo oscuro un poco largo, la barba de tres días y una cara que, a juzgar por la expresión, llevaba años sin ganar una discusión consigo mismo.

Se agachó junto a Remedios, le levantó una pata delantera con una delicadeza que no pegaba nada con su cara, y la examinó sin decir una palabra más.

—Se ha vuelto a cortar con la valla —informó.

—Ay —se lamentó doña Piedad—. ¿Y qué le haces?

—Le pongo yodo, le pongo una venda y le digo a usted que arregle la valla, que es más barato que traerme cada mañana con esta lluvia.

—Qué borde eres, Bruno.

—Qué pesada es usted, Piedad.

Entonces el hombre levantó la cabeza, me vio, y se le quedó la cara colgada un segundo.

Fue solo un segundo, pero fue un segundo interesante, porque yo lo conocía.

Yo conocía aquella cara de cuando tenía dieciséis años, la conocía de las discusiones en el instituto, de la vez que me escondió la carpeta de la pastelería en el laboratorio, de la vez que le dije que era un estirado y él me dijo que yo era una metomentodo, y de la fiesta de fin de curso en la que casi, casi, pero no.

—Nuria Sáenz —dijo, con la misma alegría con la que se dice «extraescolares obligatorias».

—Bruno Ansorena —contesté, con la misma—. Qué pequeño es el mundo. Qué poco afortunado.

—Vaya, así que la nieta. —Se levantó, limpiándose las manos en un trapo gris que llevaba colgado del bolsillo—. Tenía que pasar.

—¿Te has hecho veterinario?

—Y tú pastelera.

—Eso no lo he dicho.

—Lo has dicho sin decirlo. Traes una caja de tartas en la furgoneta.

Maldita profesión.

Doña Piedad, que había estado disfrutando del reencuentro como quien ve una telenovela, carraspeó.

—Bruno tiene la clínica ahí arriba —dijo, señalando con la barbilla—. También está en el concurso, ¿verdad, Bruno?

El hombre la miró con una cara de «no me metas en esto» que era, en sí misma, un poema.

—Necesito el local del bajo —dijo, al fin, sin adornos—. Para la clínica. Se me cae el tejado con cada temporal y no tengo dónde meter a los animales.

Hubo un silencio, y en ese silencio nos miramos los dos, un veterinario y una pastelera, un hombre que se había quedado y una mujer que se había ido, dos personas que se habían caído mal desde el instituto y que acababan de descubrir que necesitaban exactamente la misma cosa.

—El premio es para una pareja —dijo doña Piedad, muy despacio, saboreándolo.

—Ya lo sé —dije yo.

—Yo también —dijo Bruno.

—Qué casualidad —dijo doña Piedad—. Qué conveniente.

—Piedad —la avisó Bruno.

—Yo no he dicho nada.

Pero lo dijo con una sonrisa, y en el pueblo, con esa sonrisa, se puede firmar cualquier cosa.

Yo miré a Bruno. Bruno me miró a mí, con esa cara de quien se está dando cuenta de lo mismo que tú y preferiría no dársela.

En algún rincón de mi cabeza, una idea terrible y perfecta empezó a tomar forma, despacio y sin que nadie la pudiera parar, igual que sube un bizcocho en el horno.

Lo malo de las ideas así es que, cuando suben, ya no hay quien las baje.