Capítulo 18 #3
—No conozco todos los detalles, pero por lo visto ella y Rico tuvieron un lío o algo así.
Y cuando él pasó página, ella perdió la cabeza.
Fue hasta las Bahamas a buscar a una sacerdotisa vudú y pagó una fortuna para que lo maldijera.
Y al parecer funcionó. Dijo que había disfrutado viéndolo recibir calabazas durante meses. Hasta que aparecí yo.
Recorrió con la mirada el semicírculo de rostros: Miriam, Hazel y Flora apiñadas en el sofá, como si temieran perderse una sola palabra; Iris y Cornelia en el borde de sus sillas, con los ojos brillantes de expectación; y Annette y Charli prácticamente vibrando en el sofá de dos plazas.
Todas las miradas estaban clavadas en ella, ávidas de detalles. Lilly sentía el peso de aquella curiosidad colectiva sobre la piel, y a pesar de todo lo que había pasado, una pequeña oleada de calidez le inundó el pecho. De verdad les importaba, y no solo por el morbo del cotilleo, sino por ella.
—Y por alguna razón —continuó Lilly—, en cuanto me conoció en The Majestic, la maldición se rompió. No lo entiendo.
—¡Oh! —exclamó Hazel dramáticamente, llevándose la mano al pecho—. ¡Sí! ¡Lo sabía! Flora, ¿no te lo dije? Cómo cayó rendido así... ¡fue amor a primera vista!
—Mmmhmm —asintió Flora—. Ese chico lleva echándoles los tejos a las chicas desde que le llegaba a un saltamontes a la rodilla, y nunca lo he visto mirar a nadie como te mira a ti.
Está perdido. Completamente enamorado. Y tú ni siquiera lo intentabas —levantó la copa—.
Brindemos por eso, querida. Menudo logro.
Lilly torció el gesto.
—¿Y qué pasa con las mentiras? Me siento como una idiota después de ir de un lado a otro por toda la ciudad persiguiendo algo que ni siquiera era real ni necesario. Me dijo que la maldición afectaba a su negocio, no a su vida amorosa.
—Bah, tonterías —Iris agitó la mano—. No es que mintiera, es que omitió detalles. ¿Qué hombre en su sano juicio admite que no le funciona el pene?
—¡Iris! —Cornelia le dio un manotazo en el brazo—. ¡No era eso! Solo perdió su chispa.
—Viene a ser lo mismo —resopló Iris. Señaló a Lilly—.
Entonces apareces tú y ¡bum! Todo vuelve a funcionar a pleno rendimiento.
No veo cuál es el problema. Y créeme, chica, Rico Reyes es un partidazo.
Los hombres Reyes... —le lanzó a Annette una mirada pícara, con los ojos brillándole de malicia y los labios pintados de rojo curvándose en una sonrisa astuta y cómplice—. ¿A que tengo razón?
Annette soltó una risita contra su copa.
—Tienes toda la razón. Y cuando se enamoran, caen a plomo. A Rico le costó encontrar a la mujer adecuada, pero ahora está clarísimo. Está entregado del todo —se acercó más a Lilly, con la mirada firme—. No lo dudes. Lo veo yo, y lo ve Mamá Celeste.
—Hmmm... —Lilly removió su margarita. El alcohol por fin empezaba a hacer efecto.
Sus pensamientos, aunque seguían dando vueltas sin parar, se iban volviendo difusos.
Quería creer a Annette, quería confiar en lo que veía en los ojos de Rico, pero la duda no dejaba de volver.
¿Y si solo estaba viendo lo que quería ver?
—Yo digo que lo hagas sudar —intervino Miriam con suavidad, y todas las cabezas se volvieron hacia ella.
Hazel se animó y dio unas palmadas.
—¡Sí! Me encanta. Miriam, ¿qué sugieres?
Miriam se dio golpecitos en los labios con un dedo, entornó los ojos con aire pensativo mientras estudiaba a Lilly. Ladeó la cabeza como si estuviera resolviendo un rompecabezas. Una expresión astuta, casi estratégica, se adueñó de su rostro.
—Eso depende de Lilly. La pregunta es: ¿qué puede hacer él para demostrar lo que vale?
Era una buena pregunta. ¿Qué podía hacer Rico para compensar la mentira de la búsqueda del tesoro y demostrar que iba en serio? El corazón le dio un vuelco solo de pensarlo, mientras la expectación se mezclaba con la satisfacción.
—Tiene que ser algo completamente disparatado. Algo vergonzoso, después de dejarme correr por toda la ciudad de esa manera. Se lo merece. Pero tiene que hacerlo con una sonrisa en esa cara ridículamente guapa que tiene.
—Ohhh, ahora sí que hablamos —Annette se inclinó hacia delante, con los ojos brillantes—. ¿Y si lo obligas a plantarse en la esquina de Duval con un cartel?
Lilly frunció los labios.
—No está mal. Pero ni de lejos es suficiente.
—No veo qué tiene de malo regalarle flores y bombones —sugirió Cornelia con recato.
—Qué soso —se quejó Flora—. La chica acaba de decir que tiene que escocer un poco.
—¡Ya lo tengo! —saltó Iris—. Que se rape la cabeza.
Flora resopló.
—Demasiado fácil. Que se afeite una ceja. Eso sí que lo humillará.
Todos los rostros se volvieron hacia Lilly. Sus expresiones expectantes casi la hicieron reír. Pero de ninguna manera iba a dejar que Rico sacrificara esa gloriosa melena ni sus cejas, ya puestos.
Arrugó la nariz.
—Ni hablar. Lo quiero avergonzado, no traumatizado de por vida.
—Espera un momento —Charli se enderezó, con un brillo revelador en los ojos—. Tengo una idea.
Annette ahogó un grito.
—¡Oh, sí! Conozco esa mirada. Se le acaba de activar el modo villana —juntó las manos dramáticamente—. Preparaos, señoras, viene algo diabólico.
Como un solo cuerpo, el grupo se inclinó hacia delante, con los rostros encendidos de expectación.
—Desembucha —la apremió Miriam.