Capítulo 18 #2
Las lágrimas inundaron los ojos de Marjorie, que sorbió por la nariz mientras se limpiaba las mejillas. Pero no dijo una palabra, solo miraba a Rico con ojos enormes y vulnerables.
Él avanzó.
—Ahora soy un hombre diferente al que era hace un año. Y en parte tengo que agradecértelo a ti. Pero nunca habrá nada entre nosotros, con maldición o sin ella. Tienes que entender eso.
—Hay alguien ahí fuera para ti, Marjorie —continuó—. Alguien que te querrá por quien eres, que te hará sentir completa. —Negó con la cabeza—. Ese no soy yo, y te ruego que me perdones por haber sido tan descuidado. Fue muy irreflexivo por mi parte.
Rico miró a Lilly, escrutando su rostro con un destello protector en la mirada: preocupación o tal vez culpa. No estaba segura de cuál.
—Pero tal vez podríamos intentarlo de nuevo —dijo Marjorie encogiéndose de hombros.
Rico negó lentamente con la cabeza.
—Lo siento, Marjorie. Eso no va a pasar. —Su mirada volvió a Lilly—. Estoy enamorado de otra persona.
Un sollozo brotó de Marjorie, que dejó caer la cabeza mientras se derrumbaba en el suelo.
Kyle apareció en la puerta, con dos agentes de policía detrás.
—Marjorie, es hora de ir a casa.
Marjorie no respondió, no se movió mientras su hermano la levantaba despacio y le pasaba un brazo por los hombros. La sacó de la habitación, con Gus y su equipo siguiéndolos. La puerta se cerró tras ellos.
Lilly dejó caer los hombros y por fin exhaló. El corazón aún le latía con fuerza en el pecho, pero ¡había terminado! Y de repente Rico estaba allí, rodeándola con los brazos, atrayéndola hacia él. Su propio cuerpo temblaba como si estuviera bajando de un subidón.
—Gracias a Dios —murmuró contra su pelo. Se apartó y la recorrió con la mirada—. ¿Estás bien? ¿No te ha hecho daño?
—No. —Lilly negó con la cabeza, con las manos temblorosas mientras se secaba la frente—. Para nada. Pude mantenerla ocupada hasta que Gus entró con sus hombres. —Buscó los ojos de Rico—. ¿Cómo supiste que estaba aquí?
—Su hermano me llamó esta mañana y me pidió una reunión urgente.
Vino al café y me confesó lo que Marjorie había hecho.
Había empezado a sospechar después de encontrar algunos gastos extraños en sus registros financieros, y luego Marjorie no se presentó al trabajo.
La rastrearon hasta aquí y empezaron a atar cabos.
—Le acarició los brazos—. Se disculpó y me dijo que la van a enviar a un centro.
Lilly retrocedió un paso, con una mano presionada contra el estómago.
A pesar de todo, sintió una punzada inesperada de compasión por Marjorie, una mujer tan consumida por un amor no correspondido que se había destrozado por completo.
Estar en medio de aquel desastre la hacía sentirse sucia, cómplice de alguna manera.
De repente, las crípticas advertencias de Marjorie cobraban perfecto sentido.
Peor aún, la verdad la golpeó como un puñetazo: Rico le había mentido. Sobre absolutamente todo.
Levantó una mano mientras lo miraba a los ojos.
—A ver si lo he entendido bien, y no te atrevas a mentirme. Tu maldición nunca tuvo que ver con tu negocio.
Rico apretó los labios, con las manos en las caderas. Le sostuvo la mirada, con los ojos suplicantes.
—No. No tenía nada que ver con mi negocio. Era solo sobre mí. Lamento no haber sido completamente honesto contigo.
La humillación le ardió en el pecho, caliente y ácida, revolviéndole el estómago.
Cada momento que había pasado entusiasmada con aquella ridícula búsqueda del tesoro ahora le parecía un foco iluminando su propia estupidez.
Se estremeció al recordar lo ansiosa y emocionada que había estado persiguiendo cada pista.
—¿Entonces todo fue una broma para ti?
Soltó una risa amarga.
—Te habrás partido de risa cuando hice ese estúpido mapa. Dios, ¡menuda idiota estoy hecha!
—¡No!
La agarró de los codos.
—Estaba avergonzado, ¿vale? ¿Cómo iba a decirle a una mujer que me tenía completamente obsesionado que me habían maldecido por ser el puto Casanova del pueblo?
Resopló.
—No habrías querido saber nada de mí.
Lilly se zafó de un tirón.
—¿Esperas que me crea eso?
Bufó.
—¿Que tienes sentimientos por mí?
—Es verdad, Ángel. Desde el momento en que te vi, supe que eras la indicada —susurró Rico, acercándose.
Fue como si se rompiera una presa; las palabras brotaron de él—.
El año pasado, otra vidente me dijo que sería maldecido y que mi verdadero amor era la única que podría ayudarme.
No lo creí al principio, pero después de seis meses era obvio que algo iba mal.
Y entonces Mamá Celeste lo confirmó. Me dijo la noche antes de conocernos que debía hacer entregas para el negocio, que conocería a la mujer que se convertiría en el amor de mi vida.
Luego entré en The Majestic, y ahí estabas tú.
La luz entraba por las ventanas detrás de ti, iluminándote como un halo.
Por un momento no pude ver nada más. Me dejaste sin aliento.
Mi corazón cayó rendido en ese momento, y nunca he vuelto a ser el mismo.
Extendió la mano lentamente y le acarició la mejilla.
—Te quiero, Lilly. Siento no haberte dicho la verdad, pero estaba aterrorizado.
Si hubieras sabido la verdadera razón, temía que te negaras a pasar tiempo conmigo, a darme una oportunidad.
Estaba desesperado, y decir que la maldición afectaba a mi negocio fue lo único que se me ocurrió en ese momento.
Tienes que creerme. Estoy locamente enamorado de ti.
La besó con suavidad.
—Por favor, perdóname. Dime cómo puedo compensártelo.
Su corazón tiraba de ella hacia él, mientras su mente le gritaba que tuviera cuidado; las dos voces luchaban dentro de su pecho hasta hacerla sentir partida en dos. Todo dolía: la mentira, el amor que aún sentía a pesar de ella, el peso sofocante de todo aquello cuando apenas podía respirar.
Lilly retrocedió, apartándose de su abrazo.
—Necesito tiempo para asimilar todo esto. Necesito espacio, Rico.
Rico frunció el ceño, con la mirada atormentada mientras la observaba. Finalmente, asintió.
—Lo entiendo. Me voy, pero ¿puedo llamarte luego?
—No lo sé.
Las palabras le salieron estranguladas. Parte de ella quería dejarse caer en sus brazos y fingir que nada de aquello había sucedido, mientras otra parte quería huir y no mirar atrás jamás.
Le dolía el pecho; quería perdonarlo, pero no sabía si podía fiarse de sí misma para tomar la decisión correcta en ese momento.
Y luego estaba Marjorie. El recuerdo de su fría amenaza todavía le ponía la piel de gallina, añadiendo otra capa al caos que le daba vueltas en la cabeza. Tragó saliva para deshacer el nudo en la garganta, conteniendo el sollozo que amenazaba con escapársele.
—Dame unos días para pensar en todo esto, ¿vale?
—Está bien.
Su voz sonaba resignada.
—Pero no voy a renunciar a ti, Ángel. Me salvaste de todas las formas posibles. No creí de verdad en el amor hasta el momento en que te vi de pie en ese vestíbulo, tan increíblemente guapa y serena.
Se le escapó una risa suave, más aliento que sonido.
—Rompiste la maldición en ese instante, y ni siquiera me di cuenta.
—Me voy ya, pero te llamaré luego.
Rico retrocedió a regañadientes y suspiró.
—Solo recuerda que te quiero, Lilly.
Lilly se estremeció cuando él se marchó. El alivio y la pérdida la golpearon a partes iguales, dejándola vacía y dolorida. No sabía si acababa de tomar la decisión correcta o de cometer el mayor error de su vida, y la incertidumbre la aterrorizaba casi tanto como todo lo demás.
¿Qué demonios acababa de pasar?
Su mente era como un espejo hecho añicos, con fragmentos de dolor, amor, miedo y confusión que se reflejaban desde todos los ángulos, sin que ninguno tuviera sentido.
No podía desenredar las mentiras de Rico de sus disculpas, no podía separar lo que sentía de lo que debería sentir, y cuanto más intentaba pensar en ello, más se le apretaba el nudo en el pecho.
Lo que realmente quería era una copa bien cargada y alguien con quien hablar. Le vino una persona a la cabeza, y marcó el número en el móvil, dando golpecitos con el pie mientras sonaba.
—Paradise West, soy Annette.
—Hola, Annette. Soy Lilly. ¿Tienes un momento libre? He tenido un día horrible y me vendría genial una copa y una buena charla de chicas.
—¡Por supuesto! Le diré a mi ayudante que cubra el mostrador.
Annette murmuró algo al otro lado.
—Listo. Vente. ¿Llamo a refuerzos?
Lilly soltó una risita casi histérica.
—¿Y quiénes serían esos?
—Las señoras del Royal Conch, por supuesto. Son geniales para las charlas de chicas.
—Vale.
Lilly suspiró.
—Gracias, Annette. Voy para allá.
Frank apareció en la puerta justo cuando ella colgaba.
—¿Todo bien, jefa?
—He tenido días mejores, Frank. Pero sí, creo que sí.
Se frotó la frente.
—Necesito salir de aquí, si no te importa.
—Claro. Yo me encargo.
Lilly no veía el momento de salir de allí. Tenía toda la intención de pillar una buena cogorza.
* * *
—Cuéntamelo otra vez, querida —dijo Flora, dando un sorbo ruidoso a su sangría—. ¿Qué fue exactamente lo que te dijo esa tal Marjorie?
Lilly soltó un largo suspiro y echó la cabeza hacia atrás, contemplando el techo pintado al fresco. Parecía de verdad un pedazo del cielo de Cayo Hueso, tan tranquilo y sereno. Justo lo contrario de cómo se sentía ella en ese momento.