Capítulo 10
Las sombras profundas se extendían por la acera agrietada mientras Lilly caminaba por la calle oscura de regreso a The Majestic.
La isla bullía con la misma energía inquieta que Nueva York por la noche, pero sin los escaparates iluminados ni las farolas que la alumbraran.
Sin luz en el manillar, optó por llevar la bicicleta a pie y se dirigió hacia el sur, hacia el monumento del Punto Más Austral.
Un grito resonó en el aire cálido de la noche y Lilly miró por encima del hombro: Rico corría hacia ella.
—¡Lilly, espera! —la llamó. Ella se detuvo, esperando a que la alcanzara.
—Hola —jadeó—. Te fuiste antes de que pudiera darte las buenas noches.
Lilly frunció el ceño, mirando hacia donde habían venido.
—¿Corriste todo el camino hasta aquí para darme las buenas noches?
—Sí —dijo, poniéndose a caminar junto a ella—. Miriam comentó que habías venido en bicicleta y quería asegurarme de que llegaras bien. Te acompaño, si te parece.
—The Majestic queda lejos, Rico —dijo, mirando de nuevo por encima del hombro.
Él resopló.
—¿Y qué? Llevo corriendo por esta isla desde que aprendí a caminar.
Lilly se detuvo, exasperada.
—No necesito escolta hasta el resort. Gracias a ti, ya me conozco esta isla de memoria —bromeó.
Rico se encogió de hombros, imperturbable.
—Compláceme. Además, no tuve ocasión de preguntarte si estás libre mañana.
Con un bufido, Lilly echó a andar de nuevo.
—Con un mensaje de texto habría bastado.
—Cierto —se dio una palmada en el estómago plano. Lilly se imaginó unos abdominales marcados bajo esa camisa y se obligó a pensar en otra cosa.
—Pero acabo de pasarme la última hora comiendo porquerías con mi sobrino dormido —continuó—. Así que me viene bien caminar —le dio un codazo juguetón—. Entonces, ¿estás libre mañana?
—Sí —rodeó un bache en la acera con la bicicleta—. No tuve ocasión de decirte que hoy he replanteado nuestra estrategia. Me pareció que le vendría bien un poco más de estructura.
Algo cruzó fugaz por su rostro. ¿Incomodidad? ¿Molestia? Lilly no supo distinguirlo. Luego lo disimuló con una sonrisa.
—Estoy deseando verla —su tono no revelaba nada—. ¿A qué hora paso a recogerte?
—A la una me viene bien —miró a Rico y lo pilló observándola atentamente—.
El Sr. Armstrong viene mañana. Le presentaré lo que he descubierto esta primera semana, junto con las mejoras que propondría.
Le encanta la innovación, así que intento pensar con originalidad —se rio—.
Como hice con nuestra búsqueda del tesoro.
Rico asintió.
—James es único. Es un empresario increíble. Tenemos suerte de que esté aquí, sobre todo por haber recuperado The Majestic. Y he oído que ha hecho maravillas en Sunset Key. Incluso me consultó algunas ideas de inversión.
—Deberías aprovecharlas si puedes —dijo Lilly—.
Estoy convencida de que ese hombre tiene el toque de Midas.
Me emocionó que me eligiera para dirigir su hotel favorito, sobre todo después de vender tantos.
Podía elegir entre un montón de gerentes, pero me eligió a mí. Acepté sin pensármelo dos veces.
—Y me alegro mucho de que lo hiciera —la voz de Rico era cálida, con un toque burlón—. Si no, no tendría ninguna posibilidad de romper esta estúpida maldición.
—Venga ya. Podrías haberte asociado con cualquiera —dijo Lilly—. Hazel o Flora habrían saltado ante la oportunidad.
—No —negó con la cabeza—. No. Tenías que ser tú.
—¿Por qué? —preguntó Lilly, esperando una respuesta de verdad.
Él se encogió de hombros y apartó la mirada.
—Es lo que dijo Mamá Celeste. Me dijo que lo sabría en cuanto te viera. Y así fue. Eso es todo lo que tengo.
—Hmmm... —la decepción se asentó en el estómago de Lilly. Notaba que Rico ocultaba algo, pero no insistió.
Caminaron en silencio, serpenteando por callejones tranquilos y vecindarios dormidos.
Sin el resplandor de las farolas, el cielo se abría inmenso sobre ellos.
Estaba despejado esa noche, infinito y cuajado de estrellas.
Lilly identificó constelaciones con facilidad, dejándose envolver por la calma.
A lo lejos se oía el romper constante de las olas en Smathers Beach. El hotel ya no quedaba lejos.
—¿Qué tipo de mejoras tienes en mente? —preguntó Rico, rompiendo por fin el silencio al girar hacia Roosevelt Boulevard. Las luces de The Majestic brillaban como un faro a lo lejos, y el rumor de las olas rompiendo en la orilla a su derecha era un suave telón de fondo.
—¿Eh? —Lilly parpadeó, volviendo de las estrellas.
—Las mejoras que mencionaste, lo que quieres proponerle a James. Me pica la curiosidad.
—Tengo varias sugerencias, pero hay un proyecto en particular que me entusiasma —dijo—. Algunos creo que los aprobará enseguida. Un par podrían necesitar más trabajo de convicción. Siempre que no los rechace de plano, claro.
—Vale, ahora tienes que contarme cuál es el que te entusiasma. Hazme tu presentación. Será buena práctica.
Lilly murmuró entre dientes, dudando. Tenía razón. Había preparado todos los materiales para el Sr. Armstrong, pero no había ensayado lo que iba a decir.
—Bueno —comenzó—, hay algo que me ha estado rondando desde que llegué.
Tenemos pocas zonas comunes interiores y ninguna al aire libre.
Todo el terreno está dedicado al alojamiento de los empleados, lo cual es fantástico.
Encontrar vivienda aquí es difícil y carísimo, así que es una ventaja enorme.
Además, mi cabaña es una pasada. Es el doble de grande que mi antiguo apartamento en Nueva York y totalmente gratis.
Dejó que Rico la guiara para cruzar la calle hacia el aparcamiento de The Majestic.
—Entonces, ¿qué tienes en mente? ¿Un espacio en la playa? —preguntó él.
—No. Un poco más ambicioso que eso —se detuvo y se giró para mirarlo—. Llevo toda la semana dándole vueltas, pero esta noche, en Paradise West, todo encajó. Tienen un patio precioso. Aquí no tenemos espacio para algo así en los terrenos. Pero la azotea podría funcionar. Si la estructura lo aguanta.
A Rico le brillaron los ojos al sonreír.
—Un bar en la azotea. Eso es jodidamente genial.
—Costaría una fortuna —dijo ella, ahora con cautela—. Y ni siquiera sé si el edificio aguantaría a nivel estructural.
—Claro que sí —dijo Rico con un gesto despreocupado—. The Majestic se construyó, y se reforzó hace poco, para resistir huracanes de los gordos. Un bar en la azotea no es nada.
—Eso espero —dijo Lilly—. Pero haría falta una inversión importante. No creo que el Sr. Armstrong lo apruebe, apenas un año después de la renovación.
—Mañana lo sabrás —respondió Rico con tono relajado—. Me parece una idea genial. Imagínate las vistas desde allí arriba.
—¿A que sí? Eso mismo pensé cuando Annette me enseñó la azotea de Paradise West.
Se detuvo al inicio del sendero que llevaba a su cabaña.
—Desde aquí me las apaño. Ya puedes volver.
—Sobre eso... —algo le cruzó el rostro y cambió el peso de un pie a otro—.
Necesito ir al baño urgentemente. ¿Puedo usar el tuyo?
—echó un vistazo a la vegetación tropical que los rodeaba—.
O sea, podría hacerlo aquí fuera, pero dudo que a tus jardineros les hiciera gracia lo que le pasaría al jardín.
Lilly se rio.
—Por favor, no. Ven.
Lo guió por el estrecho sendero de tierra. Pasaron junto a varias cabañas pequeñas escondidas entre los árboles hasta llegar a la más grande, al fondo.
—Aquí estamos —dijo. Aparcó la bicicleta y abrió la puerta.
Lo hizo pasar con un gesto y señaló el pasillo.
—El baño está por ahí. Primera puerta a la izquierda —miró el reloj y añadió—: Iba a prepararme un té de hibisco con cereza. ¿Te apetece una taza?
—Claro, me encantaría —respondió él por encima del hombro al pasar—. Vuelvo enseguida.
Lilly llenó la tetera en el fregadero, la puso en el fuego y encendió el quemador antes de sacar dos tazas.
—¿Quieres miel? —preguntó en voz alta.
—Sí, genial —llegó la respuesta, justo detrás de ella.
Se giró, parpadeando.
—Qué rápido.
Él se encogió de hombros con una sonrisa juguetona.
—Meo rápido —su mirada recorrió el acogedor espacio—. Qué sitio tan agradable.
—Ya lo creo —Lilly se secó las manos con una toalla y rodeó la isla—. Es muy acogedor. ¿Quieres la visita oficial? Aunque, siendo sincera, ya has visto casi todo.
Hizo un gesto al estilo Vanna White hacia la derecha.
—Ahí tenemos el salón, la cocina, y este es mi rincón del café matutino —se detuvo junto a la mesita cerca de la ventana—. Las vistas no son gran cosa, solo palmeras y arbustos. Pero la luz de la mañana es fantástica.
Siguió por el pasillo con Rico detrás.
—El baño está justo aquí, como ya sabes. Y ahí está mi dormitorio. Hasta tiene vestidor —añadió con una sonrisa.
—Nada mal —dijo Rico. Su tono era desenfadado, pero tenía el rostro tenso e inescrutable. El sitio era encantador, desde luego, pero ella habría apostado a que no tenía nada que ver con su casa.
La tetera empezó a silbar en el fuego y ella se puso a preparar las bebidas. Le pasó su taza a Rico y señaló hacia la mesa. Otro enorme puzle con escenas de Cayo Hueso descansaba a medio montar bajo un cuaderno azul marino.
—Antes de que se me olvide, déjame enseñarte en lo que estuve trabajando hoy —dijo Lilly, intentando parecer despreocupada aunque por dentro se preparaba para lo peor. Esperaba de verdad que no lo odiara.
Cogió el cuaderno y lo abrió por un mapa de la isla dibujado a mano. Old Town estaba cubierto de puntos verdes, rosas y azules.
—Vale, aquí está la isla —fue señalando mientras explicaba—. El verde es donde ya hemos buscado. El rosa es lo que queda de tu lista original, la que escribiste en aquel recibo. Los puntos azules son sitios donde también deberíamos mirar.
Vaciló, pero siguió adelante.
—Creo que tenemos que ir con más método. Hay algo que se nos escapa, alguna pista que no hemos visto o que ni siquiera sabíamos que debíamos buscar. No sé explicarlo, pero tengo el presentimiento de que si lo enfocamos así, algo va a salir a la luz.
Los ojos de Rico recorrieron la página, con la boca entreabierta y las cejas levantadas. No dijo nada, solo miraba fijamente.
A Lilly se le cayó el alma a los pies.
—Lo odias —murmuró.
—¡No! —negó con la cabeza, con las comisuras de la boca hacia abajo—. No es eso para nada. Me encanta. Es increíble. Es que no me puedo creer que hayas hecho todo esto. Te habrá llevado horas.
—Qué va. Ya te avisé. Soy bastante friki —Lilly se encogió de hombros—. Cuando algo me intriga, me obsesiono y la cosa no para de crecer. Créeme, esto solo va a ir a peor —bromeó, intentando quitarle hierro al asunto.
Pasó la página a otro mapa lleno de notas garabateadas, líneas, flechas e imágenes.
—¿Te acuerdas de que dije que quería montar un tablón de pruebas? No tenía lo necesario para colgar uno en la pared, pero esto servirá. De momento. Aunque cuando empecemos a reunir pistas, se nos va a quedar pequeño —le acercó un lápiz—. Añade o cambia lo que quieras.
Contempló todo el despliegue, incapaz de ocultar su orgullo. Esa misma mañana había estado sonriendo como una tonta mientras lo dibujaba todo: conectaba hilos, marcaba incógnitas, dejaba huecos en blanco para rellenar después.
Rico inspiró hondo, luego soltó el aire despacio entre los labios fruncidos antes de coger el lápiz.
—La mayoría de estos sitios —dijo, señalando varios con la goma del lápiz— son bares populares. Y de muchos se dice que están embrujados.
Él la miró con los ojos entornados. A Lilly se le encogió el estómago ante aquella mirada sensual.
Era oscura y ardiente, cargada de promesas de placeres desconocidos.
Parecía ser su expresión habitual, así que ella no se atrevió a pensar que hubiera intención alguna detrás.
Rico se había comportado como un perfecto caballero con ella.
—¿Lo hiciste a propósito? —preguntó él.
Ella asintió.
—Sí. Por alguna extraña razón, creo que es clave. Estoy convencida de que encontraremos lo que buscamos en esos lugares.
Hizo una mueca.
—Mi instinto me sigue diciendo que es alguien relacionado con tu negocio, pero esos bares son importantes. Todavía no sé por qué, pero todo cobrará sentido cuando lo veamos.
Rico asintió distraído, con los labios torcidos hacia un lado.
—Entonces deberíamos añadir estos también.
Marcó varios lugares, incluidas algunas posadas. Alzó la vista y sonrió.
—Vamos a estar ocupados un buen rato con todo esto.
Lilly dejó escapar una risa.
—No tengo nada mejor que hacer, y así estoy conociendo la isla mucho más rápido de lo que habría podido por mi cuenta.
Se sonrieron y el momento se alargó mientras el tiempo parecía detenerse, con el aire cargado de tensión entre ellos. Ninguno habló, pero en aquel intercambio silencioso se dijo todo. Era como estar demasiado cerca de una llama: emocionante y peligroso a partes iguales.
Finalmente, Rico rompió el silencio y dio un paso atrás.
—Bueno, debería irme. Nos vemos mañana a la una.
—De acuerdo.
Extrañamente decepcionada, Lilly pasó junto a él hacia la puerta y cerró los dedos en torno al pomo. Se volvió para despedirse y contuvo el aliento. Él estaba justo ahí, de repente, tan cerca que podía sentir el calor que irradiaba su piel.
Sus miradas se encontraron y ella dejó de respirar.
—Gracias por acompañarme esta noche —susurró.
La mirada de él descendió hasta su boca y se detuvo allí. Luego, despacio, con una lentitud casi insoportable, se inclinó hacia ella, y por fin, sus labios rozaron los suyos.
El beso fue suave pero eléctrico, y un calor lento y abrasador se extendió por todo su cuerpo. Se le erizó la piel, cada nervio despierto, su cuerpo atraído hacia el de él como si siempre hubiera estado esperando aquel momento.
Habría confesado sin problema haber pasado unas cuantas horas imaginando el beso de Rico. Si sería como una chispa prendiendo fuego o como una ola suave envolviéndola.
Ninguna se acercaba a la realidad. Su beso fue un rayo que impactó en la tierra y destrozó todo lo que ella había conocido.
Rico levantó por fin la cabeza y se pasó la lengua por el labio inferior, como si saboreara el beso.
—Hasta mañana, Ángel.