Capítulo 6 #2
—¡Rico! —llamó un hombre alto y delgado desde detrás del mostrador—. Cuánto tiempo, hermano. ¿Cómo has estado?
—Bien, Cal. ¿Y tú?
—Estupendamente. ¿Qué te trae por aquí?
—Necesitamos gafas de sol para la dama —dijo Rico, señalando a Lilly con la barbilla.
—Esto no es necesario de verdad —protestó ella—. Puedo comprar unas baratas en una farmacia más tarde.
Cal frunció el ceño como si acabara de cometer una blasfemia. Rico resopló, sacudiendo la cabeza.
—Ni hablar. Aquí abajo necesitas gafas de verdad para proteger esos preciosos ojos verde esmeralda.
Cal casi se atraganta de la risa, tapándose la boca con el puño.
Lilly se volvió hacia Rico, parpadeando.
—¿Acabas de decir mis «ojos verde esmeralda»?
La mandíbula de Rico se tensó, y ella habría jurado que el tono oliva de su piel se oscureció un poco. ¿Se estaba sonrojando otra vez? Parecía sorprendentemente fácil de desconcertar.
Rico se aclaró la garganta.
—He oído que los ojos verdes son más sensibles a la luz del sol —señaló la vitrina con un gesto brusco—. ¿Ves algo que te guste?
Ella lo observó un momento más, todavía tratando de entender en qué mundo paralelo había aterrizado, y luego se volvió hacia las filas de gafas de sol.
—Claro —dijo, encogiéndose de hombros—. Pero estas cuestan mucho más de lo que quiero gastar.
—No te preocupes por eso. Yo invito.
Cuando ella abrió la boca para protestar, él la cortó levantando la mano. —No. Corre de mi cuenta, Ángel. Me estás ayudando más de lo que crees. Es lo menos que puedo hacer.
Cal resopló desde detrás del mostrador, negando con la cabeza. —Tiene razón, Ángel. Te debe una bien gorda.
Rico frunció el ceño al instante. —Se llama Lilly, imbécil.
Cal sonrió. —Lo que tú digas, tío. Entonces, Lilly, ¿cuál te ha gustado?
Ella hizo un ruidito pensativo mientras examinaba la selección. —Sí. Las marrones me gustan.
—Buena elección. —Cal se las pasó, señalando el espejo—. La mejor protección UV que tenemos.
Minutos después, Rico y Lilly salieron al sol. Ella llevaba un elegante par de gafas nuevas.
—De verdad que no hacía falta —dijo ella—. Con un par ya era bastante, pero ¿dos?
Él esbozó una sonrisa pícara. —Por si acaso. No vaya a ser que aplastes otro par. —Señaló con la cabeza hacia la esquina—. Giramos a la izquierda ahí. La primera parada está a una manzana.
—Vale. —Lilly se ajustó las gafas, recordando el plan—. Entonces, yo hago de turista y tú me dices si notas algo raro, ¿no?
—Eso es. —Un destello de duda o incomodidad cruzó su rostro. Ella no supo distinguir cuál de las dos, pero algo en todo aquello lo ponía nervioso.
Lilly se paró en seco. —Espera. ¿He entendido mal lo que querías hacer hoy? Es el plan del que hablamos anoche, ¿no?
—Sí, claro que sí.
Ella resopló. —He visto esa cara, Rico. ¿Has cambiado de opinión? Puedes decírmelo. No me voy a enfadar.
—¡No! —La palabra le salió demasiado brusca, demasiado rápida. Se plantó con las manos en las caderas, mirando la acera agrietada, y soltó el aire con fuerza—. Es que...
—¿Es que qué? —insistió ella con suavidad.
Alzó la mirada, con la desesperación brillando en sus ojos. —No sé qué estamos buscando, y me da miedo cagarla. Mamá Celeste me dijo que lo sabría en cuanto lo viera. Pero no me dijo qué era. Así que ahora... —Levantó las manos—. Ahora estoy dando palos de ciego.
—Vale, vale. Respira. —Le puso la mano en el brazo con suavidad—.
Lo resolveremos. —Se mordió el labio inferior, pensativa—.
Visitamos los sitios de tu lista, nos relajamos y los disfrutamos, y me avisas si notas algo raro.
Así de sencillo. —Le cogió la mano sudorosa y se la apretó—. Podemos hacerlo.
El alivio se extendió por su rostro y los hombros se le relajaron. —Sí. Me parece bien.
—Saldrá bien. Te lo prometo. —Le dedicó una sonrisa y tiró de él para que echara a andar. Sus manos entrelazadas se balanceaban entre los dos—. Venga, háblame de ese primer sitio.
* * *
—No estoy captando nada, Rico. —Lilly soltó un suspiro de frustración mientras recorría con la mirada el café abarrotado desde su mesa del rincón.
Su pequeña misión no había dado fruto. Seis paradas y seis callejones sin salida.
Salvo un leve escalofrío de inquietud que ni siquiera sabía explicar, todo había sido perfectamente normal.
Allá donde iban, la gente reconocía a Rico y lo paraba para darle la mano o saludarlo. Nada había resultado hostil ni remotamente digno de una maldición.
Hizo una mueca. La idea seguía sonándole ridícula, incluso después de peinar el casco antiguo. Y sin embargo, se lo estaba pasando en grande. ¿Pasear por aquella isla preciosa con un guía peligrosamente atractivo y conocer gente nueva? No era mala forma de pasar el día.
Esa mañana, al despertar, aún no estaba segura de aquella aventura, medio convencida de que Rico solo le estaba tomando el pelo, una broma típica de «bienvenida a la recién llegada».
Pero la tensión en sus ojos lo delataba, igual que la forma en que apretaba la mandíbula cada vez que entraban en una tienda nueva.
No estaba bromeando. Aquello significaba algo para él.
A la quinta parada, su frustración era imposible de pasar por alto.
—Yo tampoco —murmuró él, con el ceño muy fruncido.
—Tendría que habértelo preguntado antes —dijo Lilly, ladeando la cabeza—. ¿Cuánto hace que te echaron esa maldición?
—Varios meses. Unos seis, calculo. Fue cuando todo empezó a... —Algo oscuro cruzó su rostro—. A pasar —concluyó.
—¿A pasar cómo?
Apretó la mandíbula antes de responder. —Cosas raras. Pedidos que llegaban mal. Facturas que desaparecían. Equipos que fallaban. Gente que me evitaba.
Lilly resistió el impulso de poner los ojos en blanco. Conseguir que hablara de aquello era como sacarle las muelas. —O sea, ¿problemas típicos de cualquier negocio?
Él se quedó mirando la taza que tenía en la mano. —Problemas que nunca había tenido. No así.
—Ajá. —Tamborileó con los dedos en el vaso, pensativa—. ¿Seguro que estamos buscando en los sitios correctos? La verdad, parece que deberíamos vigilar tu tienda. A lo mejor es alguien relacionado con tu negocio, puede que incluso alguien de tu plantilla.
Rico levantó la cabeza de golpe, boquiabierto. —Tienes razón. No me puedo creer que no se me haya ocurrido. —Soltó una risa amarga y se pasó una mano por el pelo—. Toda la tarde ha sido una pérdida de tiempo.
—No, no lo ha sido —replicó Lilly enseguida—. Vale, puede que a ti te lo parezca. Pero yo me lo he pasado genial. He visto más del casco antiguo hoy de lo que habría explorado en meses por mi cuenta, y tengo dos pares de gafas preciosas para recordarlo.
La comisura de su boca se elevó y la sonrisa se fue ensanchando.
Las líneas de su rostro se suavizaron a medida que la tensión cedía.
—Eso es verdad. Me alegro de que al menos tú lo hayas disfrutado.
—Miró el reloj—. Sé que hemos visitado más sitios de los que teníamos pensado, pero hay un último lugar al que quiero llevarte antes de dar el día por terminado. Si te apetece.
—Claro. Pero si es otra cafetería, voy a explotar.
Ya llevo un subidón de azúcar y cafeína encima.
—Se dio unas palmaditas en el estómago con una mueca—.
Después de todo lo que he probado hoy, creo que ya es oficial.
Tienes la mejor cafetería de la isla y, sin duda, el mejor café. Nada se le acerca.
Rico sonrió de oreja a oreja. —Gracias, Ángel. Mira, la tienda de mi madre no está lejos de aquí. Me estrangularía si no te llevo a conocerla. ¿Qué me dices?
Lilly contuvo el aliento, con los ojos muy abiertos.
¿Conocer a una vidente de verdad? ¡Por supuesto!
—¿Hablas en serio? —Casi se levantó de un salto de la silla, emocionada—. No te lo perdonaré en la vida si no me llevas.
Rico soltó una carcajada profunda y desinhibida. El sonido la envolvió como algo tangible y embriagador. La mirada de Lilly recorrió la curva del cuello de él, siguió el movimiento de su pecho con cada respiración. No podía apartar los ojos.
—Entonces está decidido. —Señaló la bebida de ella—. ¿Has terminado?
Lilly apuró el resto de su café helado de un trago. —Lista. Tú primero.
Rico se puso de pie y entrelazó los dedos con los de ella, como si lo hubieran hecho mil veces. Mientras caminaban hacia la salida, Lilly no podía sacudirse la sensación de que él se había apropiado de algo más que su mano.