Paraíso embrujado (Romances en los Cayos nº 4) Capítulo 3
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Capítulo 3

Rico cruzó el aparcamiento de The Majestic con brío en el paso y una sonrisa que no podía reprimir. La emoción le recorría el cuerpo. Su madre había tenido razón. Por supuesto que sí. Le había dicho que su salvadora aparecería cuando menos lo esperara, y que la reconocería en cuanto la viera.

Sin duda la había reconocido. Santo Dios, vaya si la había reconocido. Y luego se había caído de bruces y había montado un espectáculo. Pero le daba igual.

En el momento en que vio a Lilly, algo cambió en su interior, como un extraño zumbido o una atracción magnética. Luego sus miradas se cruzaron, y fue como si le cayera un rayo encima.

Era ella. Su ángel. Tenía que ser la indicada. El alivio lo invadió con tanta fuerza que podría haberlo gritado a los cuatro vientos. Esta maldita maldición pronto quedaría atrás, por fin. Su vida volvería a su cauce.

Y Lilly… Esa mujer era otra cosa.

El resto de su ruta de entregas pasó volando, como en una nebulosa, mientras su mente daba vueltas sin parar.

No podía dejar de pensar en aquella mujer preciosa de ojos verdes felinos y esa cascada de cabello color fuego.

Dios, era impresionante, y aún sentía la calidez de su piel suave en la mano, allí donde la había tocado.

Sus pensamientos se dispararon… el cabello de ella entre sus dedos, los labios de ella sobre los suyos… y su cuerpo reaccionó antes de que pudiera evitarlo.

Un claxon estridente lo arrancó de su ensoñación.

—¡Mierda! —Pisó el freno a fondo y se detuvo justo a tiempo en un semáforo en rojo.

Con una sola mirada, esa mujer ya lo tenía deshecho, y apenas había tenido ocasión de hablar con ella. Todavía no. Normalmente, habría desplegado su encanto marca Rico. ¿Pero con Lilly? Sabía que las viejas tácticas no funcionarían. Hasta su madre se lo había dicho.

Aun así, encontraría la manera.

La voz de su madre resonó en su cabeza: Debes encontrar a tu verdadero amor.

Y la advertencia de Louise vino justo detrás: Solo con el verdadero amor serás liberado.

Cuando escuchó esas palabras hacía un año, le sonaron descabelladas, como algo sacado de un ridículo cuento de hadas. E incluso las instrucciones de su madre le parecieron absurdas.

¿Pero ahora? Todo cobraba sentido. Lilly no era solo la nueva residente de Cayo Hueso. Era su faro en medio de la tormenta.

Necesitaba pasar tiempo con ella. Pero la pregunta era: ¿cómo conseguirlo?

Dada la advertencia de su madre y su propia intuición, tenía que ir con cuidado.

Rico lo había visto claro como el agua: Lilly se había sentido abrumada por su intensidad habitual.

Había cambiado el peso de un pie a otro, y sus mejillas de porcelana se habían teñido de rosa bajo su mirada.

Era hermosa y delicada, como porcelana fina.

Pero también inteligente y, sospechaba, dura como el acero.

Sabía que James no habría contratado a una tonta para su hotel insignia en Cayo Hueso.

Su táctica habitual de ir a por todas no iba a funcionar con una mujer así, y francamente, estaba cansado de hacer ese papel. Esta era su oportunidad, pero ¿cómo demonios la aprovechaba?

Soltó un suspiro y se pasó una mano por la cara. Su mente ya se adelantaba, hilvanando escenarios que no tenían nada que ver con el trabajo.

Concéntrate, tío. Primero los negocios.

A ver, ¿cómo podía pasar tiempo con ella? ¿Conocerla mejor?

¿Enseñarle la isla, quizás? Podría plantearlo como una cortesía profesional. «Como nueva gerente de The Majestic, deberías conocer el terreno». Sería un guía turístico fantástico. Conocía Cayo Hueso mejor que nadie.

Pero eso no bastaba. Necesitaba algo más que un simple paseo por Duval Street con ella. Necesitaba algo que la atrajera, que la hiciera querer quedarse cerca, no por su encanto ni por frases ensayadas, sino porque de verdad quisiera hacerlo.

¿Y si le pedía ayuda para redecorar sus cafeterías?

Resopló con desdén. Ni hablar. Las cafeterías eran perfectas, y el negocio iba viento en popa. Tocar cualquier cosa ahora era buscarse problemas.

No, tenía que despertar su interés, ofrecerle algo valioso mientras ganaba el tiempo que ansiaba pasar con ella.

Un claxon sonó detrás de él y lo devolvió al presente. El semáforo se había puesto verde, y él seguía ahí sentado como un idiota enamorado. Levantó una mano en señal de disculpa y pisó el acelerador para adentrarse en Old Town mientras sus pensamientos seguían dando vueltas.

¿Y si le hablaba de la maldición?

Rico torció el gesto. ¿Qué persona en su sano juicio admite que la han maldecido y que su virilidad ha quedado aniquilada?

¿Y que ella era su única oportunidad de romper la maldición, su única posibilidad de volver a encauzar su vida?

Sí, claro. Sonaba a chorrada total o a la premisa de una comedia romántica de saldo.

A menos que lo planteara de otra manera.

¿Y si le decía a Lilly que habían echado la maldición sobre el negocio, no sobre él? ¿Y si afirmaba que necesitaba su ayuda para encontrar a quien la había lanzado y así poder deshacer el daño?

Podría plantearlo como quien no quiere la cosa, a ver si picaba. Luego elaborarían un plan, solo ellos dos, para investigar. Podría presentarlo de modo que ella se sintiera esencial para resolver el caso. Como si solo ella tuviera lo necesario para ayudarlo.

Y lo más importante: la mantendría involucrada y a su alcance.

Una sonrisa asomó a sus labios mientras la adrenalina le recorría el cuerpo y las piezas encajaban.

Ahora solo necesitaba el enfoque adecuado, una manera de hacerla decir que sí. ¿Pero cuál?

* * *

Rico vació un saco de veinticinco kilos de granos de café en crudo en el tambor del tostador y tiró la bolsa de arpillera a un lado. Llamó con un gesto a su jefe de tueste cuando el hombre entró sin prisa en el almacén.

—Este está listo, Marco —dijo, señalando con la cabeza el portapapeles de la pared—. Es el siguiente lote de Havana Breeze.

—¡Entendido! —Marco cerró el tostador y ajustó los controles—. Por cierto, Marjorie está en recepción. Ha dejado nuestro pedido de suministros y necesita tu firma.

—Gracias. —Rico se secó la frente y exhaló.

Después de las entregas de la mañana, se había volcado en el trabajo físico de clasificar granos, cargar sacos y tostar lotes.

Cualquier cosa con tal de mantener las manos ocupadas mientras su mente no paraba de dar vueltas alrededor de una sola cosa: Lilly.

Tenía un plan aproximado. Mencionar la maldición como quien no quiere la cosa, como si no fuera gran cosa. Con suerte, ella picaría el anzuelo y se ofrecería a ayudar.

Cómo sacarlo a relucir, eso aún no lo tenía claro.

¿Y si ella picaba el anzuelo? No tenía ni idea de qué vendría después. Pero su instinto le decía que el siguiente paso se presentaría solo cuando llegara el momento. Tenía que ser así.

Una bocanada de aire fresco lo recibió al entrar en el vestíbulo de su edificio. Efectivamente, Marjorie Dresden estaba en el mostrador de recepción, contemplando una gran fotografía aérea enmarcada de Cayo Hueso.

Su familia dirigía uno de los negocios de suministros más grandes de los Cayos, y entrar en su lista de proveedores había sido un gran logro.

Casi lo había echado todo a perder el año pasado con una metedura de pata monumental: un lío de una noche con Marjorie, regado con mojitos, que ambos lamentaron de inmediato.

Acostarse con una proveedora era mala idea. Por suerte, Marjorie no lo había convertido en un problema. Se lo había tomado a risa y había dejado claro que no le interesaba nada serio. Crisis evitada. Pero aun así, no se permitía olvidar que había estado al borde del desastre.

—Hola, Marjorie. Marco me dijo que tienes algo para firmar.

Ella dio un salto, tirando una taza de café vacía del escritorio.

—¡Oh, no! —exclamó, agachándose a recoger los pedazos—. ¡Lo siento mucho! Me has asustado.

—No pretendía pillarte desprevenida —dijo él, agachándose a su lado para ayudarla—. No pasa nada. Tenemos tazas de sobra.

Tiró los fragmentos a la basura y se puso de pie.

—¿Cómo está tu familia? ¿El negocio sigue en auge?

—Sí —dijo ella, recuperando el aliento—. Está que arde, la verdad. Apenas damos abasto.

Le entregó el portapapeles.

—Aquí está tu factura. Solo firma en la X.

Rico revisó la lista de suministros. Camisetas, tazas, vasos, tapas, pajitas, bolsas de papel... la lista continuaba. Dirigir un lugar como este requería una montaña de inventario.

—Todo en orden —dijo, firmando al final. Le devolvió el portapapeles—. Te agradezco la entrega extra. Esas tazas y camisetas vuelan. No hay manera de tenerlas en stock.

Marjorie sonrió, con las mejillas sonrosadas.

—No hay de qué. De todos modos tenía varias entregas que hacer.

Hizo una pausa y se enrolló un mechón de pelo rubio decolorado en el dedo.

—Oye, Rico...

Marco irrumpió.

—¡Jefe!

Rico se giró al instante.

—Sí, Marco. ¿Qué pasa? —preguntó.

Marco levantó un trozo de papel.

—No es nada urgente. Los chicos están muertos de hambre, así que iba a hacer un pedido a la cafetería. ¿Quieres algo?

—Justo a tiempo, ya me apetece comer. Yo me encargo.

Rico agarró la lista. Luego, girándose hacia Marjorie:

—Gracias de nuevo. Saluda a tu padre de mi parte.

Afuera, tomó el camino de piedra que serpenteaba por el patio. Hacía calor para finales de septiembre en Cayo Hueso, pero la espesa vegetación entre los edificios ofrecía algo de alivio. La sombra cubría el sendero, salpicado de estallidos de color de las enredaderas en flor.

Cuando compró los tres edificios años atrás, esto era exactamente lo que había imaginado: un centro de tostado, una cocina y una cafetería en el corazón de todo, rodeado de vegetación y lleno de vida.

Era curioso cómo algo imaginado podía hacerse realidad. ¿Y este lugar? Era mucho más que un simple negocio. Era su hogar, más que su casa en Simonton o incluso la casa de su madre al otro lado de la isla.