Para siempre Capítulo 12
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Capítulo 12

E l viento había empezado a soplar poco después del mediodía.

Al principio apenas había sido una brisa que agitaba la hierba de los páramos, pero ahora tiraba de Kate y levantaba mechones de su cabello mientras observaba a Fergus colocar las últimas piedras alrededor del círculo.

A lo lejos, las nubes comenzaban a acumularse sobre las montañas. Kate levantó el rostro y respiró profundamente.

Olía a lluvia.

La certeza la recorrió antes incluso de que pudiera ordenar sus pensamientos. Había una tormenta en camino. Una tormenta como la de aquella noche.

Hasta ese momento, todo cuanto habían preparado no había dejado de ser una teoría.

Fergus conocía la magia del lugar, Lachlan había estudiado con él las circunstancias de su llegada y ambos creían que Litha, cuando la frontera entre ambos mundos sería más débil, les ofrecería la mejor oportunidad de devolverla a su época.

Pero nadie podía asegurar que funcionaría.

La tormenta cambiaba las cosas.

Kate recordó el viento azotándole el rostro mientras avanzaba por los páramos, la lluvia, los relámpagos y aquella extraña niebla que había aparecido de la nada poco antes de que todo su mundo desapareciera.

Ahora volvía a sentir el viento sobre la piel y el mismo olor a lluvia llenándole los pulmones.

Miró a su alrededor. Estaba en el lugar adecuado. Había llegado el día que llevaban semanas esperando. Fergus y Lachlan habían reproducido cuanto estaba en sus manos y, sobre las montañas, las nubes oscuras parecían traerles la última pieza que les faltaba.

Por primera vez desde que empezaran a hablar de Litha, Kate no tuvo la sensación de estar aferrándose a una posibilidad.

Todo parecía estar encajando en su sitio y, quizá, aquella noche pudiera regresar realmente a casa.

—Se acerca una tormenta —dijo Kate, incapaz de ocultar la esperanza que se había colado en su voz.

Fergus alzó la vista hacia el cielo y observó durante unos instantes las nubes que avanzaban sobre las montañas.

—Eso parece.

—¿Es bueno? —preguntó, aunque la creciente emoción hizo que las palabras salieran más deprisa de lo que pretendía.

El anciano bajó la mirada hacia ella y sonrió, como si comprendiera perfectamente lo que aquella tormenta significaba para Kate.

—Digamos que no podríamos haber pedido una noche mejor para intentarlo.

Kate sintió que el corazón le daba un vuelco. Fergus no le estaba prometiendo que funcionaría, pero era la primera vez que lo veía tan satisfecho con las condiciones que tenían ante ellos.

Kate volvió la mirada hacia Lachlan. Estaba a varios metros de ellos, comprobando por tercera vez algunas de las cosas que habían llevado hasta allí. Desde que salieran del castillo apenas había hablado.

—Hasta ahora creía que todo esto era una especulación —señal´´o ella.

—Lo era —respondió Fergus.

Kate arqueó las cejas.

—Eso resulta muy tranquilizador.

—He dicho que lo era.

Una ráfaga más fuerte barrió el páramo y Kate tuvo que sujetarse el cabello para apartárselo del rostro. El aire había cambiado. Era más frío y traía consigo el olor húmedo de una lluvia que todavía no había empezado a caer.

Fergus miró hacia las nubes.

—Hay lugares donde la separación entre un mundo y otro es más débil. Hay momentos en que lo es todavía más. Esta noche tendremos ambas cosas.

Kate recorrió con la mirada el círculo, las piedras, los símbolos que Fergus y Lachlan habían trazado y todo aquello que durante los últimos días había visto preparar sin saber si serviría realmente para algo.

Un escalofrío la recorrió y esta vez no tuvo nada que ver con el frío.

Quizá funcionaría de verdad.

—Caitlin.

Se volvió al escuchar la voz de Lachlan.

Se acercaba hacia ella con el plaid agitado por el viento y una expresión demasiado seria en el rostro.

—¿Qué ocurre?

—Tenemos que esperar. Fergus dice que todavía tendremos que esperar.

Kate miró hacia el cielo. Las nubes seguían avanzando y, por primera vez, la espera le pareció insoportablemente larga.

—Entonces tenemos unas cuantas horas.

—Sí.

Lachlan no añadió nada más. Se quedó frente a ella, mirándola, mientras el viento arremolinaba la hierba a su alrededor.

Una nueva ráfaga lanzó el cabello de Kate contra su rostro y él levantó una mano para apartar un mechón que se había pegado a sus labios.

Sus dedos rozaron su mejilla y permanecieron allí un instante antes de retirarse.

Kate reconoció en sus ojos la misma expresión que había sorprendido aquella mañana. Esa tristeza que intentaba ocultar cada vez que la miraba y que ahora, con la posibilidad de que el ritual funcionara más cerca que nunca, resultaba mucho más difícil de disimular.

—¿Sigues queriendo hacerlo? —preguntó Lachlan finalmente, con la voz más grave de lo habitual.

Kate lo miró. Aquella pregunta era diferente a todas las que le había hecho hasta entonces. Ya no estaban hablando de una posibilidad lejana.

Volvió la vista hacia el círculo de piedras y después hacia la tormenta que se acercaba. En unas horas podía estar de nuevo en su mundo. Con sus padres, sus amigos, su vida.

Respiró hondo antes de responder.

—Sí.

Cuando volvió a mirar a Lachlan, él sonreía.

Pero sus ojos no.

Un trueno quebró el silencio y el estruendo fue tan violento que Kate dio un respingo. Lachlan se volvió hacia las montañas y Fergus se quedó inmóvil junto al círculo.

Durante unos segundos ninguno de los tres dijo nada.

Kate miró hacia el cielo. Las nubes que poco antes se acumulaban en la distancia parecían haber avanzado de golpe sobre ellos.

—Eso ha sonado muy cerca —murmuró.

Fergus reaccionó primero. Se agachó junto a una de las piedras, comprobó los símbolos que había trazado y recorrió rápidamente el círculo, revisando cuanto habían preparado.

Kate buscó la mirada de Lachlan.

Él ya la estaba mirando.

Otro trueno retumbó sobre las montañas, todavía más fuerte que el anterior, y una ráfaga de viento barrió el lugar con tal violencia que Kate estuvo a punto de caer al suelo.

—Fergus —llamó Lachlan sin apartar los ojos de ella.

—Lo sé.

El anciano se movía ahora con una urgencia que no había mostrado hasta entonces.

Kate sintió que el corazón empezaba a latirle con fuerza. No iban a tener aquellas horas.

La certeza llegó de golpe y, con ella, todo lo que hasta ese instante había conseguido mantener bajo control.

Dio un paso hacia Lachlan.

—Todavía no estoy preparada...

Él cruzó la distancia que los separaba.

—Caitlin...

—Pensaba que tendría unas horas. —Kate negó con la cabeza y le aferró el plaid entre los dedos—. Creía que tendría tiempo para...

Se interrumpió, pero Lachlan no estaba dispuesto a esperar. Acortó aún más la distancia entre ellos y cubrió sus manos con las suyas.

—¿Para qué?

Kate levantó los ojos hacia él, pero no encontró una respuesta. Ni siquiera sabía qué esperaba hacer con aquellas horas.

Solo sabía que, de repente, no quería perderlas.

Sus manos continuaban unidas cuando un trueno estalló sobre ellos.

Esta vez no llegó desde las montañas.

El estruendo pareció producirse justo encima de sus cabezas y, en el mismo instante, algo eléctrico recorrió las manos de Kate. La descarga ascendió por sus brazos y la obligó a soltarse de Lachlan con un grito ahogado.

Él retrocedió también, mirándose la mano antes de clavar los ojos en ella.

—¿Lo has sentido?

Kate asintió. Todavía tenía los dedos entumecidos.

—¿Qué ha sido eso?

—¡MacLaren!

La voz de Fergus impidió que Lachlan respondiera. Los dos se volvieron hacia el anciano, que permanecía junto al círculo y le hacía señas para que se acercara.

Lachlan vaciló. Miró a Fergus y después a Kate, como si se negara a marcharse dejando todas aquellas preguntas sin respuesta.

—Ve —dijo ella.

Él apretó la mandíbula, pero antes de que pudiera hacer o decir nada, otro trueno rugió sobre el páramo.

Fue entonces cuando Lachlan comprendió que no había tiempo.

Ella se marcharía y mil cosas se quedarían sin decir, pero nada de eso importaba.

Lo único que debía importarle era lo que Kate quería, y ella quería regresar a su tiempo, a su casa.

Se reunió con Fergus y Kate levantó la mirada, ajena al remolino de preguntas, emociones y miedos que bullían en la mente de Lachlan.

La tormenta había seguido avanzando mientras ellos hablaban. Las nubes cubrían ya casi todo el cielo y el viento soplaba con una fuerza que hacía ondear violentamente su ropa. Una primera gota le golpeó la mejilla. Después otra.

No. Todavía no, pensó.

Kate cerró los ojos durante un instante.

Unos minutos más . Eso era todo lo que pedía. Unos pocos minutos para hablar con Lachlan. Para decirle... ¿Qué? ¿Qué iba a decirle?

¿Que lo echaría de menos? Aquellas palabras se quedaban demasiado pequeñas para todo lo que sentía.

¿Que después de conocerlo su vida ya no sería la misma? Ni siquiera sabía cómo sería su vida cuando regresara. Cómo volvería a Seattle, a su casa, a Cameron Whiskey, y fingiría que aquellos meses no la habían cambiado.

¿Que ojalá todo hubiera sido diferente?

Quizá. Pero, sobre todo, quería decirle que no se arrepentía.

No se arrepentía de aquella tormenta que la había arrancado de su mundo.

Ni de haber despertado en un tiempo que no le pertenecía.

Ni de las discusiones, las risas, los descubrimientos o las noches junto a él.

No se arrepentía de haber conocido a Lachlan MacLaren ni de todo lo que había vivido desde que el destino, la magia o lo que demonios hubiera sido la había llevado hasta 1790.

El viento rugió a su alrededor y Kate abrió los ojos.

Buscó a Lachlan.

Él estaba junto a Fergus, pero ya no prestaba atención a lo que el anciano le decía. La estaba mirando a ella, fijamente.

Kate se quedó inmóvil. No necesitó decir nada, porque en los ojos de Lachlan encontró todas las palabras que no había sido capaz de pronunciar.

Él también la echaría de menos. Sabía que nada volvería a ser igual, habría deseado que todo fuera diferente y, al igual que ella, tampoco se arrepentía.

—Caitlin.

Kate apartó los ojos de Lachlan y miró a Fergus.