Capítulo 11
L os diez días habían pasado demasiado deprisa.
Que llegara aquel día.
Durante semanas había contado cuánto faltaba para Litha como si cada jornada que quedaba atrás la acercara un poco más a su verdadera vida.
A sus padres. A sus amigos. A su casa. A Cameron Whiskey.
A un mundo con electricidad, agua caliente, teléfonos móviles, aviones y todas aquellas cosas que jamás había imaginado que pudiera echar tanto de menos.
Y ahora había llegado el momento.
Aquella noche intentarían devolverla a su vida. Al 2026.
Debería estar impaciente. En cambio, mientras contemplaba el paisaje que se extendía más allá de la ventana, lo único que podía pensar era que no estaba preparada para despedirse de él.
No solo de Lachlan, sino de todo aquello.
En algún momento de las últimas semanas, el castillo había dejado de parecerle un lugar extraño.
Se había acostumbrado al sonido de las voces y los pasos en los pasillos, al olor de la leña ardiendo incluso en las noches de verano, a las comidas interminables y a las miradas divertidas que provocaban algunas de sus expresiones.
Incluso había dejado de protestar cada vez que la señora Campbel aparecía con un nuevo vestido que consideraba mucho más apropiado que cualquier cosa que Kate hubiera elegido por sí misma.
—Algún día conseguirá que admita que está más guapa con uno de mis vestidos que con esos pantalones —le había asegurado el ama de llaves la mañana anterior mientras le ajustaba una manga.
—No contenga la respiración esperando ese milagro.
La señora Campbel había resoplado, aunque la sonrisa que intentaba ocultar había echado a perder por completo el gesto de desaprobación.
Kate sonrió al recordarlo.
Había empezado a conocer a las personas que vivían allí. Sus nombres, sus familias, sus preocupaciones. Ya no era la desconocida que había aparecido una tarde vestida con pantalones y hablando de cosas que nadie comprendía. Seguía siendo diferente, pero aquello había dejado de importarle.
Y también había dejado de sentirse inútil.
Eso quizá había sido lo más inesperado de todo.
Unos días atrás, mientras Lachlan revisaba las cuentas de las propiedades, Kate se había sentado a su lado por simple curiosidad. Una pregunta había llevado a otra hasta que terminó inclinada sobre uno de los libros, recorriendo varias columnas con el dedo.
—Esto no tiene sentido.
Lachlan levantó la vista.
—¿Qué cosa?
—Estáis produciendo más, pero los gastos aumentan casi en la misma proporción. —Kate volvió unas páginas atrás y comparó las cifras—. Mira esto. Y esto.
—Esto no tiene sentido.
Lachlan acercó la silla mientras Kate volvía unas páginas atrás para comparar las cifras.
—Estáis produciendo más, pero los gastos aumentan casi en la misma proporción. Mira esto. Y esto.
Durante las horas siguientes revisaron juntos registros de cosechas, gastos, arrendamientos y producción, y poco a poco Kate empezó a contemplar el castillo y las tierras de los MacLaren como contemplaría una empresa.
Porque, en realidad, eso eran.
Había recursos, trabajadores, costes, producción, excedentes, intercambios y decisiones que podían significar la diferencia entre prosperar o limitarse a sobrevivir de un año para otro. Y Kate conocía aquel lenguaje mucho mejor de lo que había imaginado.
—Si Cameron Whiskey fuera mío y viera estas cuentas, empezaría por aquí —le había explicado al día siguiente, señalando sus anotaciones.
—¿Por qué?
Kate se lo explicó.
Lachlan escuchó hasta el final sin interrumpirla y después empezó a hacer preguntas.
Algunas la obligaron a replantearse sus propuestas.
Otras hicieron que ambos regresaran a los libros en busca de más información.
Cuando Kate sugirió algo que requería medios que sencillamente no existían en 1790, Lachlan se lo señaló y ella buscó otra manera de conseguir un resultado parecido con los recursos disponibles.
Lo que había comenzado como una conversación terminó convirtiéndose en un proyecto.
Por primera vez, todos aquellos años de preparación para ocupar algún día un puesto de responsabilidad en Cameron Whiskey habían dejado de parecerle una obligación impuesta por las circunstancias.
Su formación, unida a sus conocimientos de historia, le permitía comprender lo que tenía delante y, sobre todo, imaginar cómo mejorarlo sin recurrir a nada que no pudiera existir en aquella época.
Y Lachlan confiaba en ella.
No la escuchaba con indulgencia ni porque fuera una mujer llegada del futuro que decía conocer formas mejores de hacer las cosas.
Discutía sus propuestas, cuestionaba algunas, aceptaba otras y llamaba a las personas encargadas de administrar diferentes partes de sus propiedades para comprobar si podían llevarlas a la práctica.
La tarde anterior, Kate había dejado caer la pluma después de varias horas trabajando.
—Creo que ya está.
Lachlan observó las hojas extendidas sobre la mesa.
—¿Eso es todo?
—¿Todo? Llevo tres días intentando poner orden en tus tierras.
—Y yo que pensaba que te estabas divirtiendo.
—Me estoy divirtiendo.
Las palabras habían salido antes de que pudiera detenerlas. Lachlan la miró y Kate se encogió de hombros.
—De acuerdo. Quizá demasiado.
—Entonces tendré que buscarte más trabajo.
—No te acostumbres. Dentro de dos días tendrás que arreglártelas sin mí.
La sonrisa de Lachlan desapareció y algo se rompió entre ellos. Algo que ninguno de los dos habría sabido nombrar, pero de una fragilidad tan sutil que apenas tardó unos segundos en desvanecerse.
—Pondré en práctica tus propuestas. Te lo prometo, muchacha.
Kate acarició distraídamente el borde de una de las hojas, pensando en lo diferente que sería todo aquello en su mundo.
Y, sin embargo, le entusiasmaba la posibilidad de hacer algo tan innovador en aquel tiempo.
Algo que surgiera del trabajo duro, de horas discutiendo posibilidades, de buscar la mejor manera de llevarlo a cabo y, tras meses viéndolo crecer, tener por fin ante ti el resultado.
En su mundo no era así. Allí veía estadísticas, formularios y datos, pero rara vez el resultado de todo aquello o el rostro de la persona a la que, con tu trabajo, habías conseguido cambiarle la vida.
Kate suspiró mientras contemplaba las anotaciones.
—Me gustaría saber si funcionan.
—Yo también desearía que pudieras verlo.
El recuerdo se desvaneció y Kate volvió a encontrarse frente a la ventana, contemplando las tierras que se extendían bajo la luz del amanecer. Era cierto que le gustaría ver los resultados, pero eso no significaba que hubiera dejado de querer regresar.
Su vida seguía estando en 2026. Echaba de menos a sus padres, a sus amigos, su casa y todas esas pequeñas cosas cotidianas que antes apenas valoraba. Incluso Cameron Whiskey, con todas las dudas que siempre le había provocado su futuro dentro de la empresa, formaba parte de quien era.
Nada de eso había cambiado.
Lo que sí había cambiado era que ahora marcharse también significaba dejar cosas atrás.
Llamaron a la puerta.
—Adelante. —Dijo Kate.
La señora Campbel entró con una bandeja y la dejó sobre la mesa.
—He pensado que sería mejor que desayunara aquí.
Kate miró el pan, los huevos y la taza humeante.
—¿Por qué?
—Porque si baja al comedor, acabará hablando con todo el mundo y no comerá nada.
—Eso no es verdad.
La señora Campbel le dirigió una mirada que decía claramente que no pensaba discutirlo.
Kate sonrió.
—De acuerdo. Quizá un poco.
—Además, el laird ha pedido que esté preparada dentro de una hora.
La sonrisa desapareció de sus labios.
—¿Tan pronto?
—Fergus ha llegado al amanecer. Están preparando todo lo necesario para esta noche.
Kate se volvió hacia la ventana. Así que ya había empezado.
—Entonces será mejor que coma.
La señora Campbel permaneció inmóvil y Kate la miró, expectante
—¿Qué ocurre?
—Nada. —El ama de llaves alisó innecesariamente el paño de la bandeja—. Solo estaba pensando que este castillo estará demasiado tranquilo cuando se marche.
Kate sintió una presión inesperada en el pecho.
—Creía que estaría deseando librarse de mis pantalones.
—De sus pantalones, sí. De usted, no.
Kate soltó una risa, pero se apagó al ver que la señora Campbel no la acompañaba. La mujer continuaba allí, mirándola con un cariño que hizo que la garganta se le cerrara.
—Voy a echarla de menos, señora Campbel.
—Y yo a usted, señorita Cameron.
La sencillez de la respuesta acabó con cualquier intento de Kate por restarle importancia al momento.
Se levantó y, antes de pensarlo demasiado, rodeó con los brazos al ama de llaves, que se quedó rígida por la sorpresa.
—¿Qué está haciendo?
—En el lugar de donde vengo, hacemos esto.
—Aquí también, muchacha.
Sus brazos la envolvieron con fuerza.
Kate cerró los ojos. Durante aquellas semanas, la señora Campbel la había vestido, alimentado, regañado y cuidado como si su aparición en el castillo fuera la cosa más natural del mundo. Hasta ese instante no había comprendido cuánto iba a echarla de menos.
Cuando se separaron, el ama de llaves tenía los ojos brillantes, aunque se apresuró a alisar las faldas de Kate como si aquello requiriera toda su atención.
—Bueno, ya está bien. Se le va a enfriar el desayuno.
Kate sonrió.
—Sí, señora Campbel.
La mujer llegó hasta la puerta, pero antes de salir se volvió.
—Espero que encuentre lo que busca cuando regrese a casa, señorita Cameron.
Kate tragó el nudo que tenía en la garganta.
—Yo también.
La señora Campbel asintió y salió, cerrando suavemente la puerta tras ella.
Kate permaneció unos segundos mirando la puerta cerrada y después se sentó ante la bandeja. No tenía hambre, pero sabía que le esperaba un duro día y que necesitaría todas sus fuerzas.
Apenas había empezado a comer cuando volvieron a llamar.
—Si ha venido a comprobar si estoy desayunando, lo estoy haciendo.
La puerta se abrió y la imponente presencia de Lachlan llenó todo el marco.
—Me alegra saberlo.
Kate levantó la mirada y encontró a Lachlan en el umbral, observándola con una leve sonrisa.
—Definitivamente, tú no eres la señora Campbel.
—Espero que eso no sea una decepción.
—Todavía no lo he decidido.
Lachlan sonrió y entró en la habitación.
—Fergus ha llegado.
—Ya me lo ha dicho la señora Campbel.
—Quiere ir al círculo antes del mediodía. Hay algunas cosas que debemos preparar antes de esta noche.
Kate dejó la taza sobre la mesa.
—Entonces vamos.
Lachlan no se movió. Permaneció en el umbral, contemplándola durante unos segundos con una intensidad que acabó por incomodarla.
—¿Qué pasa?
Él pareció salir de sus pensamientos.
—Nada.
Kate entrecerró los ojos.
—MacLaren.
Una leve sonrisa apareció en los labios de Lachlan, pero no llegó a reflejarse en sus ojos. Luego bajó la mirada durante un instante antes de volver a mirarla.
—Tenemos tiempo. Termina de desayunar.
Kate sostuvo su mirada. Había algo extraño en su expresión, pero Lachlan se volvió hacia la ventana antes de que pudiera descifrarlo.
—¿Estás nervioso? —preguntó Kate.
Lachlan sostuvo su mirada durante unos instantes antes de encogerse de hombros, restándole importancia.
—No soy yo quien va a atravesar el tiempo.
—Eso no responde a mi pregunta.
—No pretendía hacerlo.
Kate frunció el ceño. Había algo diferente en él aquella mañana. Sonreía, hablaba con ella con la misma naturalidad de siempre, pero sus ojos parecían empeñados en memorizar cada uno de sus gestos.
—Estás muy raro.
—Y tú haces demasiadas preguntas.
Lachlan se acercó a la mesa y, al pasar junto a ella, le acarició el cabello con los dedos. Fue un gesto breve, casi distraído, pero su mano se demoró un instante más de lo habitual antes de apartarse.
—Come, muchacha. Necesitarás fuerzas esta noche.
Kate lo observó mientras él se alejaba hacia la ventana.
—Cobarde.
Lachlan volvió el rostro hacia ella y esta vez consiguió sonreír.
—Impertinente.
Kate cogió un trozo de pan, aunque la inquietud que había conseguido olvidar volvió a instalarse en su estómago.
Aun así, siguió comiendo mientras hablaban de cosas sin importancia, fingiendo ambos que aquel era un día como cualquier otro.