Capítulo 11 #3
Ella asintió, más feliz de lo que recordaba haber estado en mucho tiempo.
—¿Puedes aguantar unos momentos más sin ropa?
—Claro. No tengo frío.
—Bien.
Lachlan la ayudó a incorporarse y Kate permaneció sentada sobre la manta, contemplando las ruinas mientras la realidad empezaba a abrirse paso entre la agradable languidez que le había dejado el sexo.
Dentro de diez días llegaría el solsticio.
El pensamiento no produjo el mismo alivio limpio que había sentido cuando Lachlan le habló de Litha.
Seguía siendo su mejor oportunidad para regresar a 2026, con sus padres, Cameron Whiskey, sus amigos, su casa y todo aquello que hasta hacía unas semanas había dado por sentado.
Pero ahora estaba tumbada desnuda junto a un hombre por el que sentía mucho más de lo que había querido reconocer, y la posibilidad de que el ritual funcionara tenía un precio que antes no había querido contemplar.
Lachlan se sentó a su lado.
—¿Te arrepientes?
Kate volvió la cabeza hacia él.
—No.
La respuesta surgió sin vacilación y la tranquilizó comprobar que era cierta. No se arrepentía de haber hecho el amor con Lachlan. Lo habría lamentado mucho más si hubiera regresado a su época sin saber cómo era estar con él.
—Pero estás pensando.
—Eso hago a veces.
Él sonrió y Kate apoyó la cabeza en su hombro.
—Lo de hoy no cambia lo que tenemos que intentar dentro de diez días —dijo ella.
Lachlan tardó unos segundos en responder.
—No.
—Si el solsticio puede devolverme a casa, tenemos que intentarlo.
—Sí.
Kate levantó la cabeza para mirarlo. No había reproche en su expresión ni un intento de convencerla de nada, y precisamente eso hizo que se le formara un nudo en el pecho.
Una parte de ella había esperado que algo cambiara después de lo que acababan de compartir. No sabía exactamente qué. Una palabra. Una razón para quedarse. Cualquier indicio de que para Lachlan aquello significaba algo más que el deseo que ya había reconocido sentir por ella.
Pero no llegó.
Y Kate no pudo evitar recordar otra vez aquella sencilla frase.
Más que a mi propia vida.
Así había amado a Elspeth.
—Podrías ponérmelo un poco más fácil y decirme que eres insoportable.
—Soy insoportable.
—No lo suficiente.
Lachlan soltó una risa y la atrajo contra él.
—Entonces tendré que esforzarme más durante los próximos diez días.
Kate sonrió, pero la inquietud permaneció.
Hasta aquella tarde había pensado en el solsticio únicamente como la oportunidad de recuperar todo lo que había perdido.
Seguía deseando que el ritual funcionara, pero por primera vez comprendía con absoluta claridad que regresar a su época también significaría perder algo.
A Lachlan.
Se vistieron cuando el aire empezó a enfriarse. Kate acababa de abrocharse los pantalones cuando recordó algo que, entre besos, orgasmos y conversaciones sobre el futuro, había quedado relegado a un rincón de su mente.
—Elspeth.
Lachlan, que estaba ajustándose el plaid, se volvió hacia ella.
—¿Qué ocurre con ella?
—Lo que hablamos antes. Mis sueños. Si realmente es ella y tuvo algo que ver con mi llegada, necesitamos averiguar qué quiere.
La expresión de Lachlan se volvió seria.
—Lo haremos.
—¿Cómo?
—Hablaré con Fergus. Y hay otros a quienes podemos consultar. Si Elspeth está intentando comunicarse contigo, quizá exista una forma de comprender por qué.
Kate asintió. Una parte de ella deseaba obtener una respuesta cuanto antes; otra temía descubrirla. Que Elspeth hubiera aparecido en sus sueños desde la primera noche no podía ser una coincidencia, pero Kate se negaba a aceptar que aquello significara que su vida estuviera decidida de antemano.
Fuera lo que fuese lo que la había llevado hasta 1790, seguía siendo su vida.
Y la decisión final tendría que tomarla ella.
Lachlan se acercó y le tendió una mano.
—¿Volvemos?
Kate entrelazó los dedos con los suyos.
—Sí.
Se dirigieron hacia los caballos mientras las primeras sombras del atardecer descendían sobre las Highlands. Había empezado a chispear y Kate levantó el rostro para sentir las gotas frías sobre la piel.
Regresaron al castillo al atardecer de aquel largo día de verano, llevando los caballos de las riendas por el camino rocoso.
Había empezado a chispear, pero a Kate no le importaba lo más mínimo.
Escocia era preciosa. Las Highlands eran mágicas y, durante las últimas semanas, había empezado incluso a sentirse cómoda en un mundo que al principio le había parecido imposible.
Pero todavía no era su hogar.
Sus padres, sus amigos, Cameron Whiskey, su vida entera seguían esperándola más de dos siglos en el futuro. Dentro de diez días intentarían devolverla allí, y Kate seguía deseando que lo consiguieran.
Lachlan apretó suavemente su mano mientras caminaban y ella volvió el rostro hacia él. Entonces comprendió que el verdadero problema nunca había sido Escocia ni las Highlands, ni siquiera 1790.
Era Lachlan.
Porque, estuviera donde estuviera su hogar, lo que sentía por aquel hombre ya pertenecía a su vida.
Y lo haría para siempre.