Para siempre Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

Se desvió un momento hacia su caballo para aflojar la cincha y quitarle la silla y la manta.

Después, tendiéndole una mano, la condujo hasta un nicho entre las ruinas de piedra.

Una lámpara de aceite colocada en una pequeña repisa se encendió de repente cuando él la miró, y Lachlan extendió la manta en el suelo.

Una parte de ella quería preguntarle cómo había conseguido encender la lámpara con solo mirarla, pero Kate tenía asuntos más urgentes, como el orgasmo que bullía justo bajo la superficie. Estaba tan cerca que bastaría un pequeño roce. Él se inclinó para besarla de nuevo.

Esta vez sus labios eran firmes y exigentes, llenos de una pasión a la altura de la suya.

Lachlan forcejeó con los cierres de sus pantalones.

Ella guio sus manos, se quitó las botas de una patada y después se deshizo de los pantalones y las bragas.

Nunca había estado tan húmeda; casi se sintió avergonzada cuando él deslizó los dedos entre sus piernas.

Él trazó círculos con los dedos alrededor de su clítoris antes de introducirlos en ella. Un gemido grave escapó de sus labios y murmuró algo en gaélico.

Kate quería agarrarle la mano y frotarse contra sus dedos hasta correrse. Antes de que pudiera hacerlo, él se los llevó a los labios y saboreó la humedad que los cubría. Sus ojos brillaban con un deseo intenso cuando la miró.

—Sí, las faldas son un poquito más fáciles, muchacha. Solo hay que levantarlas y apartarlas del camino.

Ella captó la indirecta. Sus manos se deslizaron bajo el plaid y se cerraron alrededor de su pene completamente erecto.

Era enorme… y estaba tan preparado como ella.

Deslizó los dedos alrededor de la cabeza aterciopelada, deseando tumbarse para poder sentirlo dentro de ella. Él cerró una mano sobre la suya.

—Tómatelo con calma. No quiero correrme demasiado pronto. Hace mucho que no estoy con una mujer.

Hizo algo con su plaid y, con un único movimiento, se desenredó de él y lo dejó caer sobre la manta.

Su cuerpo era magnífico. Ella no podía dejar de mirarlo; se le cortó la respiración.

Era como contemplar a uno de los dioses.

El cabello sedoso le caía casi hasta la cintura en una brillante cascada oscura.

Brazos y piernas musculosos enmarcaban un torso digno de Adonis.

Un ligero vello oscuro rodeaba sus pezones cobrizos, y su pene se alzaba orgulloso entre una maraña de vello negro.

Ella volvió a intentar tocarlo, pero él le apartó las manos.

En su lugar, la levantó como si no pesara nada y la tendió sobre la cama improvisada.

Se acomodó a su lado y apoyó la cabeza en una mano mientras cubría de besos su rostro y su cuello. El calor de su boca la hizo gemir.

—Me gustan las mujeres apasionadas, muchacha.

Tan excitada que apenas podía hablar, Kate se tumbó boca arriba y abrió las piernas. Sin decir palabra, extendió los brazos hacia él y arqueó la espalda expectante. Lachlan se colocó sobre ella y la punta de su polla presionó contra su entrada.

—Sí —gritó ella, demasiado dominada por la lujuria como para avergonzarse de su deseo—. Por el amor de Dios, fóllame.

Él se hundió en ella y Kate le arañó la espalda con las uñas mientras intentaba acercarlo aún más.

Lachlan dejó de moverse cuando estuvo completamente dentro.

Sosteniendo el peso del torso sobre los brazos extendidos, la miró.

Ella sostuvo aquella increíble mirada verde, envolvió las piernas alrededor de él y le agarró las caderas.

Movió el cuerpo contra el suyo, haciendo que su clítoris rozara la base del pene, y no tardó en sentir cómo el orgasmo la sacudía.

Todo su cuerpo se estremeció con espasmos mientras se corría.

Lo sintió hasta en los dedos de las manos y de los pies, incluso en la lengua.

Pequeños gemidos animales escaparon de su boca.

Nunca antes se había corrido así. Le costaba respirar.

Su coño se humedeció aún más mientras se contraía alrededor de él, y el líquido le resbaló por los muslos.

—Preciosa. Eres una auténtica belleza —susurró él, inclinando la cabeza para besarle los párpados, los labios y el cuello—. Deberías verte, toda sonrosada y jadeando. Ahora quédate quieta y confía en mí. ¿Puedes hacerlo? Te llevaré aún más alto.

Como no podía hablar, se limitó a asentir, tratando de llenar los pulmones de aire. Lachlan dijo entonces algo en otra lengua. Cerró la boca sobre la de ella y la besó profundamente, explorándola con la lengua.

Aunque no creía que fuera posible, Kate sintió que la excitación volvía a crecer.

Nunca antes le había importado demasiado correrse más de una vez, pero entre la lengua de Lachlan en su boca y el pequeño movimiento circular que hacía con el pene, el calor volvió a arder entre sus piernas.

Sus pezones parecían carbones encendidos contra el pecho de él.

Lachlan se retiró muy lentamente, dejando que la punta de su miembro rozara su entrada.

Luego volvió a hundirse en ella con la misma lentitud.

Kate entrelazó las piernas alrededor de sus caderas, balanceándose al compás de aquel ritmo lento e inexorable.

Su espalda se arqueó como un arco. Él gimió contra su boca, y el fuego de sus pechos se extendió hasta cada terminación nerviosa.

Se habría corrido de nuevo si tan solo él se moviera más rápido.

Como si pudiera leerle el pensamiento, Lachlan cambió de ritmo.

La pausa al final de cada embestida se hizo cada vez más breve.

Ella sintió cómo él se hinchaba dentro de ella, alcanzando lugares a los que ningún hombre había llegado jamás.

Kate acompañó cada embestida con sus caderas, completamente abierta para él, deseando sentirlo hasta lo más profundo de su ser.

Él deslizó las manos por debajo de ella y le agarró las nalgas. Sabía exactamente cuál era el ángulo adecuado, porque, cuando la atrajo hacia sí, ella alcanzó el clímax. En algún momento, en medio de su orgasmo, sintió cómo él se corría dentro de ella.

—No pares —se oyó gritar mientras sus caderas se tensaban contra él—. Nunca, nunca pares.

—No te preocupes, muchacha —jadeó él, sonriéndole desde arriba—. No tengo intención de hacerlo todavía.

Los hizo rodar hacia un lado y la acunó contra su cuerpo mientras le cantaba en un gaélico melodioso.

Debió de quedarse dormida en sus brazos, porque cuando abrió los ojos las sombras los rodeaban.

—Estás despierta, amor mío. ¿Has descansado bien en mis brazos?