Capítulo 11
K ate no supo cuál de los dos se movió primero.
Un instante estaba frente a Lachlan, intentando asimilar que aquel hombre llevaba dos semanas deseándola tanto como ella a él, y al siguiente sus labios estaban sobre los suyos.
Esta vez no hubo sorpresa ni dudas. Kate le rodeó el cuello con los brazos y respondió al beso con toda la frustración acumulada durante aquellos días. Lachlan la estrechó contra su cuerpo y ella sintió inmediatamente su erección contra el vientre.
Lo deseaba. No había ninguna duda al respecto.
Lachlan le recorrió la espalda con las manos y le agarró el trasero para atraerla aún más contra sí. Sus labios abandonaron los de ella y descendieron por un lado de su cuello, dejando un rastro de calor sobre la piel. Kate cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás para darle más acceso.
Durante unos instantes resultó demasiado fácil olvidar el solsticio, 1790 y todo cuanto los separaba. Y precisamente por eso se apartó.
—Espera.
Lachlan se quedó inmóvil, aunque su respiración era tan agitada como la de ella.
Kate necesitó unos segundos para recuperar el aliento.
—Por mucho que desee esto, no quiero tomar una decisión sobre el resto de mi vida porque ahora mismo tenga ganas de arrancarte la ropa.
Lachlan no intentó acercarse de nuevo.
—Entonces no decidas nada.
Kate frunció el ceño.
—¿Así de fácil?
—No he dicho que sea fácil. —La mirada de Lachlan descendió un instante hacia su boca antes de regresar a sus ojos—. He dicho que no tienes que decidirlo ahora.
Kate soltó lentamente el aire. Eso era precisamente lo que necesitaba escuchar, aunque no solucionara el deseo que todavía le recorría el cuerpo.
—Hay algo que sí tengo que decidir. No puedo pasarme los próximos diez días paseando por tu castillo mientras tú y Fergus intentáis encontrar la forma de devolverme a casa.
—¿Qué quieres hacer?
—Eso es lo que llevo intentando averiguar. En mi época tenía una vida, Lachlan. Una bastante distinta de esta.
—Cuéntame.
Kate bajó la mirada. La pregunta parecía sencilla, pero no lo era.
—Mi familia tiene una empresa. Cameron Whiskey.
—¿Whiskey?
—Sí. Y antes de que preguntes, no, yo no lo destilaba personalmente.
Una leve sonrisa apareció en los labios de Lachlan, pero Kate no consiguió corresponderle.
—Mi hermano mayor debía hacerse cargo de la empresa algún día. Cuando murió, todo cambió.
La expresión de Lachlan se ensombreció.
—Lo siento, muchacha.
—Yo también. —Kate guardó silencio unos instantes—.
Después quedé yo. Estudié historia antigua y lenguas porque era lo que realmente me gustaba, pero más tarde hice un máster en Administración de Empresas.
Mis padres querían que estuviera preparada para asumir más responsabilidades en Cameron Whiskey.
—¿Y tú no querías?
Kate soltó lentamente el aire.
—No sé si no quería o si llevaba demasiado tiempo evitando averiguarlo.
Aquella admisión le resultó más incómoda de lo que esperaba. Durante años había podido decirse que tenía tiempo de sobra para decidir qué hacer con su vida. Ahora daría cualquier cosa por recuperar precisamente ese tiempo.
—Tenía una vida, Lachlan. Mis padres, mis amigos, mi casa, mi trabajo… aunque no siempre supiera qué quería hacer con todo ello. —Lo miró—. No puedo fingir que nada de eso importa solo porque te haya conocido.
Lachlan sostuvo su mirada.
—Ni quiero que lo hagas.
La respuesta la sorprendió.
—¿No?
—Caitlin, llevo días buscando una forma de devolverte precisamente porque sé que tienes una vida allí. Que te desee no cambia eso.
Kate sintió una punzada en el pecho.
Que la deseara.
Lachlan nunca le había ocultado lo que había sentido por Elspeth. La había amado más que a su propia vida. Con Kate hablaba de deseo.
Y no tenía derecho a esperar nada más. Dentro de diez días quizá regresaría a su época y no volverían a verse jamás.
—No soy precisamente una gran pérdida para este siglo —bromeó, intentando aliviar la intensidad del momento—. Hasta ahora solo he conseguido desconcertar a tus sirvientes, vestirme de forma indecente y comerme tu comida.
Una media sonrisa apareció en los labios de Lachlan.
—También discutes conmigo, haces preguntas sobre todo y consigues que mi casa parezca demasiado silenciosa cuando no estás cerca.
Kate sintió que la sonrisa se le borraba lentamente.
—Eso ha sido terriblemente romántico para alguien que lleva dos semanas huyendo de mí.
—Nunca dije que huyera porque no te quisiera cerca.
Ella se quedó allí de pie, mirándolo fijamente.
Ahí estaba aquel hombre de una belleza perfecta diciéndole que la deseaba y, al mismo tiempo, haciendo cuanto estaba en su mano para devolverla a su propia época.
Kate había conocido a hombres que prometían cualquier cosa con tal de conseguir lo que querían de ella.
Lachlan parecía empeñado en hacer exactamente lo contrario.
Su eterno diálogo interior se desbocó. Quería besarlo otra vez.
Quería hacer bastante más que besarlo y, al mismo tiempo, la posibilidad de que dentro de diez días pudiera volver con sus padres, recuperar su casa y decidir por fin qué quería hacer con Cameron Whiskey seguía siendo tan importante como antes de que él la tocara.
—Esto sería mucho más fácil si fueras un poco más egoísta.
Lachlan enarcó una ceja.
—Puedo intentarlo, si eso ayuda.
Kate soltó una risa.
—No creo que se te dé bien.
—No estés tan segura, muchacha. Llevo dos semanas imaginando cosas bastante egoístas.
El tono de su voz hizo que el calor regresara inmediatamente al cuerpo de Kate.
Lo contempló a la luz del sol, que acababa de abrirse paso entre las nubes y bañaba su cabello oscuro en un resplandor dorado.
El plaid que le cubría el torso apenas disimulaba las marcadas líneas musculares que descendían hacia su abdomen plano.
Diez días.
Tenía diez días antes de saber si podría regresar a su época. Diez días en los que seguiría viviendo en aquel castillo, viendo a Lachlan durante las comidas y preguntándose qué habría sucedido si ninguno de los dos hubiera tenido miedo de complicar aún más las cosas.
Pero acostarse con él no tenía por qué ser una promesa de quedarse. Tampoco tenía por qué convertir lo que sentía por él en algo insignificante.
Kate respiró hondo.
—Si te besara otra vez, ¿volverías a salir huyendo?
La mirada de Lachlan descendió hacia sus labios.
—Dependería de lo que quisieras que hiciera después.
—Por una vez, MacLaren, creo que puedes averiguarlo tú solo.
Él se plantó a su lado tan rápido que ella apenas vio cómo recorría la corta distancia que los separaba. Esta vez, sin embargo, no la tocó de inmediato. Se quedó frente a ella, observándola.
—Caitlin, si empezamos de nuevo, no estoy seguro de querer detenerme.
Kate sintió el calor de su cuerpo a través de las pocas pulgadas que los separaban. Tuvo que contenerse para no acortar aquella distancia.
—Yo tampoco estoy segura de querer que lo hagas.
—Eso no responde a mi pregunta.
Kate levantó la mirada hacia él. La seriedad de sus ojos verdes acabó con cualquier tentación de responder con una broma.
—Quiero estar contigo, Lachlan. Ahora. Lo que ocurra dentro de diez días será una decisión distinta.
Él continuó mirándola durante unos segundos.
—¿Estás segura, muchacha?
—Sí.
La expresión de Lachlan cambió. El deseo ardía intenso e inconfundible en sus ojos, pero atemperado por una ternura que la conmovió más de lo que habría querido admitir.
—Entonces ven aquí.
La atrajo hacia sí y Kate abrió los brazos para recibirlo, alzando el rostro para besarlo.
Él posó los labios suavemente sobre los de ella, como si todavía le estuviera dando la oportunidad de cambiar de opinión.
Kate le puso una mano a cada lado de la cara y le mordió suavemente el labio inferior.
El calor que la había invadido antes volvió a arremolinarse en su interior con una fuerza que la tomó por sorpresa.
Cuando él deslizó la lengua en su boca, con sabor a miel y heno recién cortado, ella se entregó a él, deseando sentir su polla dentro de ella.
Lo había saboreado tantas veces en sus sueños. ¿Sería igual en la realidad? Sonrió para sus adentros, segura de que sería incluso mejor. La excitación le recorría todo el cuerpo. El deseo se concentraba en lo más profundo de sus entrañas.
Él le recorrió la espalda con las manos de arriba abajo antes de atraerla con fuerza contra sí. Atrapada entre sus cuerpos, su polla se sacudía y se contraía contra el vientre de Kate. Quería tocarlo, besarlo, lamerlo de arriba abajo hasta hacerlo gritar de placer.
O quizá sería mejor tirarlo al suelo sobre la hierba, apartarle el plaid y montarse encima de él.
Ya tendría tiempo de sobra para mirar y tocar más tarde.
En ese momento, lo deseaba dentro de ella con una desesperación que la sorprendió.
Kate, que no era ajena al sexo, lo había hecho prácticamente todo, pero en aquel instante comprendió que apenas había arañado la superficie de lo que significaba la verdadera intimidad.
Darse cuenta de ello la hizo sentirse inexplicablemente tímida. Se separó de él y se desabrochó la chaqueta.
—Eres una auténtica belleza, muchacha. Déjame a mí. —Él terminó de quitársela—. ¿No tendrás frío?
Kate sentía como si todo su cuerpo estuviera en llamas.
—No. —Tenía la boca seca y la lengua pastosa—. Date prisa.
—Pero, muchacha, tenemos todo el tiempo del mundo.
Su respiración acelerada desmentía sus palabras. Le quitó el jersey por la cabeza y contempló su sujetador, recorriendo con los dedos las copas de encaje.
—Es precioso, pero ¿cómo…?
Ella se lo desabrochó, encantada con su jadeo de placer cuando él le llenó las manos con sus pechos y se inclinó para llevarse un pezón a la boca.
Unas sensaciones increíbles la atravesaron y sintió las rodillas tan débiles que se preguntó si se le doblarían.
Buscó con la mirada algún lugar donde tumbarse en el suelo rocoso.
Como si le hubiera leído el pensamiento, él dejó de chuparle el pezón el tiempo suficiente para cogerla de la mano.
—Por aquí, muchacha.