Capítulo 10 #2
—Sí hay algo que no te he contado.
Kate esperó.
—Sé que has querido que me sentara contigo por las tardes. Y yo también lo he deseado. Aquel beso no fue un error para mí, Caitlin. He querido volver a besarte cada maldito día desde entonces.
La confesión la dejó inmóvil.
—Entonces, ¿por qué no lo hiciste?
Lachlan sostuvo su mirada.
—Porque estabas atrapada aquí y dependías de mí para encontrar la forma de regresar.
No quería que lo que existe entre nosotros influyera en una decisión que debía ser tuya.
Y ahora que quizá podamos devolverte a tu hogar dentro de diez días, me alegro de haber esperado, aunque no haya habido una sola noche en que no deseara hacer exactamente lo contrario.
Entonces sí la miró a los ojos. Lo que encontró en la profundidad de aquellos ojos verdes la conmocionó.
Todo lo que siempre había deseado estaba allí.
El deseo ardía intenso e inconfundible, pero atemperado por una ternura infinita.
Nunca antes había visto semejante intensidad en los ojos de ningún hombre.
Kate guardó silencio unos segundos, asimilando lo que acababa de decirle.
—¿Te has mantenido alejado de mí porque pensabas que podías influir en mi decisión?
—Sí.
La respuesta fue tan sencilla que la desarmó.
—Podrías habérmelo preguntado.
—Podría haberlo hecho —admitió—. Pero tampoco estaba seguro de ser capaz de aceptar la respuesta que quería darte.
Kate sostuvo su mirada y comprendió exactamente a qué respuesta se refería. El deseo seguía allí, tan evidente como aquella noche en los jardines, pero ahora sabía que había algo más detrás de su distancia.
Se apartó unos pasos. Necesitaba espacio para pensar, y la cercanía de Lachlan no contribuía precisamente a ordenar sus ideas.
Kate permaneció unos instantes en silencio. Había otra cosa que llevaba días rondándole la cabeza y que, después de todo lo que Lachlan acababa de contarle, ya no podía seguir guardándose.
—Hay algo más que debería decirte.
Él frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué cosa?
—He estado soñando con una mujer.
Lachlan se quedó inmóvil.
—¿Qué mujer?
—No lo sé con certeza. Es alta, pelirroja y tiene los ojos plateados.
El cambio en la expresión de Lachlan fue inmediato.
—Elspeth.
Kate sintió que se le encogía el estómago.
—Eso es lo que empezaba a sospechar.
—¿Desde cuándo la ves?
—La primera vez fue en el King’s Arms. Yo todavía no sabía cómo era tu esposa, así que no pude haberla imaginado a partir de lo que me habías contado.
Lachlan apartó la mirada durante unos segundos antes de volver a fijarla en ella.
—¿Te ha hablado?
—Muy poco. La primera vez dijo «Todavía no». Después ha seguido apareciendo, pero casi siempre se limita a observarme. La última noche se acercó y extendió una mano hacia mí, pero me desperté antes de poder alcanzarla.
Lachlan apartó la mirada. Kate le dio tiempo. Algo en su revelación lo había conmovido profundamente y, aunque se moría por saber qué estaba pensando, comprendió que no serviría de nada presionarlo.
Al cabo de unos instantes, él se sentó en una piedra plana y le indicó con un gesto que hiciera lo mismo.
—Elspeth no se aparecía en sueños sin un motivo.
Kate se sentó a su lado, dejando cierta distancia entre ambos.
—¿Quieres decir que realmente era ella?
—Si la viste antes de saber cómo era, no encuentro otra explicación.
—Eso no responde a qué quiere de mí.
—No.
Kate volvió la cabeza hacia él.
—¿Ni siquiera tienes una teoría?
Lachlan tardó en contestar.
—Tengo demasiadas y ninguna certeza. —Su mirada se perdió en los páramos—. Pero apareciste en un lugar donde la magia es poderosa y ahora descubro que mi esposa muerta lleva visitándote desde la primera noche. Sería un necio si creyera que ambas cosas no pueden estar relacionadas.
Un escalofrío recorrió a Kate.
—¿Crees que Elspeth tuvo algo que ver con que acabara aquí?
—Creo que es posible. No sé más que eso.
Kate asimiló aquellas palabras. La idea era absurda, pero también lo habían sido los viajes en el tiempo, los druidas y prácticamente todo cuanto había sucedido desde que puso un pie en los páramos.
—Entonces tendremos que averiguarlo.
Lachlan la miró.
—Sí, muchacha. Pero no permitiré que esa posibilidad cambie lo que hemos decidido. Dentro de diez días intentaremos devolverte a tu época. Si Elspeth tuvo algo que ver con tu llegada, tendremos que descubrir por qué, pero no voy a dar por sentado que eso significa que debas quedarte.
Kate permaneció en silencio unos instantes.
—Antes has dicho que aquel beso no fue un error.
Lachlan volvió la cabeza hacia ella.
—No lo fue.
—Y que llevas dos semanas queriendo repetirlo.
Una sonrisa apenas perceptible apareció en sus labios.
—También.
Kate sintió que parte de la tensión acumulada durante aquellos días se deshacía.
—Entonces no me lo había imaginado.
—¿Imaginar qué?
—Que me deseas.
La sonrisa desapareció de su rostro, sustituida por algo mucho más intenso.
—No, Caitlin. Eso no te lo has imaginado.
El deseo volvió a instalarse entre ellos, pero esta vez Kate no necesitó interpretar miradas ni preguntarse si había entendido mal aquel beso en los jardines. Lachlan la deseaba. Eso estaba claro.
Y por el momento era suficiente.
O al menos debería serlo.
—Bien —murmuró.
Lachlan arqueó una ceja.
—¿Bien?
—Llevaba dos semanas preguntándome si había hecho algo para que salieras huyendo.
Él soltó una breve risa.
—Salí huyendo porque quedarme habría sido mucho más peligroso.
Kate sonrió, aunque la alegría duró poco. Dentro de diez días quizá regresaría a casa y no sabía qué significaba eso para ninguno de los dos.
Lachlan debió de advertir el cambio en su expresión.
—Aún quedan diez días, muchacha.
—Lo sé.
Y por primera vez desde que había oído la palabra solsticio , Kate comprendió que diez días podía ser un periodo muy corto y, al mismo tiempo, demasiado largo. Tenía diez días para descubrir qué sentía por Lachlan y toda una vida esperándola al otro lado del tiempo.