Capítulo 7
L achlan dejó que Soulna fuera a su antojo de vuelta de casa de Fergus. Había esperado tener una respuesta definitiva que compartir con Caitlin, pero cuanto más profundizaban él y Fergus, más problemas desenterraban.
Quizá hubiera una solución, pero no estaba seguro.
Tenía que volver a casa de Fergus al día siguiente para seguir discutiendo el asunto.
No servía de nada dar esperanzas a la muchacha para luego frustrarlas, así que decidió guardarse para sí la excursión de aquel día.
El caballo relinchó, sacudiendo su hermosa cabeza, y Lachlan se dio cuenta de que estaban más cerca de casa de lo que pensaba.
Lo suficientemente cerca como para que el caballo oliera el establo y su comedero.
—Sí. —Le dio una palmada en el cuello a Soulna—. Nos has traído a casa sin que yo te ayudara, ¿eh?
Como si lo entendiera, el caballo relinchó de nuevo.
Lachlan atravesó al trote las verjas y cabalgó hasta donde Malcolm esperaba cerca del establo antes de desmontar.
—Bienvenido, Laird. —Malcolm tomó las riendas del semental—. Le daré un buen masaje antes de soltarlo para que coma.
—Excelente.
Lachlan le dio al caballo una última palmadita en la cruz y luego se dirigió hacia la casa. A pesar de no haber llegado a ninguna conclusión con Fergus, estaba de un humor excelente.
Es por culpa de la muchacha. Estoy deseando verla.
Esa revelación le hizo recobrar la sensatez y aminoró el paso.
Más valía no encariñarse demasiado con una mujer que pertenecía a otra época.
Y, a juzgar por el aspecto de las cosas que llevaba en la mochila, una época muy superior a la suya en cuanto a ingeniosos inventos.
Entró por una puerta lateral y subió por una de las escaleras traseras hasta sus habitaciones.
Quizá sería mejor que no pasaran demasiado tiempo juntos. Cualquier vínculo que ella desarrollara solo obstaculizaría su posible regreso. La magia era inquietantemente intuitiva, casi como si la fuerza que la impulsaba pudiera percibir cosas así.
Por un breve instante, consideró saltarse la cena. Podría usar el trabajo como excusa. Dios sabía que tenía mucho acumulado en su estudio.
—Pero qué ridículo estoy siendo. Ella tiene tanto interés en mí como en aprender a volar.
Pronunció una palabra para desactivar el hechizo protector que rodeaba sus aposentos, luego atravesó la puerta abierta y pronunció otra para cerrarla tras de sí.
Utilizó el calzador para quitarse las botas, aún húmedas.
Una vez hecho esto, se quitó el kilt y la camisa y sacó otros limpios de un armario que había en una esquina.
Mientras se vestía, dejó que su mirada se demorara en la habitación.
Por fin había permitido que la señora Campbel eliminara todo rastro de Elspeth, y el espacio desprendía un aura masculina.
La cama, justo en el centro bajo las ventanas abuhardilladas, lucía pieles apiladas sobre las sábanas.
Las almohadas se apoyaban contra un cabecero hecho de la misma madera que el armario.
Su sillón de lectura se encontraba bajo otra ventana, y las estanterías cubrían una pared, rebosantes de libros y pergaminos.
Algunos eran «fugitivos» de la biblioteca, pero los que contenían hechizos y otros conocimientos relacionados con la magia permanecían allí.
La mayor parte de su personal doméstico no sabía leer, pero no tenía sentido arriesgarse a que a los pocos que sabían se les metiera en la cabeza jugar con la magia, con consecuencias desastrosas.
Dos cómodas, situadas a ambos lados de la chimenea, completaban el mobiliario de la habitación.
Una puerta situada más allá de la cama conducía a su estudio, y otra, a su cuarto de aseo privado.
Había importado de Italia un mármol fino de vetas rojas para revestir el suelo, y en una esquina había un brasero independiente para calentar aquel pequeño espacio.
Había pensado en instalar un retrete, pero prefería mantener el olor lejos de sus aposentos.
Se soltó la coleta, se cepilló el pelo y dejó que le cayera suelto sobre los hombros. Le vendría bien un lavado, pero no había tiempo antes de la cena.
La cena significaba pasar tiempo con Caitlin. Kate.
¿Y qué hay de mantener la distancia? Oh, sí, y una comida juntos no hará ningún daño.
Contuvo una sonrisa y salió al pasillo, dirigiéndose a los niveles inferiores y al comedor, con una mesa con capacidad para treinta comensales —y que los había tenido cuando Elspeth presidía su vida social—.
Caminó por pasillos con paneles oscuros, sobre suelos de piedra limpios y barridos, y atravesó el arco de la puerta hasta llegar a un comedor vacío. Los aromas de la cena llegaban tentadores desde las cocinas.
¿Dónde estaba Kate? ¿Alguien le había dicho que cenaban a las ocho?
Tocó la pequeña campana junto a su sitio habitual y Sara, una de las empleadas de cocina, irrumpió por las puertas que daban a una escalera que bajaba un piso hasta las cocinas.
Llevaba el pelo rojo entremezclado con canas recogido en dos trenzas apretadas que le apartaban el cabello de la cara, y sus ojos grises le recorrieron el rostro.
—Sí, laird. ¿Qué desea? —Hizo una profunda reverencia, haciendo que su delantal a rayas se hinchara alrededor de su figura voluptuosa.
—¿Dónde está la señorita Cameron?
—¿Quién, laird? —El rostro sencillo y redondo de Sara se arrugó en una expresión de desconcierto—. Ah, debe de referirse a la joven que llegó con vos esta tarde. La señora Campbel nos ha hablado de ella.
Lachlan asintió.
—Sí, esa misma. ¿Dónde está?
—La verdad es que no lo sé, laird. —Hizo una pausa—. ¿Quiere que vaya a buscarla?
—No hace falta. Ya estoy aquí.
La voz de Kate resonó desde el otro extremo de la sala.
—Siento llegar tarde. Estoy acostumbrada a las casas grandes, pero esta tiene más recovecos que un laberinto.
—¿Un qué? —Sara se tapó la boca con la mano—. Lo siento, Laird. No era asunto mío hablar de eso.
Salió apresuradamente de la habitación.
Lachlan se volvió directamente hacia Kate. Empezó a tenderle la mano, se contuvo en el último momento e indicó con la barbilla una silla situada en diagonal a la suya, al final de la larga mesa. Cuando ella se acercó lo suficiente, él le sujetó la silla, con cuidado de dónde colocaba los dedos.
La silla era una cosa. Si la tocaba, estaría perdido, y lo sabía.
—Gracias.
Ella le dedicó una sonrisa que atravesó el espacio entre ellos, lo que le calentó el corazón y puso su polla en plena erección.
Gracias a Dios por los numerosos pliegues del kilt. Lachlan se aseguró de que ella estuviera cómoda y tomó su propio asiento, tocando la campana que traería el primer plato.
—¿Has tenido un día tranquilo? —le preguntó.
Le resultaba imposible apartar la mirada de ella, así que ni siquiera lo intentó.
Ella se encogió de hombros.
—Más reflexivo que tranquilo. —Kate respiró hondo—. No es por su hospitalidad. Ha sido más que amable. Es que todo esto es demasiado para asimilarlo.
Él empezó a balbucear algunas palabras de comprensión, pero ella le hizo un gesto con la mano para que se callara.
—No hay nada que pueda decir para arreglarlo, así que no malgaste la energía. —Se mordió el labio inferior—. ¿Cree que si volviéramos a los páramos podríamos averiguar el lugar donde yo…?
Soltó una media palabra que sonó tensa y que él no pudo entender, y luego volvió a empezar.
—Lo que intento preguntar es si tal vez el portal o la puerta, o lo que sea por lo que tropecé, podría ser una vía de doble sentido.
Él no respondió de inmediato, sobre todo porque estaba bordeando la verdad mientras se esforzaba por elaborar una respuesta que le dejara algo de esperanza, pero que no la hundiera si al final no se cumplía.
Kate siguió adelante, ajena a su falta de respuesta.
—Llevo toda la tarde dándole vueltas a esto. Me he dicho a mí misma que tengo que aceptar las cosas tal y como son, pero luego me he respondido que al menos tengo que intentar volver a casa antes de rendirme por completo.
Levantó su mirada color avellana hasta que se clavó en la de él.
Quizá fuera un efecto de la luz de la lámpara, pero sus ojos eran líquidos, llenos de súplica y de algo que él no sabía nombrar.
Quería hundir las manos en aquella melena llameante que le caía en cascada sobre los hombros en una profusión de rizos, besarle los pómulos altos, los párpados y los labios carnosos, y tranquilizarla.
Solo que no serían las palabras de consuelo que ella deseaba.
En cambio, asintió a otro empleado de cocina que estaba en la puerta y le hizo señas para que se acercara con el primer plato y una botella de vino.
Al parecer, Kate comprendió que era mejor no mantener conversaciones privadas delante del personal doméstico, pues murmuró un «gracias» cuando le sirvieron la comida, pero no volvió a insistir en sus preocupaciones anteriores.
En su lugar, le preguntó por su día y por su biblioteca.
—Ahí —dijo él una vez que la sopa y el pan estuvieron sobre la mesa, junto con una botella de vino tinto—. Ahora ya podemos hablar con tranquilidad. No volverán hasta que los llame.
Se concentró en servirse vino y probar la sopa humeante. Entre la comida y las preguntas de ella, su excitación había remitido. No mucho, pero al menos lo suficiente como para poder concentrarse en algo que no fuera su polla.
—Entiendo todo eso del servicio doméstico porque crecí rodeada de ellos.
Son unos chismosos empedernidos. —Kate probó la sopa—.
Mmm. Está buena. Como le dije hace un rato, me pasé la tarde en la biblioteca leyendo sobre el siglo XVIII.
—Le dedicó una sonrisa avergonzada junto con una confesión—.
Me entró hambre, pero no sabía cómo me recibirían en la cocina.
—Puedes comer cuando te apetezca, muchacha.
Las comisuras de sus ojos verdes se arrugaron, y a ella se le derritió el corazón. Quería posar una mano sobre una de las suyas, pero no lo hizo. Las mujeres de esta época no hacían cosas así. Al menos no las que no querían que las confundieran con mujeres fáciles.