Para siempre Capítulo 7 #2
55%

Capítulo 7 #2

Dio un sorbo de vino; sus preocupaciones anteriores volvían a aflorar. ¿Cómo demonios iba a vivir su vida en el siglo XVIII? No es que no fuera posible, pero, por Dios bendito, no iba a ser fácil.

—¿Muchacha? —Él la miró fijamente, con preocupación grabada en el rostro.

Ella negó con la cabeza.

—Es a lo que me refería antes. Tengo que intentar, al menos, volver a casa antes de rendirme.

—He hablado con otro dru… es decir, con un colega esta tarde. Estamos trabajando en tu problema, pero aún no hemos dado con una solución. No quería decir nada, pero no quiero que te preocupes.

Kate lo miró fijamente. No le estaba contando todo. Sus palabras tenían el tono de esos discursos cuidadosamente elaborados y políticamente correctos que había oído en las salas de juntas durante años. Palabras destinadas a suavizar las cosas, más que a transmitir lo que realmente estaba pasando.

Ella eligió con cuidado sus siguientes palabras.

—Ese… eh… hechizo que lanzaste para sacarme de la posada. ¿Eres algún tipo de mago?

Se devanó los sesos pensando en quién podría practicar la magia en aquella época. Lo único que se le ocurrió fueron las brujas.

—¿Como una bruja o algo así?

Él la miró entornando los ojos.

—No. Gracias a Dios.

—¿Que no eres un brujo? ¿O que no eres otro tipo de persona que maneja la magia?

Él se enderezó.

—Hablemos de otras cosas.

Kate dejó escapar un silbido entre los dientes y dejó su copa de vino sobre la larga y pulida mesa.

—Mire —espetó—. No creo en los fenómenos sobrenaturales. Nunca lo he hecho. No forman parte del mundo del que vengo. Si no estoy haciendo las preguntas adecuadas, tendrá que ser indulgente conmigo. Lo que intento averiguar es si tiene algún tipo de poder que pueda llevarme de vuelta a 2026.

Una comisura de su boca se torció en una expresión confusa. Ni una sonrisa ni un ceño fruncido. Nada que ella pudiera interpretar, así que se inclinó hacia él en busca de pistas.

—No es tan fácil ni tan sencillo como te gustaría, Caitlin.

No tengo las respuestas que buscas, al menos no ahora mismo.

No puedes sacarme a la fuerza lo que no sé.

¿Por qué no aprovechamos este rato para hablar de dónde vienes?

Tengo curiosidad por saber cómo vives, qué haces.

Háblame de tu familia, más extensamente y, por favor, empieza a tutearme.

Kate se llevó otra cucharada de sopa a la boca y partió un trozo de pan caliente. Cuando Lachlan le pasó la mantequera, untó el pan con mantequilla y, aunque no fuera precisamente de buena educación, lo mojó en la sopa antes de comérselo.

Él no iba a compartir lo que sabía —suponiendo que supiera algo, lo cual no estaba nada claro—, así que más valía que dejara de acribillarlo a preguntas y sacara lo mejor de la situación.

¿Sacar lo mejor de cenar con un tipo de infarto? Sí, qué duro.

Se contuvo para no reírse.

—¿Te hace gracia algo? —preguntó él, inclinando su copa de vino hacia ella.

—Para nada.

Kate se acomodó y le habló de sí misma durante las siguientes dos horas. Estaba describiendo el castillo de sus padres en Zermatt mientras tomaban el postre y el oporto cuando él la interrumpió. Le había hecho muchas, muchas preguntas, pero esta vez la interrupción era para compartir información.

—Oh, sí, pero conozco ese castillo. Es muy antiguo, y uno de mis socios, un duque alemán, vive allí.

—Me lo imaginaba. Es una auténtica joya. No hay razón para que haya estado vacío.

Kate sonrió, y la sonrisa pareció sincera, no forzada. Lachlan sabía escuchar. Y realmente se había mostrado interesado. Ese tipo de atención no se podía fingir.

—¿Te apetece dar un paseo nocturno por los jardines?

Su corazón dio un vuelco y empezó a latir a trompicones.

Sin atreverse del todo a hablar, asintió con la cabeza, dejó la servilleta junto al plato de postre y se puso en pie.

Cuando él le ofreció el brazo, ella lo tomó.

Quedarse en aquella época podría parecer mucho más llevadero con alguien como Lachlan.

Basta. Basta ya.

No puedo permitirme enamorarme de él. Tengo que volver a casa.

Acalló su diálogo interior y se concentró en el suave lino de la camisa de Lachlan bajo sus dedos. Llevaba el tartán envuelto alrededor del torso y las piernas, con la camisa por debajo.

—Toma, muchacha. —Retiró el brazo para coger una capa de lana negra de un gancho junto a la puerta y se la colocó sobre los hombros—. Por las noches hace un poco de frío y hay humedad.

Kate quería volver a agarrarse a su brazo, pero él no se lo ofreció. Se limitó a abrir una puerta lateral y esperó a que ella pasara antes de situarse delante de ella.

—Cuidado con el escalón —le advirtió un instante antes de que se formara junto a él un brillante globo de luz azul.

—¡Ay! —Se detuvo en seco a mitad de una escalera de piedra. Su corazón seguía latiendo demasiado rápido, pero esta vez por el asombro. Había un montón de cosas imposibles allí. Tendría que ampliar sus horizontes… y muy rápido—. ¿Qué demonios es eso?

—Luz —dijo él simplemente, y añadió—: ¿Cómo ves en la oscuridad en tú época?

—Con linternas.

La palabra sonó un poco malhumorada y, por supuesto, él no sabría lo que eran.

—Son aparatos pequeños que producen luz. Funcionan con pilas o baterías.

¡Mierda! Esto no mejora.

Antes de que él pudiera formular otra pregunta, ella dijo:

—No importa. Todo va bien.

—¿Estás segura?

No. ¿Cómo podría estar segura… de nada? Me caí por la madriguera del conejo de Alicia. Aquí nada es lo que parece.

—¿Están cerca los jardines? —preguntó ella, cambiando de tema.

—Justo al pasar esta verja hay rosas y, más allá, hierbas. Yo uso algunas para decocciones, pero las mujeres sabias de por aquí recurren mucho a lo que cultivo aquí…

La jardinería siempre le había interesado, así que le resultó fácil charlar con él sobre lo que cultivaba tanto en los jardines como en los campos.

Cuando él la llevó hasta un banco de piedra bajo una pérgola de lilas, ella se sentó a su lado, hablando con entusiasmo de las posibilidades de diferentes formas de cultivo que pudieran aumentar el rendimiento de los cereales destinados a alimentar a los caballos, las vacas y las cabras.

—Me sorprende que una muchacha sepa de esas cosas.

Ella resopló.

—Sí, las mujeres han avanzado mucho, cariño, en los últimos dos siglos.

—No acabo de entender lo que quieres decir, muchacha.

—No importa, es solo una expresión.