Capítulo 6 #2
Kate siguió a paso ligero al ama de llaves, que avanzaba delante de ella sin molestarse en dirigirle la palabra. No estaba nada segura de poder mantener una conversación trivial sin revelar que venía del futuro, así que agradeció el silencio.
Lachlan había dicho que su gente estaba acostumbrada a la magia, pero probablemente los huéspedes que viajaban en el tiempo no formaran parte de ningún escenario habitual.
Y también sabía que enemistarse con el ama de llaves principal de una casa nunca era una buena idea.
—¿Cómo fue que se encontró con nuestro laird?
¡Mierda! Adiós a lo de que no iba a hablar conmigo.
—Se topó conmigo en los páramos. Había salido a dar un paseo y me había perdido.
El ama de llaves se detuvo en un rellano y se volvió para mirar fijamente a Kate, que estaba unos escalones más abajo.
—¿En los páramos, vos sola?
¡Dios mío! Ya estamos otra vez.
—Sí, estaba sola. —Kate subió hasta el rellano y se esforzó por mantener un tono alegre y optimista—. Como puede ver, no me ha pasado nada.
La señora Campbel arqueó las cejas.
—¿En los páramos, vos sola?
Kate bajó la mirada hacia sus pantalones y comprendió el motivo de su sorpresa.
—Sí. Supongo que no fue una de mis mejores ideas.
—Desde luego que no —respondió el ama de llaves, aunque esta vez había más preocupación que censura en su voz—. Esos páramos no son lugar para que una joven ande sola. Ha tenido mucha suerte de que nuestro laird la encontrara.
—Empiezo a darme cuenta.
La expresión de la señora Campbel se suavizó ligeramente.
—Lo importante es que está sana y salva. Ahora tendremos que conseguir que vuelva a parecer una señorita respetable.
Kate volvió a mirar sus pantalones.
—Me temo que eso puede llevarle bastante trabajo.
Por primera vez, creyó distinguir el amago de una sonrisa en el rostro del ama de llaves.
—¿Adónde vamos? Parece que se nos han acabado las escaleras. —Kate intentó cambiar de tema.
—Al final de ese pasillo. Habíamos puesto agua a calentar para él, pero parece que el esfuerzo no será en vano.
Tras llegar a una habitación revestida de azulejos color tierra con una bañera humeante justo en el centro, el ama de llaves la dejó sola para que se desvistiera y se bañara.
Al menos eso significaba que podría disfrutar de unos minutos de tranquilidad.
Pero también la dejaba sola para pensar, algo menos bueno —y algo que había estado evitando desde la revelación de Lachlan sobre el año.
—1790 —murmuró una y otra vez, sin acabar de creer que fuera posible, a pesar de lo que la rodeaba. ¿Cómo coño había podido pasar algo así? En un momento estaba en la Inverness moderna. Al siguiente, se topó con aquella tormenta y acabó más de doscientos años antes.
Era como sacado de un cuento de hadas. Y no de los bonitos. De esos que te hacían esconderte debajo de la cama con collares de ajo alrededor del cuello. Se lavó el cuerpo y el pelo en piloto automático, deseando tener agua fresca mucho antes de haber terminado.
Kate se estaba secando y se preguntaba cómo sacar el agua sucia de la bañera cuando la señora Campbel entró apresurada por la puerta, con los brazos llenos de ropa.
—¿Qué quiere que haga con el agua? —preguntó Kate, señalándola—. No veo cómo vaciarla.
La señora Campbel frunció sus gruesas cejas grises en señal de desaprobación.
—Ay, claro, haré que una de las criadas se encargue de ello. Vamos a vestirla y a llevarla a su habitación.
Kate dejó que el ama de llaves la ayudara. La señora Campbel hacía cuanto correspondía hacer por una huésped del laird, pero ni una sola cosa más.
Kate conocía bien aquella clase de servicio. Se había criado rodeada de personal doméstico y sabía distinguir perfectamente entre alguien que cuidaba de ella y alguien que cumplía con su obligación.
Unos minutos más tarde, Kate recogió su ropa sucia tras un pequeño tira y afloja por ella y siguió al ama de llaves varias puertas más allá hasta una habitación grande y luminosa situada en una esquina.
—El laird no me ha dicho dónde alojarla, así que esta la he elegido yo. ¿Se adapta a sus necesidades, señorita? —Entró en la habitación y colgó una variedad de prendas en los ganchos de un armario con rápida eficiencia.
—Estoy segura de que sí. Es una habitación preciosa.
—El laird querrá que tenga todo cuanto necesite mientras permanezca en el castillo. Si echa algo en falta, dígamelo.
—Gracias, señora Campbel. Es usted muy amable.
El ama de llaves le dedicó una sonrisa.
—Descanse un poco. Ha debido de ser un día agotador.
—No se imagina cuánto.
La señora Campbel salió de la habitación y cerró la puerta tras ella.
Kate exhaló lentamente. Por primera vez desde que había descubierto dónde —o más bien cuándo— se encontraba, estaba completamente sola.
En medio de toda aquella locura, encontrar a alguien dispuesto a hacerla sentir bienvenida era un pequeño consuelo.
Envuelta en una cálida bata de lana de un suave color marfil, observó su habitación.
Las ventanas adornaban dos paredes, dejando entrar la luz a través de paneles decorativos de vidrio emplomado.
La cama estaba encajada en la esquina entre las dos paredes exteriores.
Cubierta de un montón de almohadas y una colcha de colores, parecía acogedora y cómoda.
La chimenea estaba preparada con todo lo necesario para encender el fuego.
Unos juncos aromáticos esparcidos por el suelo conferían al espacio una fragancia limpia y hogareña.
Más allá de la cama había un diván tapizado que a ella también le pareció de estilo francés del siglo XVI, con patas curvadas y tela bordada.
Dos cómodas y un armario a juego, fabricados en una preciosa madera oscura y brillante, completaban el mobiliario de la habitación.
La cama tenía un cabecero que casi llegaba al techo.
Cuando Kate lo miró más de cerca, vio que estaba hecho de la misma madera que las cómodas.
Se acercó a la puerta y la cerró con un empujón. El pánico que había mantenido a raya desde que Lachlan articuló las palabras mil setecientos noventa salió a la superficie, y ahogó un grito.
—No. Voy. A. Llorar. —Repitió las palabras una y otra vez.