Para siempre Capítulo 5 #3
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Capítulo 5 #3

—Una fotografía. Una imagen hecha con una… —Se detuvo. Explicarle una cámara digital no iba a mejorar las cosas—. No importa. Mire las fechas.

Lachlan bajó de nuevo los ojos hacia el permiso.

—Dos mil…

—Veintiséis —terminó Kate—. Ese es mi año.

Ladeó la cabeza, todavía contemplando el permiso.

—¿Qué más tienes en esa bolsa?

Kate la volcó en el suelo. Cayeron barritas de cereales, su cartera repleta de tarjetas, unos cuantos billetes de libra esterlina, su smartwatch inservible, bolsas de plástico, una botella de agua, un par de guantes, toallitas húmedas, unos auriculares inalámbricos y su neceser de maquillaje.

A continuación salió un pequeño cuaderno con un bolígrafo sujeto a él.

Lachlan fue recogiendo los objetos uno a uno, deteniéndose en la variedad de botes y pinceles de su neceser de maquillaje. Por fin volvió a coger el móvil.

—Tiene que estar cargado para funcionar —intentó explicarle—. Tiene una batería dentro que necesita electricidad. Puede funcionar por sí solo durante bastante tiempo, pero al final la batería se agota.

Lachlan giró el teléfono entre las manos, fascinado por su superficie lisa y negra.

—¿Y con esto puedes hablar con alguien que está lejos?

—Con alguien que esté al otro lado del mundo, si quiero. También puedo verlo mientras hablamos. Puedo enviarle mensajes, fotos, vídeos… Puedo consultar mapas, leer las noticias, escuchar música, ver películas, comprar cosas, entrar en mis redes sociales…

La expresión de Lachlan se volvió cada vez más perpleja.

—No ha entendido ni la mitad de lo que acabo de decir, ¿verdad?

—Ni una palabra después de «hablar».

A Kate se le escapó una risa.

Fue breve, pero la sorprendió. Después de todo lo sucedido desde la tormenta, reírse parecía casi absurdo.

De pie en medio de aquel pequeño montón de objetos del siglo XXI, lo miró directamente a los ojos.

—¿Ya me cree? —preguntó en voz baja.

Lachlan no respondió enseguida. Volvió a mirar el permiso, el teléfono y todos aquellos objetos cuyo propósito apenas podía imaginar.

Después levantó los ojos hacia ella.

—Sí, muchacha —dijo finalmente, asintiendo despacio—. Te creo.

Kate sintió que algo se hundía en su interior. Había querido convencerlo, pero no había previsto lo que significaría conseguirlo.

Si Lachlan la creía, si aquel hombre nacido en 1790 contemplaba los objetos que ella llevaba consigo y aceptaba que procedían del futuro, entonces la última explicación razonable acababa de desaparecer.

Era real.

Había viajado en el tiempo.

—Entonces… —Kate tuvo que aclararse la garganta—, la pregunta es cómo demonios vuelvo a casa.

—Sí.

La respuesta de Lachlan fue inmediata.

—Eso es lo que tendremos que averiguar.

Kate lo miró.

No le prometió que podría hacerlo. No fingió saber algo que ignoraba. Simplemente aceptó, con aquella seguridad desconcertante que parecía formar parte de él, que ayudarla a regresar era ahora un problema de ambos.

Y Kate descubrió que necesitaba eso más de lo que quería reconocer.

Se agachó para recoger sus cosas y las fue metiendo una a una en la mochila. Guardó el móvil en último lugar, asegurándolo en un pequeño compartimento con cremallera.

Después, mientras continuaron el camino, le contó todo a Lachlan. Le habló de su familia, de su vida con ellos, de su novio, el viaje, y de todo aquello que le vino a la mente en ese momento. Hasta que algo interrumpió su charla.

—Laird. Ya estáis en casa —se oyó detrás de ellos.

Kate se giró y vio a un hombre alto y delgado, con el pelo canoso, que se acercaba a grandes zancadas.

—Vi los caballos —explicó el hombre— y supe que debíais de estar cerca.

Entrecerró los ojos al mirar a Kate y se detuvo. Durante un instante, toda expresión desapareció de su rostro.

—Por todos los santos…

Se llevó una mano al corazón.

—¿Qué ocurre? —preguntó Kate.

El hombre continuó mirándola.

—Por un momento pensé… desde lejos… el cabello… creí que Elspeth… había vuelto con nosotros.

Kate sintió que el sueño de la noche anterior regresaba de golpe: la niebla, el cabello rojo de aquella mujer y aquella tristeza tan profunda que había sentido sin que le perteneciera.

Todavía no.

Las palabras volvieron a resonar en su memoria y Kate miró a Lachlan. Él ya no sonreía.

—No es Elspeth, Malcolm.

Había algo en su voz que hizo que Kate no preguntara nada más.

El hombre pareció recuperarse y se inclinó ante ella.

—Perdonadme. Yo soy Malcolm MacKinnon.

—Kate Cameron.

Kate le tendió la mano. Malcolm se quedó mirándola, ligeramente confundido. Finalmente, la tomó y la elevó hasta que apenas rozó sus labios.

—No es que sea asunto mío —Malcolm la miró de arriba abajo—, pero ¿por qué vais vestida como un muchacho?

Kate bajó la vista hacia sus pantalones.

Otra vez.

Lachlan dejó escapar un sonido sospechosamente parecido a una risa contenida.

—Quizá deberíamos llevarla dentro y dejar que la señora Campbel se encargue de solucionar ese pequeño problema.

Kate se echó la mochila al hombro y lo miró.

—Ni se le ocurra.

La comisura de los labios de Lachlan se elevó.

Por primera vez desde que había despertado, Kate sonrió también.

—Vamos, MacLaren. Enséñeme su castillo.