Capítulo 4
L achlan recorrió el pasillo, pensando en retirarse a su habitación. En el último momento, cambió de dirección y bajó las escaleras de dos en dos hasta la sala común. Quizá la muchacha no quisiera ni un trago de licor, pero él sí.
Menudo giro de los acontecimientos, caramba. Había llevado a cabo su plan de cabalgar con Soulna por los páramos y había soltado al semental apenas quince minutos antes de toparse con Caitlin.
Reprimió un resoplido. Estaba tan seguro de que era un muchacho… hasta que se acercó lo suficiente para descubrir su error.
Ahora no entendía cómo había podido confundirla.
Recordó el contorno de su cuerpo bajo aquella ropa insólita, sus ojos de color avellana, con el centro verdoso y el marrón salpicado de dorado, y aquel espeso cabello cobrizo que había entrevisto cuando se descubrió la cabeza.
También su manera de sostenerle la mirada y de responder a cada pregunta como si no existiera hombre alguno al que debiera bajar los ojos.
La muchacha era un misterio.
Y uno extraordinariamente atractivo.
¿Quién demonios era? ¿Y por qué vagaba sola por los páramos afirmando proceder de lugares que él jamás había oído nombrar?
Lachlan se dirigió a la larga barra que recorría toda una pared y levantó dos dedos.
El camarero, complaciente, le sirvió un buen trago de algo tan fuerte que a Lachlan se le llenaron los ojos de lágrimas.
Allí no había whisky añejo. Quizá se les hubiera acabado.
O era demasiado caro como para servirlo por los medios peniques que cobraban.
Sacó una moneda y la dejó sobre la barra.
—¿Dónde encontraste a la mujer? —El camarero habló en voz baja. Llevaba el pelo rojo revuelto hasta los hombros y le faltaban algunos dientes—. Nunca la había visto por estos lares. No desde que falleció tu Elspeth.
La mención de su esposa hizo que la agradable quemazón del licor adquiriera de pronto otro significado.
Lachlan se bebió de un trago la mitad y carraspeó mientras le abrasaba la garganta y el estómago.
—¿Y a ti qué te importa?
—No tienes por qué responderme, Laird. —El camarero apartó la mirada—. No pretendía faltarte al respeto con la pregunta.
Lachlan cerró los ojos un instante.
—Por supuesto que no, Jameson. No te lo tomo a mal.
No era culpa del hombre. Desde la muerte de Elspeth, bastaba a veces una palabra, un recuerdo inesperado o la mención de su nombre para que la herida volviera a abrirse con la misma facilidad que el primer día.
Había pasado más de un año.
Al parecer, aquello no significaba nada.
—La encontré en los páramos, claramente perdida —continuó—. Dijo que se dirigía a Inverness pasando por un lugar llamado Beauly.
—¿Dónde?
—Sí. —Lachlan aspiró aire entre los dientes—. Exacto. Si existe un pueblo llamado Beauly, no está por estos lares, ni tampoco al sur de aquí.
—¿Crees que está mal de la cabeza? —preguntó Jameson, dándose unos golpecitos en la frente con dos dedos.
Lachlan frunció el ceño.
—No. Confundida, quizá. Aunque no sé si es ella la que está confundida o si hay algo que todavía no comprendo. Habla con demasiada seguridad para no saber lo que dice.
Y ese era precisamente el problema. Caitlin no parecía una mujer que hubiera perdido la razón.
Había coherencia en sus respuestas incluso cuando lo que decía carecía de sentido para él.
Se irritaba cuando no la comprendía, como si esperara sinceramente que conociera aquellos lugares y aquellas palabras extrañas.
Jameson se inclinó hacia él.
—Más te vale tener cuidado. Quizá esté huyendo de su marido. Tiene edad más que suficiente para estar casada.
Lachlan recordó su indignación cuando le había preguntado quiénes eran los suyos.
No pertenezco a nadie.
Había supuesto que se refería a que estaba soltera, pero tal vez Jameson tuviera razón.
La posibilidad le produjo una incomodidad que no quiso examinar demasiado.
—No creo que esté huyendo de nadie.
—¿Te lo ha dicho?
—No exactamente.
Jameson soltó una risita.
—Entonces no sabes nada.
—Sé que estaba sola, empapada y perdida en mitad del páramo.
—Y eso bastó para que el gran Laird MacLaren acudiera al rescate.
Lachlan le lanzó una mirada que hizo desaparecer la sonrisa del tabernero.
—¿Ha venido alguien por aquí últimamente preguntando por una mujer desaparecida?
Jameson negó con la cabeza.
—No. Ni aquí ni en ningún otro sitio. Me habría enterado. No es una ciudad muy grande, y eso sería un cotilleo de primera.
—Humph. —Lachlan empujó su vaso vacío hacia Jameson—. No más, gracias. Solo voy a estirar un poco las piernas antes de irme a la cama.
—¿Qué vas a hacer con ella? —insistió Jameson.
Lachlan miró hacia las escaleras.
Por un instante recordó la mano de Kate cerrándose sobre su brazo cuando le había entregado la manta.
Había sido un gesto impulsivo y fugaz, pero la vulnerabilidad que había entrevisto en ella contrastaba tanto con la mujer atrevida que llevaba horas discutiendo con él que todavía podía sentir la presión de aquellos dedos.
—No lo sé. Que Dios me ayude, no lo sé.
Se dio la vuelta, se abrió paso entre las mesas aún parcialmente ocupadas, devolviendo saludos aquí y allá, y salió a la calle.
Por fin había dejado de llover, y un millón de estrellas salpicaban el cielo, junto con una media luna asomando por el horizonte.
Recorrió la calle principal de Inverness con la intención de caminar hasta las afueras de la ciudad y, desde allí, volver a su alojamiento.
El aire frío y limpio lo azotaba, y se envolvió más con el plaid.
Tenía las botas empapadas de tanto tiempo que había pasado al aire libre, pero el calor de su cuerpo acabaría secándolas.
Menudo día más extraño.
Y, por alguna razón, no conseguía dejar de pensar en Kate.
Caitlin.
Había insistido en llamarse Kate, y hasta aquello le resultaba extraño.
—Atractiva, pero tan rara como las malvas en enero —murmuró.
Su ropa. Su forma de hablar. Su manera de mirar a todo el mundo directamente a los ojos. La facilidad con que se irritaba con él y aquella ironía que a menudo no comprendía hasta que ya había pasado el momento.
Sonrió sin querer, aunque la sonrisa desapareció casi de inmediato. Hacía mucho tiempo que una mujer no despertaba en él aquella clase de interés.
Más de un año. Desde Elspeth.
El recuerdo le llegó acompañado de una punzada de culpa tan inmediata que se detuvo en mitad de la calle.
Había amado a su esposa. Todavía la amaba. No había día en que no pensara en ella, en el hijo que habían perdido o en todo lo que había desaparecido con su muerte.
Pero aquella tarde había mirado a otra mujer y la había deseado.
No había sido una decisión. Ni siquiera había tenido tiempo de prepararse para ello. Simplemente había ocurrido.
Recordó las últimas horas de Elspeth y las palabras que se había negado a escuchar entonces. Le había pedido que viviera. Que volviera a amar. Que tuviera los hijos que ella no había podido darle.
Y él se lo había prometido porque ella se estaba muriendo y le habría prometido cualquier cosa que pudiera proporcionarle un instante de paz.
Cumplir aquella promesa era otra cuestión.
Una cosa era aceptar que algún día podría volver a vivir.
Otra muy distinta descubrir que su cuerpo había decidido empezar a hacerlo sin pedirle permiso.
La imagen de Kate regresó con una claridad incómoda: el espeso pelo cobrizo, las curvas que aquella ropa de hombre no conseguía ocultar, la boca que se tensaba justo antes de responderle alguna impertinencia.
El deseo le golpeó con una intensidad que lo dejó inmóvil.
—Maldita sea.
Su cuerpo reaccionó antes de que pudiera impedírselo. Una vieja y familiar sensación de plenitud brotó entre sus piernas.
No se había acostado con ninguna mujer desde que Elspeth murió. No había querido hacerlo.
Hasta ahora.
El reconocimiento lo sacudió mucho más que la propia excitación.
Siguió caminando, intentando ignorarla, pero cada paso hacía que el roce de la tela contra su erección resultara más difícil de soportar. Metió la mano bajo el kilt y movió su miembro para evitar que golpeara contra el sporran.
Incluso aquel contacto casual le cortó la respiración.
Cerró los ojos.
Kate apareció inmediatamente detrás de sus párpados.
No Elspeth.
Kate.
La culpa se mezcló con el deseo hasta que ya no supo cuál de las dos sensaciones le resultaba más difícil soportar.
Elspeth había sido su esposa, su compañera, la mujer con la que había compartido seis años de su vida y demasiadas pérdidas. Kate era una desconocida a la que había encontrado aquella misma tarde bajo la lluvia.
No había comparación posible.
Y, sin embargo, su cuerpo no parecía interesado en compararlas.
Solo quería.
Lachlan soltó una maldición y se adentró en una arboleda, lejos de cualquier mirada. Había pasado demasiado tiempo intentando fingir que aquella parte de él había muerto con Elspeth. Esa noche había descubierto que no era cierto.
Se apoyó contra el tronco de un árbol y cerró la mano alrededor de su miembro.
La primera caricia le arrancó el aire de los pulmones.
Pensó en Kate. En su cuerpo exuberante. En cómo sería verla sin aquellas extrañas prendas que ocultaban y revelaban sus formas al mismo tiempo. Imaginó su pelo suelto cayéndole sobre los hombros, su piel bajo las manos, aquella boca insolente entreabriéndose por algo que no fuera una réplica.
Movió la mano con más fuerza.
La fantasía adquirió cuerpo con una facilidad que debería haberlo avergonzado. Kate bajo él, arqueándose contra su cuerpo; sus piernas rodeándolo; sus pechos apretados contra su pecho mientras él se hundía en ella.
Se le entrecortó la respiración.
El placer creció demasiado deprisa después de tantos meses de abstinencia y el semen brotó de él con una intensidad casi dolorosa. Siguió bombeando con la mano hasta que no quedó nada y después permaneció inmóvil, respirando con dificultad.
Durante unos segundos solo oyó el viento entre los árboles.
Luego llegó la culpa.
No porque hubiera deseado a Kate. O no únicamente por eso.
Había disfrutado.
Eso era lo que más le costaba aceptar.