Para siempre Capítulo 3
23%

Capítulo 3

L achlan extendió las manos ante sí, con los dedos bien abiertos en un gesto conciliador.

—Muchacha, cálmate. Esto es Inverness. Entra conmigo en una de las posadas. Estás empapada hasta los huesos y pálida como el hielo. Te invitaré a una cerveza caliente con especias. Enseguida te sentirás mejor.

—No necesito una cerveza. Necesito averiguar qué demonios está pasando.

Dando media vuelta, se dirigió hacia la puerta de la taberna más cercana. Seguro que alguien de dentro podría ayudarla. Por Dios. ¿Es que nunca dejaba de llover en aquel país abandonado de la mano de Dios?

Kate empujó la puerta y entró a zancadas. Tuvo que agacharse para no golpearse la cabeza con el dintel. El local estaba oscuro y lleno de humo. Cuando entró, había mucho ruido, pero las conversaciones se interrumpieron poco a poco mientras la gente la señalaba.

Un hombre con delantal que apestaba a sudor y grasa rancia se acercó de lado.

—Aquí no hay trabajo. Llevo un local honrado. Llévate tus… eh, mercancías a otra parte, señorita.

Kate tardó un instante en comprender lo que estaba insinuando.

—¿Perdón?

—Estás siendo precipitado, Mac —gritó una voz ronca desde cerca de la chimenea—. Puede venir a sentarse en mi regazo, con pantalones y todo.

Las risas se extendieron por la taberna. Los silbidos rasgaron el aire.

—Eh, que lo intente en mi regazo, no en el suyo —gritó alguien más—. Es más grande.

Las carcajadas aumentaron.

Al fijarse mejor, Kate vio que todos los que estaban en el local eran hombres, salvo unas cuantas camareras. Se enderezó y se dirigió al hombre que llevaba el delantal.

—Se ha equivocado. Me he perdido y necesito ayuda. ¿Podría decirme dónde estamos exactamente? Si tuviera un mapa, sería aún mejor. Y necesito un teléfono.

El silencio se apoderó de la sala y adquirió un carácter sombrío y tenso. Todas las miradas del local se posaron en ella, observándola fijamente.

¿Se había vuelto loco el mundo entero?

La puerta dio un portazo contra los topes. Lachlan se agachó para poder entrar.

—La muchacha está un poco desorientada —anunció en voz alta—. Yo me encargaré de ella.

Le tendió la mano.

—Ven conmigo, Kate.

Kate pensó en llevarle la contraria, pero luego se lo pensó mejor.

Algo muy extraño estaba pasando allí, como si se hubiera metido de pronto en una serie de ciencia ficción de lo más cutre.

Ya había conocido a recreadores históricos antes.

Ninguno de ellos se comportaba así, ni siquiera en sus recreaciones de la Guerra de Secesión, donde se disfrazaban de soldados y representaban batallas enteras.

—Qué historia más creíble, MacLaren —gritó alguien desde el fondo de la sala—. Solo quieres a la muchacha para ti.

—Sí, hace más de un año que perdiste a esa mujer tuya —dijo otra persona—. Mucho tiempo con la cama fría.

La expresión de Lachlan cambió de inmediato.

—No voy a aguantar eso de alguien como tú, MacDuff. No vas a mencionar el nombre de Elspeth. Nunca más, por todos los santos benditos.

Agarró a Kate del brazo.

—Nos vamos, muchacha. Ahora mismo.

Como no le veía sentido a quedarse en aquel extraño local donde el dueño pensaba que era una prostituta en busca de clientes, Kate se mordió con fuerza el labio inferior y siguió a Lachlan hacia la tormenta. En cuanto la puerta se cerró de un portazo tras ellos, se soltó de su mano.

Apretando la mandíbula para combatir un frío que hacía que su sangre pareciera lodo, volvió la vista hacia la taberna.

—¿Qué demonios ha sido eso?

Lachlan todavía tenía la mandíbula tensa.

—Hombres que han bebido demasiado y no saben cuándo cerrar la boca.

Kate recordó el nombre que acababa de escuchar. Elspeth. La reacción de Lachlan había sido demasiado intensa para que no significara nada, pero tuvo suficiente sentido común para no preguntar.

—Sigo necesitando saber qué está pasando aquí.

Él asintió y dijo, con voz lenta y tranquila:

—No tengo motivos para mentirte. Esto es Inverness. Ahora déjame buscar un lugar donde puedas pasar la noche. Está demasiado lejos para llevarte a mis tierras con este tiempo.

Kate miró a su alrededor. Por mucho que se negara a aceptar lo que estaba viendo, una cosa empezaba a resultar evidente: aquella noche no iba a encontrar el apartamento que había alquilado en Inverness.

—De acuerdo. Pero quiero una habitación para mí sola.

Una expresión de sorpresa se dibujó en el rostro de Lachlan, iluminado por un farol cercano.

—Por supuesto que tendrás una habitación para ti sola, muchacha. ¿Por quién me tomas?

Kate arqueó una ceja, pero decidió no responder.

Como se había quedado sin ideas mejores, dejó que Lachlan la guiara por la calle hasta un edificio destartalado de tres plantas.

Siguiendo sus indicaciones, se acomodó junto a una chimenea humeante en The King’s Arms. Su mente no paraba de dar vueltas y se quedó en silencio mientras intentaba averiguar qué debía hacer.

Le sirvieron una cerveza caliente con especias en un vaso mugriento, acompañada de un guiso cargado de grasa.

Cuando le preguntó a Lachlan qué llevaba, él sonrió y respondió:

—Cordero.

—¿Eso es como la oveja?

Se habría dado una patada a sí misma. Con todas esas malditas ovejas vagando por las Highlands, ¿qué otra cosa podría haber en el menú?

—No importa —murmuró.

Mientras picoteaba la comida, echó un vistazo a la sala. Quienquiera que fuera el dueño del local había conseguido ocultar cualquier rastro de comodidades modernas, como la electricidad o la calefacción que no proviniera del fuego.

Luego se fijó en la gente. Se fijó de verdad en ellos.

O bien habían hecho un trabajo excepcional encontrando sastres capaces de confeccionar ropa de época hasta el último detalle, o algo iba muy mal.

No había ni un solo par de vaqueros en la sala.

Ni unas zapatillas deportivas. Ni unas botas que no parecieran hechas a mano.

Los recreadores históricos no solían llegar a semejante nivel de detalle.

Joder. ¿Dónde estoy?

La respiración de Kate se aceleró y un sudor frío le perló la frente. El guiso grasiento amenazó con volver a subirle por la garganta y se tragó la bilis amarga.

—¿Es que no tienes hambre? —Lachlan miró su cuenco, apenas tocado.

Ella negó con la cabeza y sacó una tarjeta de crédito de un bolsillo interior.

—Tome. Al menos deje que pague nuestra comida… y mi habitación, si nos quedamos aquí.

—No, ni se me ocurriría.

Lachlan observó el plástico que ella tenía en la mano.

—¿Qué es eso, muchacha?

¿Qué coño? ¿No reconoce una tarjeta de crédito? Imposible.

Ella se la mostró boca arriba.

—Visa. Ya sabe. Una tarjeta. Para pagar.

Una expresión de desconcierto le deformó el rostro y silbó con fuerza.

Una de las criadas se acercó corriendo.

—¿Sí, laird?

—Lleva a la señorita a su habitación, por favor.

—¿Y qué hay del pago? —Kate ignoró a la criada que se mantenía a un lado.

Lachlan le hizo un gesto con la mano.

—Puedes guardar tu… eh… lo que sea que sea eso. Yo me encargaré de que te atiendan bien mientras estés bajo mi protección.

—Señorita. Por favor. —La camarera se dirigió hacia una escalera—. Tengo mesas que atender.

Recordando lo que había pasado en la otra posada y sin querer montar un nuevo escándalo, Kate se puso en pie.

Luchó contra el creciente desasosiego mientras subía con dificultad dos tramos de escaleras estrechos y sinuosos.

Nada encajaba en aquel lugar. Absolutamente nada.

Era como si se hubiera caído por la madriguera del conejo de Alicia.

Si no estuviera tan cansada, daría media vuelta y seguiría buscando respuestas, pero estaba agotada y el agotamiento no favorecía precisamente el pensamiento racional.

Por la mañana tendría tiempo de sobra para averiguar dónde había acabado. Seguramente para entonces encontraría a alguien capaz de darle una explicación que tuviera sentido.

Parpadeó consternada cuando la chica de pelo rubio lacio, que necesitaba urgentemente un lavado, abrió de un empujón una puerta maciza en la tercera planta y le entregó una pesada llave de metal y el trozo de una vela encendida en un candelabro.

La chica parecía muerta de miedo, y Kate se dio cuenta de que no debía de tener más de catorce años.

Kate echó un vistazo a la habitación. De unos dos metros y medio por tres, parecía sacada de un albergue para personas sin hogar.

Peor, en realidad. Al menos los albergues contaban con personal de limpieza.

Aquella habitación lucía una alfombra manchada tejida con trapos y el polvo se había acumulado en todas las superficies.

—Me voy ya, señorita —dijo la chica mientras retrocedía hacia el pasillo.

—Pero ¿dónde está el baño? —soltó Kate antes de que la camarera pudiera bajar corriendo las escaleras.

Los ojos azules de la chica se abrieron como platos. Evidentemente, la noticia de la locura de Kate se había extendido con rapidez.

—¿Desea agua fresca ahora, señorita?

—Quiero decir, el… eh… retrete. El baño. ¿Dónde está el retrete?

Dios mío, ¿qué les pasa a todos aquí?

La chica frunció el ceño en lo que parecía una auténtica confusión. Pasó corriendo junto a Kate, metió la mano debajo de la cama y sacó un orinal de porcelana tapado que apestaba a orina desde diez pasos de distancia.

Kate se quedó mirándolo, horrorizada.

La chica huyó antes de que pudiera preguntarle nada más. El sonido de sus pasos bajando a toda prisa por las escaleras se desvaneció poco a poco.

Kate cerró la puerta de un empujón. Introdujo la pesada llave en la cerradura anticuada, la giró hasta oír que el pestillo encajaba y se encerró.

Dejó la vela sobre una mesa de madera llena de marcas y se dirigió a la cama, donde se sentó.

El hedor del orinal casi la asfixió, así que lo empujó de nuevo debajo de la cama con el pie.

Las sombras de la pequeña vela bailaban en las paredes. Una desolación plomiza se apoderó de ella, dejándole una sensación de malestar en lo más profundo del estómago. Nunca se había sentido tan sola. Algo iba desesperadamente mal. Y no le gustaba ninguna de las respuestas que no dejaban de surgir.

El colchón crujió bajo su peso. Al examinarlo, descubrió que estaba hecho de paja y olía a moho.

Una manta gruesa y de tejido tupido era lo único que cubría la arpillera que envolvía la paja.

Se puso de pie, cogió la vela y examinó las paredes de arriba abajo, todas menos aquella contra la que estaba apoyada la cama.

Y deseó no haberlo hecho. Encontró excrementos de ratón, suciedad acumulada durante años, telarañas, una especie de escarabajo grande y brillante y un pequeño esqueleto que probablemente pertenecía a un ratón desafortunado.

Lo que no encontró fueron enchufes eléctricos.

Ni interruptores. Ni detectores de humo.

Ni ningún indicio de métodos de construcción modernos.

—Vale. —Kate oyó el temblor en su voz y comprendió lo alterada que estaba. Siguió hablando en voz alta en un intento por calmarse—. Tengo que quitarme esta ropa mojada. Solo hay una manta…

La sacudió y determinó que no era lo suficientemente ancha como para envolverse en ella.

—¡Por todos los santos! No voy a tumbarme desnuda en ese colchón. Solo Dios sabe qué clase de alimañas viven ahí…

Un ligero golpe en la puerta interrumpió su monólogo.

—¿Kate?

Reconoció inmediatamente la voz de Lachlan.

—¿Qué ocurre?

—Solo quería preguntarte si necesitas algo más antes de que yo mismo me vaya a la cama.

Kate miró la manta.

—Sí. ¿Puede traerme otra manta?

—Si no encuentro ninguna, te daré la mía.

Antes de que ella pudiera protestar, sus pasos se alejaron por el pasillo. Al cabo de unos minutos, volvió a llamar a la puerta.

Kate cogió la llave de la mesa de madera y la giró en la cerradura. En cuanto abrió, Lachlan le entregó una manta cuidadosamente doblada.

—Cierra con llave cuando yo me vaya. Vendré a recogerte por la mañana.

—Espere.

Kate le agarró del brazo con la mano que no sostenía la manta antes de ser plenamente consciente de lo que hacía. Lachlan bajó la mirada hacia sus dedos y después volvió a mirarla a los ojos.

Algo brotó en su mirada. Comprensión. Compasión. Con delicadeza, le separó los dedos del brazo.

—¿Te apetece un trago, muchacha? Para ayudarte a dormir.

El calor le inundó el rostro y Kate retiró la mano de un tirón. No sabía por qué lo había detenido. Tal vez porque, por extraño que fuera, Lachlan era la única persona que conocía en aquel lugar y desde que lo había encontrado en el páramo no había hecho otra cosa que intentar ayudarla.

—No. Estaré bien.

Lachlan la observó un instante y finalmente asintió.

—Buenas noches, Kate.

—Buenas noches, MacLaren.

Kate cerró la puerta con llave y permaneció unos segundos inmóvil, aferrada a la manta, mientras escuchaba cómo sus pasos se alejaban por el pasillo.

Por extraño que fuera aquel hombre, su presencia había conseguido que se sintiera un poco menos sola.

Dejó de darle vueltas al asunto, se quitó la chaqueta empapada y luego las capas de ropa que llevaba debajo. Una vez que terminó de colgar las cosas en ganchos y clavos, su pequeña habitación bajo las vigas parecía una tienda de material de montaña, aunque rústica.

Tras colocar las dos mantas, se metió entre ellas.

Entonces se acordó de su móvil.

Maldiciéndose por no haber pensado en ello antes, se acercó de puntillas hasta donde había dejado su pequeña mochila y rebuscó el iPhone. Cuando lo encontró, gimió. La funda y el teléfono estaban mojados. Pulsó el botón lateral. Nada. Volvió a intentarlo. La pantalla permaneció negra.

—Genial. Simplemente genial.

Probablemente la batería se había agotado después de tantas horas buscando cobertura. O quizá aquella extraña tormenta había tenido algo que ver. De cualquier modo, allí no había un cargador. Ni un enchufe donde conectarlo. Ni siquiera electricidad.

Volvió la mochila boca abajo y esparció su escaso contenido sobre el áspero suelo de madera para que tuviera la oportunidad de secarse. Después apagó la vela que se consumía y volvió a meterse en la cama.

La parte analítica de su mente quería darle sentido a lo que había sucedido. Si no supiera que era imposible, parecería como si de repente hubiera aparecido en la Escocia de los siglos XVII o XVIII.

—Imposible —murmuró—. Tiene que haber una explicación mejor.

Sí, pero ¿cuál?

—No tengo ni la más mínima idea —se respondió a sí misma en voz alta—. Y si intento averiguarlo esta noche, más vale que me despida del sueño.

Sin embargo, le costó bastante tiempo desconectar la mente y entrar en calor lo suficiente como para quedarse finalmente dormida.