Para siempre Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Durante los primeros minutos ninguno habló.

Kate agradeció el silencio, que le permitía concentrarse en seguirlo sin hundirse en el barro y, al mismo tiempo, observarlo con cierta discreción.

Lachlan se movía por aquel terreno con una facilidad irritante, como si conociera cada piedra y cada tramo de suelo firme bajo el agua.

En más de una ocasión cambió de dirección sin que Kate pudiera distinguir sendero alguno.

Tuvo que reconocer que sola jamás habría encontrado aquel camino.

Lachlan también la observaba, aunque con bastante menos disimulo. Seguía intentando decidir qué hacer con aquella extraña Cameron. Pero había algo más que curiosidad en la frecuencia con que su mirada regresaba a ella, y aquello le resultaba bastante menos fácil de justificar.

Continuaron avanzando mientras la lluvia golpeaba el páramo y la niebla se cerraba a su alrededor.

Kate señaló con la barbilla el plaid de Lachlan.

—¿No tiene frío con eso?

Él miró su ropa como si la pregunta careciera de sentido.

—No.

—Claro, —soltó resignada. Hablar con ese hombre era casi tan agotador como seguirlo.

Continuaron avanzando y, tras unos minutos de silencio, Lachlan se volvió hacía ella.

—Has dicho que tu familia está en... —Lachlan vaciló.

—Estados Unidos. —Contestó ella, esforzándose para no caer de bruces contra el barro.

—Y que estás alojada en Inverness.

—Sí.

—¿Sola?

—¿Otra vez con eso? —preguntó Kate tras un suspiro de agotamiento.

—Es una pregunta razonable.

—En mi mundo, no tanto.

El desconcierto con que Lachlan volvió la cabeza hacia ella hizo que Kate comprendiera cómo había sonado lo que acababa de decir.

—Quiero decir de donde yo vengo —se apresuró a aclarar.

—¿Y de dónde vienes exactamente?

—De Seattle.

La respuesta no pareció aclararle nada.

—Washington.

Seguía igual.

—Estados Unidos.

—Ah.

Kate no estaba convencida de que aquel «ah» significara absolutamente nada.

—No es muy bueno en geografía, ¿verdad?

—Conozco perfectamente las tierras que necesito conocer.

—Eso suena muy tranquilizador.

La niebla se espesó mientras caminaban y la lluvia volvió a cobrar fuerza.

Kate empezó a perder sensibilidad en los dedos.

Pensó en sus padres y en lo que ocurriría si no conseguía regresar aquella noche.

Nadie sabía exactamente dónde había ido.

La posibilidad de que pasaran horas sin que nadie supiera siquiera dónde empezar a buscarla consiguió que el extraño paseo dejara de tener cualquier atisbo de aventura.

—MacLaren.

Él se volvió inmediatamente.

—¿Qué ocurre?

—¿Está seguro de que vamos hacia Inverness?

—Sí.

La seguridad de la respuesta logró tranquilizarla un poco y Kate aceleró el paso para mantenerse a su altura.

Al cabo de un rato, unas luces comenzaron a distinguirse entre la niebla.

Kate sintió que la tensión acumulada durante las últimas horas empezaba por fin a aflojarse.

Esta vez sí se acercaban. En unos minutos estaría a cubierto.

Encontraría un teléfono, pediría un taxi y volvería al apartamento.

Después decidiría qué hacer con Brandon, con Escocia y con el resto de su vida.

Todo podía esperar hasta que estuviera seca.

El camino comenzó a ensancharse y Kate apretó el paso, animada por la proximidad de las luces. Sin embargo, a medida que la niebla dejaba entrever lo que había más allá, su alivio empezó a desvanecerse.

Las luces tampoco procedían de farolas eléctricas. A medida que se acercaban, Kate distinguió el resplandor irregular de las llamas dentro de unos faroles que proyectaban sombras temblorosas sobre las fachadas.

Redujo el paso, desconcertada. Un hombre pasó junto a ellos llevando uno de aquellos faroles en la mano y Kate lo siguió con la mirada.

Vestía de una forma parecida a Lachlan, con prendas que parecían pertenecer a otra época, pero nadie le prestaba la menor atención.

Más adelante distinguió otras figuras vestidas de manera similar y un caballo avanzaba por mitad de la calle tirando de un carro, con el sonido de los cascos mezclándose con el traqueteo de las ruedas sobre el suelo embarrado.

Kate miró lentamente a su alrededor. Esperaba encontrar algo que rompiera aquella ilusión: un coche aparcado, un cartel, una farola, cualquier detalle moderno que le confirmara que aquello era alguna clase de recreación histórica. No vio nada.

—¿Qué es esto?

Lachlan se volvió hacia ella, sorprendido por la pregunta.

—Inverness.

Kate soltó una breve risa de incredulidad.

—No. En serio.

La sorpresa de Lachlan se convirtió en desconcierto.

—Es Inverness.

El cansancio y el frío habían reducido considerablemente su paciencia y aquella respuesta terminó de agotarla. Llevaba horas intentando regresar a una ciudad que conocía y aquel lugar no se parecía en nada a ella.

—¿Dónde está la ciudad?

Lachlan frunció el ceño, como si empezara a preguntarse si era ella quien había perdido el juicio.

—Estás en ella.

Kate volvió a mirar a su alrededor, esta vez con más atención.

Los edificios, el barro de la calle, los faroles, el carro que se alejaba entre la niebla...

Todo encajaba entre sí con una perfección inquietante.

No había visto cables, coches, señales de tráfico ni una sola luz eléctrica.

Ni siquiera las personas que caminaban por las calles parecían estar interpretando un papel.

Aquello no podía ser Inverness.

Y, sin embargo, empezaron a regresar a su mente todas las rarezas de las últimas horas: la ropa de Lachlan, su desconocimiento de Beauly y de Estados Unidos, su incomprensión ante un Uber, aquella insistencia en saber a qué familia pertenecía y su sorpresa ante la idea de que una mujer viajara sola.

Por separado, cada detalle había resultado extraño. Juntos empezaban a formar algo que Kate se negó a contemplar.

Tenía que existir otra explicación, una que no desafiara todo lo que sabía sobre el mundo. Estaba agotada, empapada y muerta de frío; probablemente se encontraba en algún lugar que no reconocía y el cansancio estaba haciendo el resto.

Eso era todo.

Y pensaba demostrarlo.