Para siempre Capítulo 2
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Capítulo 2

K ate se volvió tan deprisa que estuvo a punto de perder el equilibrio sobre el terreno embarrado.

Durante un instante solo distinguió una silueta entre la niebla. Un hombre avanzaba hacia ella por el páramo y el alivio fue tan intenso que casi le fallaron las piernas. Después de horas sin encontrar a nadie, poco importaba quién fuera o por qué demonios había aparecido allí.

—Gracias a Dios —murmuró.

El desconocido se detuvo a unos pasos de distancia.

Era alto. Mucho. Llevaba una especie de plaid sujeto alrededor del cuerpo y unas botas de cuero que parecían haber conocido tiempos mejores. El cabello oscuro, empapado por la lluvia, le caía muy por debajo de los hombros.

Kate tuvo que reconocer que no era exactamente el aspecto que esperaba encontrar en un excursionista.

Él tampoco parecía saber muy bien qué hacer con ella. La observaba con una mezcla de cautela y desconcierto que habría resultado casi cómica de no estar Kate helada, empapada y perdida en mitad de ninguna parte.

—¿Estás solo? —preguntó.

Kate parpadeó.

—No. Bueno, sí. Pero necesito ayuda. Me he perdido.

El hombre se acercó un poco más y, al hacerlo, su expresión cambió.

—Eres una mujer.

Kate lo miró fijamente.

—Sí.

Los ojos de él recorrieron su rostro, como si necesitara confirmar el descubrimiento.

—Creí que eras un muchacho.

—Ya me había dado cuenta.

Una sombra de desconcierto cruzó sus facciones.

—¿Viajas sola?

—Sí.

Él volvió a mirarla de arriba abajo.

Kate esperó.

—¿Entonces?

El desconocido bajó la mirada hacia sus pantalones y se quedó observándolos con un desconcierto que empezó a incomodarla.

Kate siguió la dirección de sus ojos.

¿Se le habría roto algo al caer? Se pasó una mano por la parte trasera del pantalón y después comprobó discretamente la cremallera. Todo parecía estar en su sitio, aparte del barro.

Cuando levantó de nuevo la cabeza, él seguía mirándola.

—¿Hay algún problema?

—Llevas calzas de hombre.

Kate volvió a mirar sus pantalones.

—Son pantalones.

—Eso he dicho.

—No, no ha dicho eso.

Él pareció tan desconcertado por la respuesta como ella por la conversación.

Kate decidió que no tenía tiempo para averiguar qué demonios le ocurría.

—Da igual. ¿Puede llevarme hasta Beauly?

—No conozco ese lugar.

El alivio de Kate disminuyó un poco.

—Está cerca de Inverness —aclaró, sin comprender cómo un lugareño podía desconocer un lugar tan cercano.

—Conozco Inverness.

—Estupendo. Entonces, si puede indicarme cómo llegar...

Él volvió a mirar alrededor.

—¿Pretendes ir caminando?

Exasperada por sus interrupciones y por aquella conversación que parecía no conducir a ninguna parte, Kate recurrió al tono irónico que reservaba para los desconocidos que se ponían chulos con ella en una discoteca.

—Preferiría pedir un Uber, pero para eso necesitaría cobertura y un teléfono que funcione.

La expresión del desconocido no cambió, aunque sus ojos se entrecerraron ligeramente.

Kate esperó.

—¿Un... Uber? —repitió él al fin.

—Sí. Un coche.

La aclaración no pareció servir de nada. El hombre continuó mirándola con la misma expresión con que podría haberla observado si acabara de inventarse la palabra.

Kate empezó a perder la paciencia.

—¿Hay alguna carretera cerca?

—Hay un camino.

—Me vale.

Él guardó silencio durante unos segundos.

—¿Y tu caballo?

Kate lo miró como si acabara de preguntarle dónde había dejado el dragón.

—No tengo caballo.

La respuesta pareció desconcertarlo todavía más.

—¿Has venido hasta aquí a pie?

—Sí.

—¿Desde Inverness?

Kate vaciló.

—Más o menos.

—¿Más o menos?

La paciencia terminó de abandonarla.

—He estado caminando durante horas, me ha sorprendido una tormenta, me he perdido y no sé exactamente dónde estoy.

Mi reloj ha dejado de funcionar, mi teléfono también y llevo no sé cuánto tiempo intentando encontrar un lugar donde pedir ayuda.

—Señaló el páramo con una mano—. Así que no, no puedo decirle exactamente desde dónde he venido.

Lo único que sé es que quiero llegar a Beauly y que usted no sabe dónde está.

Pero conoce Inverness, así que ¿podríamos centrarnos en cómo demonios llego hasta allí?

El hombre la observó durante unos segundos. Kate esperaba otra pregunta, pero algo en su expresión se suavizó.

—¿Cómo te llamas?

El cambio de tono sorprendió a Kate. No esperaba que cediera tan fácilmente; no parecía la clase de hombre que acostumbrara a hacerlo. Sin embargo, aquella inesperada suavidad logró disipar parte de su impaciencia y hacer que bajara un poco la guardia.

—Kate.

Él esperó, como si aquello no fuera suficiente y, tras un suspiro, ella añadió:

—Kate Cameron.

El apellido pareció resultarle familiar y parte de la cautela desapareció de su expresión.

—¿Cameron, eh? —preguntó, alzando una ceja—. ¿De qué rama?

Kate ladeó ligeramente la cabeza.

—¿Rama?

Los ojos de él se abrieron con sorpresa. Por su expresión, Kate habría jurado que acababa de preguntarle qué era un Cameron.

—¿Quién es tu padre? —aclaró.

—Eso es un poco personal.

La respuesta volvió a sorprenderlo, aunque esta vez algo parecido a la diversión asomó a sus ojos.

Kate sostuvo su mirada y, por primera vez desde que lo había encontrado, fue plenamente consciente de lo cerca que estaban.

Él también pareció advertirlo. Sus ojos descendieron fugazmente hacia su boca antes de regresar a los de ella.

—Intento averiguar quiénes son los tuyos para llevarte con ellos —dijo, con la voz algo más baja.

Kate estuvo a punto de responder que podía llevarse sola con «los suyos», pero se contuvo. Por extraño que fuera aquel hombre, acababa de ofrecerse a ayudarla y discutir con él no iba a acercarla a Inverness.

Además, ahora que había dejado de mirarlo como si fuera un obstáculo entre ella y una ducha caliente, tuvo ocasión de fijarse realmente en él.

Sus ojos eran de un verde sorprendentemente claro, salpicados de pequeñas motas doradas alrededor de las pupilas.

El cabello oscuro y empapado le caía muy por debajo de los hombros y la barba incipiente endurecía unos rasgos que, pese a todo aquel aspecto salvaje, resultaban extraordinariamente atractivos.

Magnífico.

Como si no tuviera suficientes problemas.

—No pertenezco a nadie.

La respuesta lo desconcertó. Lachlan frunció ligeramente el ceño hasta que creyó comprender por qué se había molestado. Estaba soltera y, al parecer, aquel era un tema delicado para la muchacha.

—No pretendía ofenderte —dijo, y una chispa de diversión apareció en sus ojos.

En su clan, una mujer tan hermosa no habría tardado en encontrar marido, pero quizá el genio de la muchacha había ahuyentado a más de un pretendiente. La idea le hizo gracia y, para su sorpresa, descubrió que a él no le molestaba en absoluto que fuera tan atrevida y descarada.

—Pues está haciendo un trabajo estupendo —replicó Kate, arqueando una ceja.

Esta vez él no consiguió ocultar del todo la sonrisa, pero se desvaneció cuando reparó en que estaba temblando.

—Pregunto por tu familia porque, si eres una Cameron, alguien debe de estar buscándote.

La irritación de Kate se desvaneció un poco. Expresado de aquel modo, tenía más sentido.

—Mis padres están en Estados Unidos. Nadie me está buscando porque nadie sabe que me he perdido.

Él frunció el ceño.

—No conozco ese lugar.

Kate lo observó durante unos segundos.

—¿Estados Unidos?

—No.

Aquello ya era demasiado.

Miró otra vez su ropa, el pelo larguísimo, las botas de cuero y aquella especie de kilt que parecía salido directamente de una película histórica. De pronto, todas aquellas rarezas encontraron una explicación bastante más razonable.

—Espere. ¿Está participando en alguna recreación?

Él la miró sin comprender.

—No sé qué significa eso.

Kate cerró los ojos durante un instante. Cada respuesta de aquel hombre parecía plantearle dos preguntas nuevas.

Lachlan, por su parte, empezaba a convencerse de que algo no iba bien.

La muchacha afirmaba ser una Cameron, pero no sabía decirle de qué rama procedía; hablaba de lugares que él jamás había oído nombrar y utilizaba palabras cuyo significado se le escapaba.

Podría haberse golpeado la cabeza o quizá el frío y el cansancio la hubieran confundido.

Fuera cual fuese la explicación, estaba sola, empapada y empezaba a tiritar con tanta fuerza que ya no podía ignorarlo.

Kate se estremeció. La ropa empapada se le pegaba al cuerpo y, ahora que llevaba unos minutos quieta, el frío parecía haberse intensificado. Se abrazó a sí misma en un intento inútil por entrar en calor.

La mirada de Lachlan descendió hacia sus brazos.

—Estás temblando.

—Llevo horas bajo la lluvia.

—Y pronto oscurecerá.

—También me había dado cuenta.

Él la observó unos instantes, como si terminara de tomar una decisión.

—Ven conmigo.

—¿Adónde? —preguntó Kate sin moverse.

—A Inverness.

El alivio fue tan inmediato que por un instante Kate olvidó hasta el frío.

—¿Cuánto hay?

Lachlan miró hacia el camino y después a ella, deteniéndose de nuevo en su ropa empapada.

—A pie, todavía tenemos camino.

—¿Tenemos?

Una leve sonrisa volvió a asomar a sus labios.

—No voy a dejarte aquí sola.

Lo dijo como si no existiera ninguna otra posibilidad.

Kate lo observó con mayor atención. Seguía sin saber qué pensar de él, pero había algo extrañamente tranquilizador en la naturalidad con que acababa de asumir que debía ayudarla.

—¿Cómo se llama?

El hombre inclinó ligeramente la cabeza.

—Lachlan MacLaren.

—Bien, MacLaren. Yo lo sigo y usted me lleva a Inverness. Sin desvíos raros, sin sorpresas y sin asesinarme por el camino.

Él frunció el ceño.

—¿Por qué iba a asesinarte?

Lo dijo con tanta naturalidad, que Kate lo miró desconcertada.

—Era una broma.

—Pues es una broma muy extraña, muchacha.

Kate dejó escapar un suspiro.

—Va a ser un viaje muy largo.

Lachlan empezó a caminar y Kate lo siguió. La situación era absurda: acababa de ponerse en manos de un desconocido vestido como si el siglo XVIII no hubiera terminado nunca y, sin embargo, lo único que sentía era alivio por no tener que continuar vagando sola por aquel páramo.