Capítulo 1
K ate tiró de los cordones de la capucha hasta que apenas quedó una abertura por la que pudiera ver. No sirvió de mucho. La lluvia caía casi horizontal, impulsada por un viento que parecía empeñado en encontrar cualquier resquicio entre su ropa y su piel.
De todos modos, ya estaba empapada.
Se obligó a acelerar el paso. La luz empezaba a desaparecer y llevaba demasiado tiempo sin cruzarse con nadie.
Ni excursionistas, ni coches en la distancia, ni siquiera una de aquellas casas aisladas que había visto al principio de la caminata.
Solo montañas, niebla, brezo y ovejas que parecían observarla con bastante más tranquilidad de la que ella sentía.
Tropezó y el pie derecho se hundió en un agujero oculto bajo el agua.
—¡Joder!
Lo sacó de un tirón y consiguió recuperar el equilibrio antes de caer de rodillas. El barro adherido a la bota pesaba como si hubiera decidido llevarse media Escocia pegada a la pierna.
Salir a caminar le había parecido una buena idea unas horas antes.
Necesitaba aire y dejar de mirar el teléfono esperando un mensaje de Brandon que probablemente no llegaría y, sobre todo, necesitaba decidir qué demonios iba a hacer con el desastre en que se había convertido aquel viaje.
Ahora habría dado cualquier cosa por estar de vuelta en el apartamento de Inverness, aunque eso significara encontrarse allí a Brandon.
Bueno, quizá cualquier cosa no.
Un destello iluminó las montañas e instintivamente Kate levantó la cabeza.
El trueno llegó casi inmediatamente después, profundo y violento, y el sonido pareció propagarse por el valle hasta hacer vibrar el suelo bajo sus botas.
—Perfecto. Lo que me faltaba.
Siguió caminando, pero algo había cambiado.
No sabía explicar qué era; solo que podía sentirlo sobre la piel.
El aire parecía más pesado, cargado de una electricidad que le erizaba el vello de los brazos incluso bajo la ropa mojada.
Había algo extraño en aquella tormenta, algo que no tenía nada que ver con la lluvia ni con el hecho de estar sola y perdida en mitad de las Highlands.
No seas ridícula.
Un nuevo relámpago rasgó el cielo y, esta vez, no cayó sobre las montañas, sino sobre el terreno a su izquierda.
Kate se detuvo y contempló durante unos segundos el lugar del impacto. Estaba demasiado cerca. Muchísimo más cerca de lo que debería.
—Vale...
Otro relámpago descendió frente a ella. El estallido la hizo encogerse y llevarse las manos a los oídos mientras retrocedía instintivamente, con el corazón golpeándole contra las costillas.
Aquello no tenía sentido. Había montañas por todas partes, cumbres, árboles, terrenos mucho más elevados. ¿Por qué demonios estaban cayendo los rayos allí abajo?
Un nuevo fogonazo iluminó el cielo y el rayo descargó a su derecha.
Kate giró bruscamente la cabeza hacia el punto donde había caído.
Primero a su izquierda. Después delante de ella. Ahora a su derecha.
—No me jodas.
Por primera vez desde que había empezado a llover sintió verdadero miedo.
Echó a andar con mayor rapidez, pero apenas había dado unos pasos cuando un relámpago cayó tan cerca que la luz blanca borró el mundo durante un segundo. Se detuvo, cegada, mientras el trueno le atravesaba el cuerpo.
El olor a tierra mojada se mezcló con otro más acre, casi metálico. El aire estaba tan cargado de electricidad que Kate podía sentirlo sobre la piel.
Respiró con dificultad y se obligó a permanecer quieta.
No sabía si correr sería una estupidez, ni si debía agacharse, tumbarse o ponerse a rezar.
Probablemente debería saber qué hacer durante una tormenta eléctrica, pero aquel conocimiento no figuraba entre las muchas cosas que su carísima educación le había proporcionado.
Otro relámpago cayó todavía más cerca.
Kate dio un respingo y una idea absurda se abrió paso entre el miedo y el desconcierto.
La tormenta está intentando matarme.
—Oh, por favor.
Incluso aterrorizada conseguía discutir consigo misma. Llevaba haciéndolo toda la vida y, en aquel momento, casi agradeció aquella costumbre. Mientras una parte de su cabeza siguiera burlándose de la otra, significaba que todavía no había perdido por completo los nervios.
Permaneció inmóvil, esperando el siguiente relámpago.
No llegó.
Los segundos transcurrieron y los truenos empezaron a escucharse cada vez más lejos. Con la misma brusquedad con que había comenzado, la actividad eléctrica parecía alejarse.
La lluvia, en cambio, no concedió tregua alguna.
Kate soltó lentamente el aire que no se había dado cuenta de que contenía.
—Pues muchas gracias.
Reanudó la marcha y, poco a poco, el miedo fue dejando paso a una mezcla mucho más familiar de cansancio y mal humor.
Tenía los pies helados, las piernas doloridas y agua en lugares donde hasta entonces habría jurado que era imposible que llegara la lluvia.
Para colmo, el barro adherido a las botas hacía que cada paso exigiera más esfuerzo que el anterior.
Miró el terreno que se extendía a un lado del sendero. Si recordaba bien el mapa, Beauly debía de quedar en aquella dirección. Cortar campo a través podría ahorrarle bastante camino.
Apenas había dado un paso cuando se hundió casi hasta la pantorrilla. El agua rebosó por encima de la bota y empapó el grueso calcetín de lana.
Kate soltó una maldición y retiró el pie de un tirón.
—Por supuesto.
El páramo se había convertido en una ciénaga. Durante las últimas semanas había descubierto que el paisaje escocés poseía una habilidad extraordinaria para parecer sólido justo hasta el momento en que una intentaba pisarlo.
Regresó al sendero y alzó la muñeca para consultar el smartwatch.
La pantalla estaba negra.
—No. No, no, no.
La tocó varias veces y, al no obtener respuesta, pulsó el botón lateral. Nada.
—Estupendo.
Estaba casi segura de haberlo cargado aquella mañana.
Podía haberse quedado sin batería, claro, aunque también era posible que le hubiera entrado agua o que la tormenta hubiera provocado algún fallo.
Fuera cual fuera la explicación, el maldito aparato había decidido morir precisamente cuando más lo necesitaba.
El móvil seguía dentro de la mochila.
Pensó en sacarlo, pero la lluvia la hizo desistir. Su iPhone podía resistir bastante agua; no tenía ninguna intención de averiguar si «bastante» incluía el diluvio universal.
Siguió adelante, preguntándose por enésima vez qué demonios hacía allí. Aquel viaje había sido una idea desastrosa.
Aunque no había empezado así, al principio estaba Brandon.
Kate hizo una mueca. Ese había sido precisamente el problema.
Lo había conocido en Seattle y había tardado muy poco en caer rendida ante su acento escocés, sus ojos azules y una sonrisa que debería haber llevado una advertencia impresa.
Era divertido, atractivo y sabía exactamente qué decir para hacerla sentir como si fuera la única mujer de la habitación.
Cuando empezó a hablar de regresar una temporada a Escocia, presentarle a su familia y pensar seriamente en un futuro juntos, Kate quiso creer que, por una vez, había encontrado a alguien que la quería simplemente por ser ella.
Debería haber aprendido ya a desconfiar de los hombres que parecían demasiado perfectos.
Nada más aterrizar en Escocia, Brandon había empezado a cambiar.
Siempre había un amigo al que ver, una noche de copas, una excursión o una escalada para la que, curiosamente, Kate nunca estaba invitada.
Después de mes y medio, seguía sin conocer a la familia que él había tenido tanta prisa por presentarle y había pasado más noches sola que acompañada.
Y hacía días que ni siquiera sabía dónde estaba.
Lo peor era que Kate ya conocía aquella sensación. La duda sobre si un hombre la quería a ella o todo lo que acompañaba a su apellido había arruinado demasiadas relaciones como para no reconocerla.
Había creído que Brandon era diferente.
Evidentemente, su instinto para los hombres seguía siendo una mierda.
La última discusión había terminado con Brandon saliendo del apartamento y dando un portazo. Desde entonces no había vuelto a verlo y Kate ni siquiera sabía si seguían juntos. A esas alturas, tampoco estaba segura de que le importara.
Lo que sí sabía era que estaba harta de esperar a que él decidiera por los dos.
En cuanto regresara a Inverness, haría la maleta, buscaría un vuelo y volvería a casa.
La idea le produjo una punzada inesperada.
Seattle. Sus padres. Su vida. Todo aquello de lo que había querido alejarse durante unos meses para ser simplemente Kate y no una Cameron, con todo lo que implicaba llevar aquel apellido.
Su madre tendría mucho que decir cuando regresara. Probablemente empezaría por recordarle que jamás le había gustado Brandon.
Kate resopló.
—Y no pienso reconocer que tenías razón.
El viento se llevó sus palabras.
Por primera vez desde que había llegado a Escocia, la idea de volver a Estados Unidos no le pareció una derrota. Había querido demostrar que podía construir su propia vida sin que su familia, su apellido o Cameron Whiskey decidieran por ella. Regresar no tenía por qué significar renunciar a eso.
Aunque podía ocuparse de sus crisis existenciales cuando dejara de correr peligro de morir de hipotermia.
Escudriñó la niebla y solo vio ovejas.
—¿No tenéis casa?
Una de ellas la observó mientras masticaba con absoluta indiferencia.
—Una pregunta estúpida. Claro que tenéis casa. La que no sabe dónde está soy yo.
Continuó caminando.
La lluvia comenzaba a perder intensidad, aunque el cielo seguía cubierto por nubes tan oscuras que resultaba difícil calcular cuánto faltaba para que anocheciera. Kate volvió a mirar instintivamente el reloj muerto y maldijo por lo bajo.
Entonces vio unas luces.
Se detuvo y parpadeó para apartar el agua de las pestañas. Allí estaban: varias luces amarillentas brillaban a través de la niebla.
—Beauly.
Tenía que serlo.
El alivio le dio nuevas fuerzas y aceleró el paso.
Por primera vez en horas dejó de importarle el barro que se adhería a las botas o el agua que le corría por la espalda.
En cuanto llegara podría entrar en algún pub, secarse, pedir ayuda y averiguar cómo regresar a Inverness. Quizá incluso conseguiría un taxi.
La idea de un coche con calefacción le pareció casi erótica.
Caminó durante varios minutos antes de darse cuenta de que las luces seguían exactamente en el mismo lugar.
Kate redujo el paso y miró hacia atrás, tratando de calcular la distancia que había recorrido. La niebla podía engañar a la vista y estaba agotada. Eso era todo.
Continuó avanzando.
Pasaron otros cinco minutos, quizá más, y las luces seguían allí, suspendidas entre la niebla, sin parecer ni un poco más cerca.
Kate frunció el ceño. Por mucho que la niebla distorsionara las distancias, a aquellas alturas debería haber avanzado algo hacia ellas.
Kate se quitó la mochila y se agachó sobre ella, intentando protegerla con el cuerpo mientras abría la cremallera y sacaba el móvil. La pantalla estaba húmeda a pesar de todo.
Pulsó el botón lateral y se encendió.
—Gracias a Dios.
El alivio duró poco. No tenía cobertura. Ni una sola barra.
Abrió el mapa y esperó a que apareciera su ubicación. El punto surgió durante un instante, parpadeó y desapareció.
—Vamos...
Esperó unos segundos y volvió a intentarlo, pero el mapa no conseguía situarla. Entonces la pantalla se quedó inmóvil y el teléfono se reinició sin que ella hubiera tocado nada.
Kate frunció el ceño.
Eso sí era extraño.
Esperó mientras aparecía el logotipo de inicio. Cuando el teléfono volvió a encenderse, la hora apenas llegó a mostrarse antes de que la pantalla parpadeara y se apagara.
—No te atrevas.
Presionó el botón lateral. Nada. Volvió a intentarlo, esta vez manteniéndolo pulsado durante varios segundos, pero el teléfono no respondió.
Kate se quedó mirando la pantalla negra.
Primero el reloj. Ahora el teléfono.
Recordó el aire electrificado, los relámpagos cayendo a su alrededor, aquella sensación absurda de que la tormenta se había concentrado precisamente donde ella estaba.
Un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío le recorrió la espalda. Guardó el móvil en la mochila e intentó convencerse de que ambos aparatos se habían estropeado por culpa de la tormenta.
—Ha sido eso. Ya está.
La explicación era perfectamente razonable, aunque no consiguió tranquilizarla demasiado.
Se incorporó y buscó de nuevo las luces que había estado siguiendo. Tardó unos segundos en comprender que ya no estaban allí.
—No...
El corazón empezó a latirle más deprisa.
—No es posible. Aunque... quizá estén más adelante y la niebla las oculte.
Se aferró a aquella explicación y reanudó la marcha. Sin embargo, faltaba algo, y Kate tardó unos instantes en descubrir qué era.
El ruido.
Se detuvo y prestó atención a los sonidos que la rodeaban. Solo escuchó el viento deslizándose entre el brezo, el agua que caía de la vegetación y, a lo lejos, el balido de alguna oveja.
Nada más.
Ni el rumor de un coche circulando por una carretera cercana, ni un avión atravesando el cielo, ni ninguno de esos sonidos casi imperceptibles a los que nunca había prestado atención porque siempre habían formado parte del mundo.
Por primera vez desde que había comenzado la tormenta, Kate tuvo la inquietante sensación de estar completamente sola.
Tenía que haber una carretera cerca, una casa, una granja... cualquier cosa que le permitiera orientarse y salir de allí. Se obligó a continuar, concentrándose en el terreno que tenía delante mientras intentaba ignorar aquella inquietante sensación de aislamiento.
Entonces, una voz grave surgió de la niebla a su espalda.
—¿Qué haces aquí solo, muchacho?