Prólogo #3
Lachlan quiso protestar, pero conocía demasiado bien a su esposa para fingir que no entendía lo que estaba diciendo.
Elspeth había sido quien lo había obligado a descubrir que existía una vida más allá de las responsabilidades que había asumido desde muy joven.
Con ella había aprendido a reír con más frecuencia, a desear regresar al castillo no porque fuera su hogar, sino porque ella lo esperaba allí.
Pretender que nada cambiaría cuando la perdiera habría sido mentirle a ambos.
—No habrá otra mujer, Elspeth.
Ella guardó silencio unos instantes mientras acariciaba lentamente el dorso de su mano.
—Ahora dices eso.
—Y lo seguiré diciendo dentro de veinte años.
—Espero que no.
Lachlan la miró, incapaz de comprender cómo podía pedirle algo semejante mientras aún la sostenía entre sus brazos.
—¿De verdad pretendes que me case con otra mujer?
—Pretendo que no rechaces la posibilidad de ser feliz si algún día vuelve a presentarse.
—No quiero a nadie más.
—Porque todavía me tienes a mí.
Lachlan no encontró respuesta. Elspeth lo observó con una ternura que hizo todavía más difícil soportar aquella conversación.
—Me has amado bien, Lachlan. Mucho mejor de lo que jamás habría imaginado que alguien pudiera amarme.
Me has hecho feliz incluso en los momentos en que creíamos que el dolor por nuestros hijos acabaría con nosotros.
No necesito que pases el resto de tu vida solo para demostrarme que ese amor era verdadero. Ya lo sé.
—No sería por demostrarte nada.
—Entonces no lo hagas por mí. —Elspeth apretó débilmente sus dedos—. Vive. Y si algún día conoces a una mujer capaz de hacerte feliz, no te sientas culpable por amarla. No pensaré que me has olvidado ni que lo que tuvimos significó menos para ti.
Lachlan apartó la mirada. Podía escuchar aquellas palabras, pero no imaginar la vida que Elspeth estaba describiendo. Mucho menos a otra mujer ocupando un lugar que, para él, solo podía pertenecerle a ella.
—Y si llegan los hijos que nosotros no pudimos tener —continuó Elspeth—, quiérelos por los dos. Llena este castillo de niños. Enséñales a montar, cuéntales todas esas historias interminables que tanto te gustan y discute con ellos cuando descubras que han heredado tu testarudez.
—No quiero tener hijos con otra mujer.
—Ahora no.
—Nunca. —Negó con rotundidad, al negarse a esa posibilidad.
Elspeth esbozó una sonrisa.
—No te pediré que me prometas algo que ahora mismo eres incapaz de concebir. Solo quiero que, si algún día sucede, no cierres esa puerta por creer que me debes fidelidad a mí.
Lachlan bajó los ojos hacia sus manos entrelazadas. Prometerle aquello habría significado aceptar un mundo en el que Elspeth ya no existía, y en ese momento era incapaz de imaginar siquiera la mañana siguiente sin ella.
Elspeth pareció comprenderlo porque no volvió a insistir.
—Está bien —murmuró—. Ya discutiré contigo por esto más adelante.
Lachlan volvió la mirada hacia ella.
—¿Más adelante?
Una chispa familiar iluminó los ojos plateados de Elspeth.
—No pensarás librarte de mí con tanta facilidad.
La ocurrencia dibujó en el rostro de Lachlan un atisbo de sonrisa, ahogada casi de inmediato por la emoción.
—Eres capaz de regresar de entre los muertos solo para seguir dándome órdenes.
—Naturalmente. Soy irlandesa.
La respuesta consiguió ensanchar apenas la sonrisa de Lachlan y Elspeth dejó escapar una risa débil, apenas un murmullo.
Durante unos segundos, consiguieron apartar de aquella habitación todo lo demás: el hijo que acababan de perder, el miedo, el dolor y la muerte que ambos sabían demasiado cerca.
Volvían a ser simplemente Elspeth y Lachlan, como tantas veces durante los seis años que habían compartido.
Ella se acomodó de nuevo contra su pecho y permaneció allí unos instantes antes de hablar.
—Estoy cansada.
Al escucharla Lachlan la estrechó un poco más contra sí, estaba llegando el momento de separase de ella y cada fibra de su ser le decía que no estaba preparado.
—Entonces descansa . —Tuvo que esforzarse para que cada palabra saliera de su boca.
Hubo un breve silencio antes de que Elspeth pronunciara las palabras que él se había negado a prometerle.
—Sé feliz, Lachlan.
Él cerró los ojos y no respondió. No podía hacerlo. Decirle que sería feliz significaba aceptar que habría una vida después de ella, y todavía era incapaz de concebirla.
Al cabo de unos instantes, Elspeth respiró profundamente. Lachlan permaneció inmóvil, escuchándola, hasta que llegó una segunda respiración, más débil que la anterior. Esperó la siguiente y, cuando tardó demasiado, bajó la mirada hacia ella.
—Elspeth...
Una última bocanada de aire escapó de sus labios, tan leve que apenas la sintió contra el pecho.
Lachlan esperó, pero Elspeth no volvió a respirar.
Durante unos segundos no hizo nada. La contempló con los ojos cerrados y el rostro sereno, buscando en ella algún movimiento, cualquier señal que demostrara que se equivocaba. Después la estrechó contra sí.
—Elspeth.
La había perdido.