Prólogo #2
—No hay tiempo, Lachlan.
Él se quedó inmóvil. Había algo en la expresión de Elspeth que no había visto hasta entonces, una certeza serena que contrastaba de forma aterradora con su propia necesidad de encontrar una solución.
—¿Qué quieres decir?
Elspeth sostuvo su mirada y Lachlan comprendió lo que ella no se atrevía a decirle. No necesitó recurrir a sus dones para saberlo. Conocía demasiado bien a la mujer que tenía delante y nunca había visto en sus ojos aquella mezcla de tristeza, temor y resignación.
—No.
Se inclinó sobre ella y apoyó una mano en su vientre antes de cerrar los ojos y dejar que su poder fluyera. La magia respondió de inmediato, extendiéndose por el cuerpo de Elspeth en busca del origen de aquella debilidad que se llevaba poco a poco su vida.
Entonces percibió la magnitud del daño que había causado el parto.
Había perdido demasiada sangre y su cuerpo estaba exhausto, pero Lachlan se negó a aceptar que no pudiera hacer nada.
Había cerrado heridas que parecían mortales y devuelto la fuerza a hombres que todos daban por perdidos.
Elspeth era su esposa. La mujer a la que amaba. Tenía que haber una forma de salvarla.
Concentró más poder bajo la palma, intentando sanar el daño, contener la pérdida de sangre y devolverle al cuerpo la fuerza necesaria para luchar.
—Lachlan... —murmuró ella.
Él no abrió los ojos.
—No malgastes tus fuerzas. Los dos sabemos que no servirá de nada.
—Cállate y déjame intentarlo.
—Siempre imaginé que, si algún día tenías que despedirte de mí, encontrarías palabras un poco más hermosas.
Lachlan abrió los ojos. Elspeth estaba sonriendo, y aquella sonrisa, tan propia de ella incluso en un momento como aquel, estuvo a punto de acabar con el poco dominio que aún conservaba.
—No voy a despedirme de ti.
—Lachlan...
—No.
Elspeth levantó una mano y la apoyó sobre la que él mantenía en su vientre.
—Acércate a mí.
Él negó con la cabeza, empeñado todavía en continuar, hasta que los dedos de ella se cerraron débilmente alrededor de los suyos.
—Por favor.
Elspeth rara vez le pedía nada de aquella manera. Lachlan permaneció unos instantes inmóvil, dividido entre la necesidad de seguir luchando y la certeza de que ella necesitaba algo de él que ninguna magia podía darle. Finalmente dejó que el poder se extinguiera, retiró la mano y se sentó a su lado.
Elspeth buscó sus dedos y los entrelazó con los suyos.
—Tengo miedo —confesó.
Lachlan la miró sin saber qué responder.
Elspeth siempre había afrontado las dificultades con una fortaleza que a veces conseguía exasperarlo.
La había visto soportar el dolor de cada pérdida, levantarse una y otra vez y encontrar fuerzas incluso para consolarlo a él cuando era ella quien más había sufrido.
Oírla admitir que tenía miedo hizo que comprendiera, con una claridad que no quería aceptar, que Elspeth sabía lo que estaba a punto de ocurrir.
Se inclinó y la tomó entre sus brazos.
—Estoy aquí contigo.
Elspeth se acurrucó contra su pecho y durante unos instantes permaneció en silencio.
—No quiero morir, Lachlan.
Él cerró los ojos y apoyó la mejilla sobre su cabello.
—No vas a morir.
—Los dos sabemos que sí.
—No. —La estrechó un poco más, como si pudiera retenerla de aquel modo—. No pienso aceptar eso.
Elspeth dejó escapar un suspiro y él sintió la humedad de sus lágrimas a través de la camisa.
—Necesito que me escuches.
Lachlan sabía lo que pretendía hacer y no quería permitírselo. Mientras ella no pronunciara aquellas palabras, mientras no se despidiera de él, podía seguir aferrándose a la absurda esperanza de encontrar una forma de salvarla.
—No quiero escucharte hablar como si ya estuvieras muerta.
—Lo sé, pero hay cosas que necesito decirte y no sé cuánto tiempo me queda para hacerlo.
Aquello consiguió silenciarlo.
Permanecieron abrazados mientras el fuego crepitaba a sus espaldas.
Fuera de la habitación, el castillo entero parecía contener la respiración a la espera de noticias.
Lachlan podía imaginar a sus hombres y a los criados aguardando en silencio, pero nada de aquello tenía importancia en ese momento.
Solo podía pensar en la mujer que sostenía entre sus brazos y en cómo el cuerpo de Elspeth parecía pesar cada vez menos contra el suyo.
—Quiero que seas feliz cuando yo ya no esté —murmuró ella.
Lachlan tensó los brazos a su alrededor.
—Soy feliz contigo.
—Precisamente. —Elspeth levantó la cabeza para mirarlo—. Y quiero que algún día vuelvas a serlo.
—No habrá ningún día sin ti del que quiera hablar ahora.
—Lachlan...
—No me pidas que imagine mi vida sin ti mientras todavía te tengo entre mis brazos.
Elspeth guardó silencio. Lo conocía lo suficiente para saber que detrás de aquellas palabras no había enfado, sino un hombre que todavía se negaba a concebir un mañana en el que ella no estuviera a su lado. Alzó una mano y le acarició la mejilla.
—Entonces no pienses en mañana. Solo mírame y escucha lo que necesito decirte.
Lachlan habría querido negarse, pero vio la súplica en sus ojos y comprendió que no podía arrebatarle también aquello. Cubrió con la suya la mano que Elspeth mantenía sobre su rostro y asintió.
—No quiero que conviertas mi muerte en el final de tu vida —continuó Elspeth—. Te conozco, Lachlan. Sé lo que harás cuando yo ya no esté. Te encerrarás entre estas paredes, te dedicarás al clan y a tus obligaciones y acabarás convenciéndote de que no necesitas nada más.
—Me bastará.
Elspeth negó suavemente con la cabeza.
—No. Sobrevivirás, que no es lo mismo.