Para siempre
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Prólogo
E l fuego ardía bajo en la chimenea cuando Lachlan volvió a mojar el paño en el cuenco de agua. Lo escurrió con una mano y lo pasó con cuidado por la frente de Elspeth, apartando después algunos mechones de cabello cobrizo que se habían pegado a sus sienes.
Ella abrió los ojos y le dedicó una sonrisa cansada.
—Vas a terminar arrancándome la piel si sigues lavándome la cara.
El alivio que sintió al oír su voz fue tan intenso que Lachlan dejó escapar el aire que llevaba demasiado tiempo conteniendo.
—Si aún tienes fuerzas para quejarte, no debo de estar haciéndolo tan mal.
—Llevamos casados seis años. Deberías saber que siempre tengo fuerzas para quejarme de ti.
Él sonrió y se inclinó para besarla en la frente.
—Eso es cierto.
Durante un instante, Elspeth pareció la mujer de siempre.
La muchacha irlandesa que había llegado a las Highlands y había trastornado su existencia antes de que él comprendiera siquiera qué estaba sucediendo.
La mujer que se había reído de su solemnidad, había discutido con él delante de medio clan y se había negado desde el principio a mostrar el menor respeto por su mal genio.
Pero la ilusión de que estaba mejorando duró muy poco.
Cuando Lachlan se apartó, vio la palidez de su rostro, el agotamiento que hundía sus facciones y las sombras violáceas bajo sus ojos. La mano que descansaba sobre la sábana apenas tenía fuerzas para aferrarse a la suya.
Habían pasado horas desde que comenzaron los dolores del parto, horas interminables de espera en las que la esperanza y el miedo se habían sucedido sin darles un instante de tregua. Y, después de todo aquel sufrimiento, todo había terminado en un silencio que ninguno de los dos necesitaba explicar.
Lachlan miró involuntariamente hacia la cuna que habían colocado junto a la cama semanas atrás.
Elspeth había insistido en tenerla allí, pese a que ninguno de los dos se había atrevido a prepararla hasta que su embarazo estuvo muy avanzado.
Había sido ella quien finalmente había ordenado traerla de las habitaciones destinadas a los niños.
Ahora estaba vacía.
Elspeth siguió la dirección de su mirada.
—Quiero ver a nuestro hijo antes de que se lo lleven.
Lachlan bajó los ojos. Había querido evitarle aquel dolor, impedir que guardara como último recuerdo de su hijo la imagen de un pequeño cuerpo sin vida, pero conocía demasiado bien a su esposa para intentar disuadirla cuando veía aquella determinación en sus ojos.
—Necesito despedirme de él —añadió Elspeth, y esta vez la voz sí le tembló.
Lachlan no intentó convencerla de lo contrario. Se levantó y salió de la habitación en busca de su hijo.
Durante meses se había prohibido imaginar a aquel niño.
Después de tantas pérdidas, había aprendido que la esperanza podía convertirse en una forma particularmente cruel de tortura.
No había querido pensar en el color de sus ojos ni preguntarse si heredaría el cabello oscuro de los MacLaren o el rojo imposible de su madre.
Tampoco había permitido que Elspeth escogiera un nombre ni que hablaran de la habitación que ocuparía cuando fuera demasiado grande para dormir junto a ellos.
Aun así, conforme avanzaba el embarazo y el vientre de Elspeth crecía, ambos habían empezado a creer que aquella vez sería diferente.
El niño parecía fuerte. Lo habían sentido moverse y Lachlan había pasado muchas noches con la mano apoyada sobre el vientre de su esposa, sintiendo sus patadas y maravillándose de cómo parecía reaccionar al sonido de su voz.
Finalmente había llegado a término y, cuando nació, respiró. Solo durante unos minutos, pero los suficientes para que Lachlan llegara a creer que todos aquellos años de pérdidas habían quedado atrás.
Cuando regresó a la habitación, llevaba a su hijo envuelto en una pequeña manta. Elspeth extendió los brazos hacia él y Lachlan vaciló apenas un instante antes de depositarlo con cuidado contra su pecho.
Ella bajó la mirada. Durante unos segundos se limitó a contemplarlo, como si quisiera memorizar cada uno de sus rasgos. Después apartó con delicadeza el borde de la manta y acarició con la yema de un dedo una de sus diminutas mejillas.
—Tenías razón —murmuró.
—¿En qué?
—No tiene pelo.
Lachlan sonrió a pesar del dolor.
—Te dije que no lo tendría.
—Le habría crecido. Y habría sido rojo como el mío.
—O negro como el de su padre.
Elspeth alzó los ojos hacia él y, por un instante, reapareció aquella chispa que siempre había conseguido desarmarlo.
—Era mi hijo. Habría sido pelirrojo.
—También era mío.
—Precisamente por eso necesitaba algo que lo compensara.
Lachlan no pudo evitar reír, y Elspeth sonrió al escucharlo antes de volver a bajar la mirada hacia el niño que sostenía entre sus brazos.
Esta vez las lágrimas comenzaron a deslizarse silenciosamente por sus mejillas.
—Es precioso.
Lachlan se sentó junto a ella y la rodeó con un brazo. Elspeth apoyó la cabeza contra su hombro, acunando entre ambos el pequeño cuerpo de su hijo.
No era la primera vez que compartían aquel dolor.
La primera criatura apenas había permanecido unos meses en el vientre de Elspeth.
Entonces eran jóvenes, estaban recién casados y la curandera les había asegurado que aquellas pérdidas eran más frecuentes de lo que imaginaban.
Habían llorado por el hijo que no tendrían, pero también se habían consolado con la certeza de que habría otros.
Y los hubo, aunque ninguno llegó para quedarse.
Con cada nuevo embarazo, la esperanza había regresado acompañada de un miedo cada vez más difícil de ignorar.
Después de cada pérdida les costaba un poco más volver a creer que la siguiente vez sería diferente, hasta que llegó el día en que Elspeth dejó de anunciarle que estaba encinta con una sonrisa.
Cuando supo que esperaba al niño que ahora sostenía entre sus brazos, se lo había confesado llorando, aterrada ante la posibilidad de tener que enfrentarse una vez más al mismo dolor.
Lachlan le había prometido entonces que no importaba.
Que si no podían tener hijos, seguirían teniéndose el uno al otro.
Había hablado de sus sobrinos, de los niños del clan, de una vida que podía estar completa sin necesidad de llenar el castillo con sus propios hijos, y había creído sinceramente cada palabra.
Pero entonces aquel pequeño había comenzado a moverse dentro de ella. Lachlan había sentido sus patadas bajo la palma de su mano y, pese a todos sus esfuerzos por protegerse de una nueva decepción, había vuelto a imaginar el futuro que llevaba años intentando olvidar.
Entonces había vuelto a soñar.
—Lo siento —susurró Elspeth.
Lachlan bajó la mirada hacia ella y vio la culpa que ensombrecía sus ojos. No era la primera vez que escuchaba aquellas palabras después de perder un hijo, pero estaba decidido a que fuera la última.
—No vuelvas a pedirme perdón por nuestros hijos.
—Lachlan, yo...
—No has hecho nada por lo que debas disculparte.
Elspeth cerró los ojos, como si le resultara más fácil pronunciar las palabras sin tener que enfrentarse a su mirada.
—No he podido darte un heredero.
—Eran nuestros. Los hicimos juntos, los esperamos juntos y los hemos perdido juntos. No permitiré que cargues tú sola con algo que nos pertenece a ambos.
Elspeth lo contempló durante unos segundos, como si quisiera creerlo con la misma convicción con que él acababa de pronunciar aquellas palabras. Finalmente asintió y Lachlan se inclinó para besarla en la sien.
—Y tampoco permitiré que pienses que te necesito menos porque no hayas podido darme un heredero.
—Eres el laird —le recordó Elspeth—. Necesitas un heredero.
Lachlan negó con la cabeza. Habían mantenido aquella conversación demasiadas veces para que ella pudiera albergar todavía alguna duda.
—Antes que laird, soy tu marido.
—Y también el último MacLaren de tu rama. No puedes fingir que eso no importa.
—Entonces que se extinga.
Elspeth levantó la cabeza de su hombro para mirarlo y frunció el ceño.
—No digas tonterías.
Lachlan acarició con suavidad el brazo con el que ella sostenía a su hijo. El apellido, las tierras, la continuidad de su linaje... Todo aquello formaba parte de las obligaciones que había asumido al convertirse en laird, pero ninguna pesaba tanto como la mujer que tenía entre sus brazos.
—Tú eres más importante para mí que cualquier clan.
La expresión de Elspeth se suavizó.
—Eso lo dices porque estás enamorado.
—Naturalmente.
—Siempre has sido un poco estúpido cuando estás enamorado.
Lachlan sonrió y volvió a atraerla contra su pecho. Aquella era su Elspeth, incapaz de permitirle una declaración de amor sin burlarse un poco de él.
—Y tú demasiado insolente para ser la esposa de un laird.
—Sin embargo, me elegiste.
—Y volvería a hacerlo sin dudarlo.
Elspeth sonrió y se acomodó de nuevo contra él, pero apenas lo había hecho cuando un estremecimiento recorrió su cuerpo. Lachlan sintió cómo se tensaba entre sus brazos y se apartó lo suficiente para verle el rostro.
—¿Qué ocurre?
—Nada. Estoy cansada.
Intentó sonreír para tranquilizarlo, pero esta vez no consiguió engañarlo.
La poca calidez que había recuperado mientras sostenía a su hijo había desaparecido de sus mejillas y su respiración parecía más débil.
Lachlan la observó con atención, inquieto por un cambio que hasta aquel momento el dolor por la muerte del niño no le había permitido advertir.
Tomó al pequeño de sus brazos y lo depositó con cuidado en la cuna antes de volverse hacia ella.
—Voy a llamar a Mairi.
Elspeth lo sujetó por la muñeca antes de que pudiera levantarse.
—No servirá de nada. Ya ha hecho cuanto podía.
La serenidad con que lo dijo inquietó a Lachlan mucho más que sus palabras. Miró hacia la puerta, pensando rápidamente en quién más podía ayudarla.
—Entonces llamaré a Fergus. Si no está en el castillo, iré yo mismo a buscarlo.
Hizo ademán de levantarse, pero Elspeth no lo soltó. A pesar de su debilidad, sus dedos se aferraron a su muñeca con una determinación que lo obligó a mirarla de nuevo.