Para siempre contigo (Colección Mediterráneo 1) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

Tomás y Amanda volvieron a Madrid unos días más tarde.

Quedaba muy poco tiempo para el examen del FIR, menos de un mes, y él se dispuso a quemarse las cejas estudiando si hacía falta.

Amanda lo ayudaba cuando podía, aunque la mitad de las veces sentía que más que ayudar, molestaba, porque no sabían dejar de tocarse cuando estaban cerca el uno del otro.

—Creo que deberíamos buscar un piso un poco más grande —le dijo Tomás el día que hicieron el traslado de las cosas de Amanda—. Con lo que te has traído, tendremos que ocupar el rellano. Todo eso no cabe en mi piso tamaño caja de zapatos.

Amanda se echó a reír.

—Solo he cogido lo imprescindible, he dejado un montón de cosas en cajas. Ya verás como sí que va a caber, tontorrón. —Después le besó.

Tomás no se quedó atrás. Pasó las manos bajo la camiseta de su prometida y empezó a tocarle los pechos con delirio. Amanda colocó las manos en sus brazos y lo empujó con suavidad.

—No, señor, tienes que estudiar. Por la noche ya nos ocuparemos de eso que ha crecido en tu pantalón. Ahora hay que estar a lo que hay que estar. —Amanda se lo decía al tiempo que le sonreía con picardía.

—¡Venga ya! No pretenderás dejarme así, ¿no?

—¡Oh, sí! Y te voy a decir más, hasta que no te sepas la lección al dedillo, no podrás tocarlas. —Se señaló cada seno con un dedo.

Tomás bufó, mientras hundía la cara entre sus manos.

—¡Venga, ponte a estudiar! —le urgió—. Yo saldré a comprar helado.

Tomás levantó la cabeza de golpe y miró a Amanda con los ojos como rendijas.

—Eres malvada.

—Mucho has tardado en descubrir eso —afirmó mientras se encaminaba a la puerta con un andar insinuante.

Tomás se sentó ante los apuntes con una sonrisa en la cara que le era difícil de borrar. Pensar que le había costado tanto reconocer cuánto amaba a esa mujer, le hacía sentir como un verdadero gilipollas.

«Menos mal que al final me di cuenta, no puedo ni imaginar lo malo que hubiera sido no haberlo hecho».

Decidió que no podía perder ni un segundo más y puso toda su atención en los papeles que tenía delante, no quería retrasar el placer de saborear el helado sobre la piel caliente de Amanda.

···

Los días pasaban deprisa, y Tomás cada vez estaba más nervioso y de peor humor.

Se daba cuenta de que no había estudiado lo suficiente, pero las jornadas no tenían más horas; ya le robaba demasiado tiempo al sueño y era consciente de que, sin un debido reposo, el aprendizaje se resentía.

Amanda también lo sabía, por lo que decidió hablar con él y convencerlo para que descansara más.

—He estado pensando que deberías dejar el trabajo en la farmacia, como mínimo este último mes. No descansas lo suficiente, Tomás, y eso no es bueno. Estás de mal humor y estoy segura de que las horas que pasas sentado frente a los apuntes no te cunden todo lo que deberían.

—Casi no me quedan ahorros y hay que pagar el alquiler y el resto de las facturas. La academia no es precisamente barata. Solo son dos noches a la semana, tampoco es tanto. —Le cogió una mano entre las suyas para tranquilizarla.

—Yo sí tengo dinero. La tía Monja no me paga mal, y no me has dejado hacerme cargo de ningún gasto desde que me instalé contigo.

—Lo dices como si llevaras años viviendo conmigo —le sonrió—, todavía no ha llegado ni una factura desde que vives aquí.

—Pues por eso, tampoco pasará nada si por un mes me hago cargo yo sola de los gastos. Deja que me ocupe yo de todo y tú dedícate a estudiar. Me siento un poco culpable de que no hayas podido hacerlo durante el verano.

A Tomás le brotó del pecho aquella risa que la enloquecía.

—Si no he estudiado, no ha sido culpa tuya en absoluto.

—¿De quién si no?

—Es toda de Xisco, que me obligó a acompañaros a Ses Païses el segundo día que estabais en el hotel.

—Yo que creía que te habías quedado pillado por mí el día que viniste a recogernos al chill-out .

Tomás tiró de Amanda y la obligó a que se sentara en sus rodillas.

—Y lo hice, aunque entonces todavía no lo sabía —le susurró en un oído.

A Amanda se le puso todo el vello de la nuca de punta al sentir el aliento cálido de su chico en la oreja, se volvió hacia él y lo besó.

—Será mejor que acabemos de cenar y nos vayamos a dormir. —Apenas había separado los labios de los de él.

—¿Dormir?

—Sí, dormir. —Amanda se puso en pie de un brinco y empezó a retirar los restos de la cena. Tomás se levantó y fue tras ella.

—Pues no es eso lo que tengo en mente justo en estos momentos —le dijo cogiéndola desde atrás. Después le mordió el lóbulo de la oreja con suavidad, lo que hizo que Amanda se estremeciera de pies a cabeza.

Le dio la vuelta y la subió a la encimera de la cocina. Con un movimiento rápido le sacó la camiseta y se pegó a ella. Amanda le rodeó la cintura con las piernas, haciendo que se acercara aún más, si eso era humanamente posible.

Empezaron a tocarse y besarse con ansia, no había un rincón de su piel que quedara fuera del alcance del otro.

La mano de Amanda se coló por la cinturilla de los vaqueros de Tomás hasta su miembro caliente.

Con el pulgar rozó la tierna piel del glande y el chico cogió aire, extasiado, mientras las piernas le cedían levemente.

—Quiero estar dentro de ti.

—No sé a qué estás esperando —susurró Amanda con la voz enronquecida por la excitación.

En un instante, Tomás se deshizo de los pantalones y la ropa interior de ambos, volvió a colocarse entre las piernas de Amanda y, con una sola embestida, la penetró.

Los suspiros de ambos resonaron por el pequeño apartamento al igual que sus respiraciones anhelantes; hasta que, poco tiempo después, un grito de satisfacción salió primero de la garganta de Amanda y unos segundos más tarde de la de Tomás, quien no podía contener por más tiempo las ganas de liberarse en el interior del amor de su vida.

—No sé qué me has hecho, Amanda —le confesó sin salir todavía de ella y con la respiración entrecortada—. Pero te quiero, te quiero con toda mi alma. Y juro que vale la pena. Todo lo que venga valdrá la pena si puedo seguir a tu lado.

Amanda, que tampoco podía respirar con normalidad aún, lo besó hasta que notó que le faltaba el aire en los pulmones y, después, volvió a besarlo un rato más.

—No lo sabes, pero soy una bruja. Te he hechizado para que no puedas separarte de mí hasta que seamos dos viejecitos arrugaditos.

Esta vez quien la besó fue él. Salió de Amanda con lentitud y la cogió en brazos para llevarla hasta la cama, donde volvieron a hacer el amor hasta caer exhaustos.