CAPÍTULO 21
La Navidad llegó deprisa. Tomás y Amanda pasaban juntos todo el tiempo que podían, que no era mucho.
Amanda entraba en el colegio a las ocho de la mañana y no salía hasta las cuatro de la tarde.
Después le esperaba otra jornada entre exámenes, trabajos y evaluaciones, porque el cierre del primer trimestre estaba a la vuelta de la esquina.
Tomás, por su parte, pasaba muchas horas en la academia y la biblioteca.
Por primera vez desde finales de junio, se sentía motivado para estudiar.
A eso se sumaban las noches de guardia en la farmacia, que les impedían dormir juntos, pero no se desesperaban por eso.
Sabían que en cuanto sus trabajos les dieran un respiro no tendrían que separarse más.
El día de Nochebuena y el de Navidad lo pasaron en Madrid, con los padres de Amanda, porque ellos tenían la tradición de cenar y comer juntos esos dos días y en casa de Tomás disfrutaban más celebrando Nochevieja y Año Nuevo.
—Mamá… —dijo Amanda aprovechando que habían ido a la cocina a buscar el segundo plato y estaban a solas—. Tomás y yo hemos pensado que, cuando volvamos de pasar el fin de año en Mallorca con su madre, nos iremos a vivir juntos.
Su madre tardó unos segundos en responder. Amanda sabía que la idea no le gustaba demasiado, pero en el fondo también era consciente de que su hija ya no era una quinceañera y que debía empezar a volar por su cuenta.
—¿Estás segura de que no volverá a dejarte colgada como lo hizo en septiembre?
—No me dejó colgada, mamá. Fui yo quien se marchó, por si no te acuerdas.
—Parece que eres tú la que no recuerda lo mal que ha estado estos meses. Yo sí me acuerdo muy bien de haberte oído llorar más de una noche cuando creías que tu padre y yo estábamos dormidos.
—Tienes razón, mamá —contestó Amanda con algo de condescendencia—, pero eso ya pasó. Tomás me quiere, y lo sé. Si lloraba por las noches era porque estaba convencida de que no estaba enamorado de mí como yo lo estaba de él.
—No sé qué va a decir tu padre, Amanda, pero desde luego no esperes que sea tan comprensivo como yo.
Amanda hizo un mohín.
—La verdad es que no estoy muy preocupada por mí, me preocupa más Tomás, que es el encargado de decírselo.
En ese preciso instante llegaron los gritos desde el comedor.
—¡No, no y no! —clamaba el padre de Amanda—. Tendrá que ser por encima de mi cadáver.
Madre e hija se miraron con una sonrisa en los labios.
—Ven, cariño, vamos a pararle los pies a ese maldito anticuado de tu padre antes de que le arranque la cabeza a tu novio.
Amanda asintió divertida y salió en defensa de su novio. «Mi novio», pensó saboreando aquellas dos palabras. «Le ha costado, pero mejor tarde que nunca». Y su sonrisa se ensanchó.
Decírselo a la madre de Tomás fue mucho más fácil. Era una mujer más liberal que los padres de Amanda y ver a su hijo feliz, después de lo triste que lo había visto los días que había pasado con él y con Gori en Madrid, la alegraba tanto que lo único que dijo fue:
—¡Ah! Pero si yo creía que ya vivíais juntos.
Amanda enrojeció ante la afirmación rotunda de su suegra.
—Bueno, es verdad que Amanda se quedaba algunas noches a dormir en mi piso, pero no era nada oficial —explicó Tomás, quitando importancia a ese hecho.
La madre de Tomás se echó a reír.
—No sabía que fuera necesario hacer oficial que dos personas que se aman decidan irse a vivir juntos.
—Es que mis padres son muy antiguos —se disculpó Amanda—. Son mayores que tú, no sé, no lo entienden. Piensan que para vivir con Tomás tendría que casarme con él primero.
Su suegra se rio de nuevo y Amanda descubrió de dónde había sacado Tomás esa sonrisa maravillosa que tanto la encandilaba.
—Pues por mí no tenéis que preocuparos, lo que hagáis me parecerá perfecto.
Lo único que quiero es veros así de felices siempre —dijo, y sus ojos empezaron a inundarse de lágrimas—.
A mi marido le habrías encantado, Amanda, hacía años que no veía a Tomás tan bien y él se alegraría tanto como yo de que así fuera.
···
El hotel celebraba una comida de empresa en Navidad, por lo que Tomás y Amanda aprovecharon la ocasión para reunirse con sus compañeros.
Casi todos sabían lo que había pasado en el gimnasio del Virgen del Rosario Perpetuo y, como los chicos llegaron cuando la mayoría ya habían ocupado sus asientos, los recibieron con una gran ovación.
Amanda enrojeció hasta el tuétano y trató de esconder la cara en el pecho de Tomás, pero con ese gesto solo consiguió que la gente gritara con más fuerza sus burlas y enhorabuenas.
Amanda vio a Elías levantar una mano para indicarle que había sitio para que se sentaran cerca de él y hacia allí se dirigieron.
—Enséñame ahora mismo ese pedazo de anillo que te dio Tomás —le imploró cuando tomó asiento justo delante de él.
Amanda alargó la mano para mostrarle el discreto diamante que lucía en su dedo anular y Elías empezó a aplaudir de nuevo emocionado.
—¡Cuánto me gustaría haberos podido ver por un agujerito! —exclamó con la mano sobre el pecho.
—Me extraña que no hayas visto el vídeo en internet —indicó Tomás—. Creo que los chicos del colegio grabaron el momento desde todos los ángulos posibles y después lo colgaron en YouTube .
Amanda golpeó a Tomás en un brazo.
—Te está tomando el pelo, cariño, fue uno de los primeros que lo recibió en cuanto lo tuve en mi móvil.
Tomás se rio, pero después tuvo que levantarse de su silla por enésima vez.
El pobre se estaba llevando la peor parte, sus compañeros se acercaban a bromear con él, uno tras otro.
Estaba aguantando bien el tipo, porque, a pesar de que la mayoría de los comentarios que le hacía la gente eran bien intencionados, los había también de maliciosos.
—¿Dónde está Paloma? —se interesó Amanda en un susurro.
No le apetecía nada verla ni que les amargara la comida.
Antes de salir hacia el restaurante, ella y Tomás habían decidido que la ignorarían, pero a pesar de eso prefería tenerla localizada por si se atrevía a montar algún espectáculo delante de la gente.
—¿Paloma? ¿No lo sabes?
—¿Qué debería saber? —preguntó la chica con extrañeza.
—¡Ostras! —dijo Elías llevándose las manos a la boca—. ¿De verdad que no sabes nada de nada?
—¡Que no, pesado! No sé nada de ella desde que me marché a finales de agosto.
—¿Qué es lo que deberías saber? —Tomás se incorporó a la conversación.
—Algo acerca de Paloma, pero Elías no se decide a contármelo, solo repite que no puede creer que no lo sepa.
—Es que tú y yo hemos hablado muchas veces, podría habértelo contado, pero creía que lo había hecho Carol y que tú simplemente no tenías ganas de cotillear acerca de ello.
—¿Qué debería haberle contado? —preguntó Carol, que acababa de hacer acto de presencia en el restaurante de la mano de Xisco y se había acercado a su amiga en busca de un par de sitios en los que sentarse.
—Lo de Paloma.
—¡Ah, eso! No se lo conté porque estaba convencida de que se lo habrías contado tú y, como ella no sacaba el tema a relucir, pensé que era porque pasaba mucho de la tipeja esa y de lo que le pudiera suceder.
—¿Qué le pudiera pasar a quién? —repitió Xisco cuando se sentó al lado de su novia con la intención de que le hicieran partícipe de lo que fuera que hablaran.
—Basta —cortó Amanda—. ¡Que alguien me diga ya lo que ha pasado con Paloma! Esto es un diálogo de besugos y no me voy a enterar en la vida si no paráis.
Vidal, que estaba sentado unos sitios a su derecha, se volvió hacia Amanda y le sonrió.
—¿No sabes lo de Paloma? —le dijo mientras se acercaba a ella para darle dos besos.
—¡Y seguiré sin saberlo si no dejáis de una vez de hacer eso! —exclamó la chica, que empezaba a ponerse rabiosa.
—La han despedido —contestó Vidal con una sonrisa que Amanda hubiera jurado que le llegaba de oreja a oreja.
—¡¿La han despedido?! —exclamó asombradísima—. Pero si yo creía que era la «amiga» del dueño y que tenía carta blanca para hacer lo que quisiera.
—Eso era lo que pensábamos todos, ella incluida —aseguró Vidal—, aunque se ve que el contrato de «amistad» no incluía que su esposa los encontrase en la cama, muy desnudos y muy apasionados.
Amanda abrió tanto la boca que creyó que se le iba a descolgar la mandíbula.
—¡Qué indiscreta la subdirectora! —Se llevó una mano al pecho de forma teatral—. Aunque, desgraciadamente, eso no suele ser motivo de despido para una trepa como ella. De divorcio para él, igual sí, pero poco más, ¿no?
—Aquí viene lo bueno —añadió Elías de forma intrigante.
En ese momento todos se pusieron a hablar a la vez, cada uno de sus amigos quería ser el que le diera la noticia a Amanda; ella tuvo que poner paz y darle la palabra a Vidal, que era quien parecía más satisfecho de todos.
—Lo fantástico de la situación fue que el hotel no era del «amigo» de Paloma, sino de su mujer.
—Amanda abrió mucho los ojos. En su cabeza oyó un boom , como si acabara de explotar una bomba y le entraron unas ganas tremendas de reír —.
Él andaba presumiendo de dinero y poder, cuando en realidad no tenía ni un chavo.
Solo era el consorte. Y Paloma se encamaba con él pensando en la pasta, porque, con el comportamiento que tuvo contigo, nos demostró a todos de quién seguía colgada —añadió Vidal en tono pesaroso.
—A todo cerdo le llega su san Martín. —Amanda levantó su copa para brindar con una risa contagiosa y todos la imitaron—. Por Paloma y todo lo que nos ha enseñado.
—¡Por Paloma! —proclamó un coro de voces.
El resto de la comida transcurrió entre risas, anécdotas y algunas bromas subidas de tono cuando el nivel de alcohol en sangre llegó a niveles elevados.
Amanda se alegró mucho de ver a sus compañeros y supo que nunca perdería el contacto con algunos, porque habían calado muy hondo en su corazón en el poco tiempo que había pasado entre ellos.
Pero también porque eran todos una gran familia, con sus avenencias y desavenencias, de la que Tomás había formado parte durante muchos años.