Para siempre contigo (Colección Mediterráneo 1) CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

A Amanda no le gustaba ser la única vigilante del patio del colegio. No porque los chicos dieran problemas, sino porque el recreo se repartía entre varias zonas y resultaba imposible vigilarlas todas al mismo tiempo.

Además, después del puente largo y con las vacaciones de Navidad tan cerca, el ambiente estaba más revuelto de lo habitual.

Al olor de los bocadillos, el sudor fresco y las hormonas —ese perfume inconfundible en cualquier patio de colegio—, se sumaba otro, completamente diferente y fuera de lugar. Amanda lo asoció a la cercanía de los exámenes y las ganas de vacaciones.

Lo peor, sin embargo, era tener tanto tiempo para pensar.

Cuando compartía la vigilancia con otro profesor, la media hora pasaba volando.

Se llevaba bien con todos; desde el primer día la habían hecho sentir parte del claustro y disfrutaba de esas conversaciones improvisadas sobre alumnos, clases o cualquier tontería.

Pero aquella mañana su compañera de patio había tenido que ir al médico.

···

—¿Quieres que hoy baje yo contigo? —le había preguntado Román, el profe de mates, que, por cierto, solo era tres o cuatro años mayor que ella.

Amanda sabía que le hacía tilín al chico.

Ya le había pedido al menos dos veces que cenaran juntos, y no quería darle alas, pero con tal de no estar sola había aceptado su ofrecimiento, aun a riesgo de que él volviera a tirarle los tejos.

Hubiese preferido eso a tener la cabeza llena de imágenes que no deseaba rememorar.

—Lo siento, señor Gámez, me temo que tengo unos asuntos que tratar con usted y solo puedo hacerlo durante esta media hora —había dicho la directora, es decir, la tía Monja, dejándola de nuevo sola ante el peligro de sus elucubraciones.

Así que allí estaba ella, viendo a los chicos jugar al fútbol o al básquet, a las chicas reunidas en los bancos instalados cerca del minúsculo quiosco, donde además de bocadillos y bollos se vendían cuadernos, lápices y bolígrafos. Y sin poder sacarse a Tomás de la cabeza.

La noche del sábado, cuando Carol y Xisco le habían pedido que saliera con ellos al Chapandaz, se había sentido más que dispuesta. Le apetecía un montón ir de marcha con ellos, hasta que mencionaron que Tomás también estaría allí.

Se le había encogido el corazón con solo pensarlo y, a pesar de morirse de ganas de verlo, de tocarlo, había declinado el ofrecimiento y se había quedado en casa, llorando como una magdalena por lo gilipollas que se sentía.

Cada vez que Amanda creía que había podido olvidar un poquito a Tomás, cada vez que intentaba seguir adelante, él se cruzaba en su camino.

Le pasó cuando la llamó a principios de noviembre. Aunque Amanda sabía que él estaba en Madrid, casi se le cayó el teléfono de las manos al ver su número en la pantalla.

Le costó horrores hablarle como una verdadera borde, cuando su corazón le pedía que le dijera lo mucho que lo amaba y que estaba convencida de que su amor era más que suficiente para cubrir la falta de amor de él.

Después volvió a sucederle a la entrada de Kapital. Al escuchar su voz pensó que la estaba imaginando. Que había llegado al punto de oírlo incluso cuando no estaba.

En cuanto se dio cuenta de que no era una alucinación, que era Tomás en persona quien estaba a su lado, había notado cómo empezaban a temblarle las piernas y se le cerraba la garganta.

Él nunca sabría el esfuerzo que le había supuesto no enredar los dedos en su pelo y acercarse a su boca hasta que sus alientos y sus lenguas fueran uno solo.

Probablemente había sido una de las cosas más difíciles que había hecho en toda su vida.

Pero cuando Carol y Xisco le pidieron que saliera con ellos fue, sin duda, la vez que estuvo más cerca de fallarse a sí misma y a su decisión de dejar a Tomás en el pasado.

Y, aun cuando sus amigos ya se habían marchado, Amanda seguía buscando excusas para llamarlos y que volvieran a por ella.

En lugar de hacerlo, se desmaquilló a toda prisa y, para sorpresa de sus padres, se puso el pijama y se metió en la cama.

Aun así, pasó horas luchando contra el impulso de levantarse, vestirse otra vez y salir corriendo a buscarlo.

Al final, acabó en la cocina, tragándose tres valerianas de golpe e intentando obligar al sueño a hacer un trabajo que su corazón se negaba a facilitar.

No conseguía escapar de aquel bucle de pensamientos cuando un gran alboroto estalló cerca del gimnasio.

—¿Quién habrá abierto la dichosa puerta? —murmuró mientras se dirigía veloz a la zona del revuelo.

Los chicos entraban en tromba al pabellón, que permanecía cerrado con llave salvo los días de lluvia, cuando se abría para que pudieran resguardarse.

—Esto era lo último que me faltaba hoy. ¡Venga, chicos! Yo siempre presumo de que sois todos excelentes, no me hagáis esto —mascullaba mientras se acercaba cada vez más a la fuente del tumulto.

Entró en el gimnasio, que ya estaba abarrotado, dispuesta a sacar a todo el mundo de allí.

Si era necesario utilizaría el equipo de megafonía de los partidos de baloncesto para hacerse oír, porque dudaba mucho que su voz pudiera imponerse al estruendo que llenaba el recinto.

Detrás de ella siguieron entrando más alumnos.

—¿Qué os ha arrastrado a todos a entrar en manada aquí adentro? Si no hay nada que ver y fuera no llueve —dijo en voz alta, intentando ordenar sus propios pensamientos.

Casi ni podía avanzar hacia la zona de megafonía, como había pensado que haría en un primer momento. Entonces oyó cómo alguno de esos mocosos manipulaba el micro y se le cayó el alma a los pies.

«¡La que se va a armar…! De esta me despiden, seguro», se repetía mientras empezaba a dar codazos para abrirse paso hacia el dichoso aparato amplificador.

Las voces de los chavales fueron acallándose a medida que los primeros acordes de Can't Take My Eyes out off You empezaban a flotar en el aire de la sala.

—El que haya hecho esto, se la va a cargar…, se la va a cargar con todo el equipo —murmuró.

En ese instante las luces se apagaron. El pánico la atravesó de arriba abajo.

«Además de despedirme, van a denunciarme por abandono de funciones…».

Un foco iluminó la zona de las gradas. Todas las miradas se dirigieron hacia allí. También la de Amanda. Intentaba identificar a los culpables de ese despropósito. Se dio cuenta de que la luz enmarcaba a un chico de pie, con un micro en la mano.

Era Tomás.

El corazón dejó de latirle durante un instante. No fue un simple vuelco; fue como si se hubiera detenido por completo. El aire desapareció de sus pulmones.

Se aferró a los hombros de dos alumnos para no desplomarse.

Tomás estaba mirándola con tal intensidad que hacía que las piernas le flaquearan cuando empezó a cantar la canción de Diez razones para odiarte , la película que habían estado viendo los dos junto a los teenagers en el hotel, aquel día de lluvia que en esos momentos parecía tan lejano.

Y se la estaba cantando a ella, delante de la mayor parte de los alumnos del colegio.

«Me voy a morir —se dijo cuando se dio cuenta de que no podía respirar—, ni siquiera podrá llegar hasta mí antes de que me caiga redonda», se repitió, incapaz de pensar en nada más.

Los alumnos abrieron un pasillo para que Tomás pudiera avanzar hacia ella.

Los chicos sobre los que se había apoyado para no caerse se retiraron de su lado y ella se vio sola, en medio del gimnasio, mientras el hombre de su vida se acercaba despacio, cantando y moviéndose como solo él podía hacerlo, alargando el momento del encuentro definitivo hasta lo indecible.

Los ojos de Amanda se llenaron de lágrimas, la emoción la embargaba y se puso las manos delante de la boca para ahogar el gemido que amenazaba con escapársele por entre los labios.

Estaba a punto de salir corriendo hacia él, sin importarle lo que nadie a su alrededor pudiera pensar, pero la mirada de Tomás le indicaba que lo esperase, que no se moviese, y obedeció.

Cuando Tomás se paró frente a ella, ya estaba llorando a lágrima viva. La canción había terminado, pero aún se oían los acordes de la melodía por los megáfonos.

Amanda esperó que la abrazara. En lugar de eso, el chico clavó una rodilla en el suelo y sacó de uno de los bolsillos de su chaqueta un pequeño estuche. Amanda cayó de rodillas ante él, sin poder dejar de llorar.

—Amanda, lo único que quiero es estar para siempre contigo. ¿Crees que podrías querer compartir tu vida con este idiota que te ama más que a sí mismo?

Amanda asintió, sin poder pronunciar siquiera el esperado sí.

Tomás le cogió la mano y le puso el anillo, acto seguido la tomó entre sus brazos, la acercó a él y la besó con toda la pasión contenida durante aquellos meses, como si quisiera recuperar, en un solo instante, todo el tiempo que habían perdido.

Un aplauso ensordecedor estalló en el gimnasio. Cuando se separaron, Amanda se rio sobre los labios de «su chico». Él también se rio, mientras la miraba a los ojos con tanto amor que ella creyó desfallecer.

Él se puso en pie, arrastrando a Amanda consigo, y señaló hacia uno de los laterales del pabellón.

Amanda distinguió entonces un torbellino de pelo rojo que avanzaba abriéndose paso entre la multitud a codazos y empujones.

Detrás de Carol, Xisco y Gori aplaudían sin parar, con la sonrisa más grande que Amanda les había visto jamás.

Carol llegó hasta ellos y se lanzó sobre los dos riendo y llorando al mismo tiempo.

—¿Ves como no ha salido corriendo para huir de ti, pedazo de bobo?

Tomás se encogió de hombros y torció un poco la boca con una sonrisa que, por primera vez en mucho tiempo, era completamente feliz.

—Pensaba que no querrías volver a saber nada de mí y que me dejarías aquí plantado mientras todos estos adolescentes se morían de la risa.

Amanda le pasó ambas manos por el pelo, no podía dejar de tocarlo para cerciorarse de que era real, de que no estaba soñando.

—Habría sido divertido ver eso —respondió con una sonrisa traviesa. Después volvió a acercarse a él para besarlo.

La voz de la tía Monja retumbó por los altavoces:

—Señores, se acabó el espectáculo por hoy. Les ruego que vuelvan a sus clases en orden y sin alborotos innecesarios.

Amanda se golpeó la frente con la palma de la mano.

—¡Tu tía! —dijo mirando a Carol—. Me va a poner de patitas en la calle.

—¿Quién crees que ha estado al frente de todo este montaje desde que le pedimos ayuda el domingo por la mañana? —indicó Carol con cara pícara—. Ha estado dando órdenes y maquinando planes durante todo el puente, ha sido como si nunca me hubiese separado de su lado.

Amanda sofocó un grito ante la revelación de su amiga.

—Vosotros tres, fuera también. Y haced el favor de darles unos minutos de intimidad a los tortolitos. —Cuando el gimnasio ya estaba prácticamente vacío, la directora añadió por los altavoces—: No demasiados, estamos en un colegio religioso y hay cámaras de seguridad en todo el recinto.

Amanda pudo oír cómo Xisco, de camino a la puerta, le decía a Carol:

—No me parece una mujer tan anticuada como tú insinúas siempre.

—¿No has oído que había cámaras? Solo permite que se queden aquí dentro solos porque está segura de que esos dos no se atreverán a hacer nada por miedo a que los graben en vídeo.

Amanda volvió a reírse, no podía parar de hacerlo. Tomás, que aún no le había soltado las manos, la miraba resplandeciente; su cara de felicidad hacía que Amanda se sintiera más emocionada cada minuto que pasaba.

Se acercó a ella para besarla de esa forma que hacía que sus entrañas se volvieran del revés.

—Amanda, perdóname.

—¿Por qué? —preguntó ella, mientras buscaba sus ojos con ansiedad.

Él la miró con intensidad de nuevo, como si no pudiera desprender sus ojos de los de ella.

—Por haber sido tan idiota. Por tardar tanto en comprender cuánto te quiero. Y, sobre todo, por dejar que te alejaras de mí. Creo que nunca conseguiré perdonármelo.

—No seas tan duro contigo mismo, yo ya te he perdonado —le confesó mientras se acercaba a su boca para besársela con deleite.

—Acordaos de las cámaras —dijo la tía Monja antes de cerrar de un portazo la puerta del gimnasio a sus espaldas.

Tomás y Amanda se echaron a reír, un poco por el alivio de que todo hubiese terminado bien, un poco porque sabían que se amaban y eso les hacía felices. Y no pararon de reír y besarse hasta que Carol entró a por ellos un cuarto de hora más tarde.