CAPÍTULO 19
A principios de diciembre, en España suele haber un puente largo: el día seis se celebra el aniversario de la Constitución y el ocho, la Inmaculada Concepción, una festividad religiosa que sigue manteniéndose como día festivo.
Aprovechando esos días, la madre de Tomás y Gori decidió, por una vez y sin que sirviera de precedente, reunirse con sus dos hijos en Madrid.
Quería enseñarles los lugares que había visitado con su marido durante su luna de miel.
Gori llegó desde Barcelona unas horas antes que ella y Tomás fue a recogerlo al aeropuerto con la moto, que, por supuesto, se había llevado consigo al instalarse en Madrid en octubre.
Nada más verse, se fundieron en un abrazo.
Se habían echado mucho de menos. A pesar de su diferencia de edad, habían crecido muy unidos y a ninguno le había gustado despedirse enfadado en septiembre.
—¿Has crecido? —preguntó Tomás en cuanto deshicieron su abrazo.
Gori negó con la cabeza mientras torcía el labio superior.
—Lo digo en serio —afirmó el mayor—. Me sacas, por lo menos, media cabeza y en verano apenas me llegabas a la barbilla.
—¡Qué gilipollas eres! —añadió riéndose el pequeño.
Tomás también rio. Estaba contento de tener a su hermano con él, aunque fueran a estar apretados los días que iba a quedarse en su casa.
Su madre se había buscado una pensión cerca del apartamento de Tomás porque, según dijo, ya no tenía edad para compartir cama con ninguno de ellos ni para dormir en un sofá.
—Vamos al piso para que dejes la mochila —comentó Tomás—. Además, necesitaré las cinco horas que faltan para que llegue mamá para enseñarte mi choza. Con lo grande que es…
Gori volvió a negar con la cabeza mientras seguía a su hermano.
—¿También tienes que ir a recogerla?
—¿A mamá? ¡Qué va! Dice que no piensa montarse en esta máquina infernal, igual que… —Se calló de repente sin acabar la frase.
—¿Igual que Amanda? —completó su hermano—. Puedes hablar de ella sin miedo a que me enfade, tranquilo. Estoy saliendo con una chica en Barcelona que ha hecho que se me pase el cuelgue que tenía por Amanda. Aunque me siga pareciendo una chica increíble. No me he quedado ciego.
Tomás sonrió con tristeza.
—Si te sirve de consuelo, cuando la llamé no quiso quedar conmigo.
—Lo sé, me lo dijo.
Tomás se volvió hacia él, sorprendido.
—¿Has hablado con ella?
—Sí. Hablamos casi todas las semanas, somos amigos.
La mandíbula de Tomás se tensó.
—No me mires así. Ya te he dicho que tengo novia; no tienes que preocuparte de que me guste. A mí, al menos… —añadió mientras ocultaba una media sonrisa en el interior del casco que le había tendido Tomás.
—¿Qué quieres decir con eso de «al menos a ti»? —preguntó Tomás sintiendo un incómodo nudo en el estómago.
—Pues que hay más tíos en el mundo, y cualquiera de ellos que tenga dos ojos en la cara y un dedo de frente habrá visto en Amanda lo mismo que vimos nosotros.
Tomás no contestó. Estaba rumiando su irritación, no le gustaba nada lo que estaba insinuando Gori. De todas formas, ¿qué podía hacer él? Amanda ya le había dado esquinazo dos veces y no se atrevía a afrontar una tercera.
Xisco y Carol también iban a pasar el puente en Madrid, y Tomás esperaba que cuando quedara con ellos Amanda también los acompañara.
«Así de patético te has vuelto, tío», pensó.
—Creo que en el colegio hay un profesor que le hace ojitos.
La ha invitado a cenar varias veces y ella siempre le ha dicho que no.
Pero el tío es insistente. Y, lo más preocupante, es que Amanda se ríe mucho cuando está con él —informó su hermano a través de los auriculares del casco.
Lo último que le faltaba. Un donjuán que le tirara los tejos a Amanda.
—Eres tú quien dice que la gente debe seguir adelante con su vida. A lo mejor es lo que tiene que hacer, encontrar a alguien y olvidar que en verano se enamoró de quien menos le convenía —contestó intentando sonar despreocupado, sin lograrlo.
—¿A qué hora has dicho que llega mamá? —Gori dio el tema por zanjado.
Tomás sintió cómo una negrura le invadía por dentro. Era la misma que lo había atacado la noche que vio a Amanda frente a la discoteca Kapital y que se había quedado dentro de él desde entonces, aunque esta vez la sintió más espesa, más tangible. Eso no le gustó nada, pero nada de nada.
···
Tomás, Gori y su madre cenaron en el apartamento. Ella había horneado media docena de empanadas de carne con guisantes antes de salir hacia el aeropuerto, y los chicos dieron buena cuenta de ellas. Ninguno las había vuelto a probar desde que se marcharon de Mallorca y a ambos les encantaban.
—¡Mamá, deja eso! Ya fregaremos nosotros los platos —dijo Tomás al verla dirigirse hacia el fregadero cargada con todo el menaje que habían usado para cenar apilado entre las manos.
Gori se levantó para irse hacia la habitación.
—¡Sí, mamá, déjalo! Tomás fregará cuando volvamos.
—¿Cuando volváis de dónde? —preguntó ella, alzando la voz lo suficiente para que la oyera su hijo pequeño desde la habitación.
—Hemos quedado con Xisco y su novia para tomar algo. Y no hace falta que grites, mamá, te oirá igual si susurras. Ya has visto que este piso es como una caja de zapatos.
—Será pequeño, cariño, pero me parece precioso —indicó sentándose junto a él—. Y ahora que tu hermano no está… ¿vas a contarme qué te pasa?
Tomás volvió la cabeza, esperando ver aparecer al cotilla de su hermano por el vano de la puerta, pero eso no sucedió. Volvió a mirar a su madre y suspiró.
—¿Por qué crees que me pasa algo? —le preguntó—. Estoy bien, quizás algo agobiado, el examen está a la vuelta de la esquina y me parece que voy muy atrasado.
—Hijo, te pareces mucho a mí, pero en esto eres igualito que tu padre.
No puedes ocultar cuando algo te preocupa de verdad.
Y tú estás agobiado por algo más que ese examen.
Entiendo que ya eres un hombre y que no te apetece hablar de algunas cosas con tu madre, pero no me tomes por tonta, no quieras hacerme creer algo que no es para tenerme contenta.
Odiaba que tu padre lo hiciera, y me acabo de dar cuenta de que no me gusta nada que lo hagas tú.
—¿Pretendes que me crea que papá te ocultaba cosas y que había algo de él que no soportabas?
—Pues claro que sí. A pesar de que tu padre fuera la mejor persona que haya conocido en mi vida y que nos amáramos con locura, teníamos nuestras diferencias. Menos que la mayoría de las parejas, tal vez, pero las teníamos.
El silencio se instaló entre ellos durante unos minutos que a Tomás le resultaron muy tensos.
Estaba nervioso porque esa noche se encontraría de nuevo con Amanda y no sabía qué podía decirle.
No le había mentido a su madre cuando le había dicho que estaba preocupado por su rendimiento en la academia.
Con lo cerca que se encontraba de la fecha del examen, debería ir mucho más avanzado en su estudio.
Si no conseguía concentrarse en los temas que antes habían sido su pasión, era por culpa de Amanda.
Bueno, eso no era del todo cierto, la culpa era suya porque no podía dejar de pensar en ella.
La única manera que encontraba para ahuyentar la negrura que se había instalado en su interior era recordando cada uno de los minutos que había pasado con Amanda durante el verano.
Aunque al terminar de rememorar cualquier escena compartida con ella se quedara hecho polvo por no tenerla ya a su lado, no podía dejar de hacerlo.
—¿Valió la pena, mamá?
Ella no necesitó más explicaciones.
—¿Que nos amáramos tanto? —Tomás vio que su madre tenía razón al advertirle de que no era tonta.
—Sufrir tanto cuando murió —contestó él abatido.
—¿Es eso lo que te preocupa? ¿Querer a alguien y que desaparezca de tu vida?
—Cuando papá murió y tú te hundiste de aquella manera… me prometí que eso no me sucedería nunca a mí, mamá.
—Siento mucho haberos hecho vivir aquello, hijo.
Me arrepiento todos los días. Sé que os descuidé y que debería haber reaccionado antes, pero en ese momento no podía pensar con claridad.
No podía pensar en nada que no fuera él.
Que ya no estaba conmigo. Que no lo estaría nunca más.
—Hizo una pausa—. Hasta que tu abuela me abrió los ojos.
Comprendí que aferrándome al recuerdo de vuestro padre os estaba perdiendo a vosotros.
Salí adelante por vosotros. Nunca imaginé que aquello te hubiera marcado tanto.
Tomás la miró con los labios apretados y los ojos llenos de lágrimas.
—Se ve que soy más impresionable de lo que creía —intentó bromear.
—¡Oh, cariño! —exclamó ella mientras lo acogía entre sus brazos.
Gori entró en la cocina y los encontró abrazados y llorosos.
—Yo también quiero —dijo en tono de guasa, mientras se agachaba junto a Tomás y su madre—, al fin y al cabo, soy el pequeño y el que necesita más mimos.
Los tres permanecieron abrazados unos segundos, hasta que ella rompió el momento con una sonrisa.
—Venga, Tomás, ve a arreglarte tú también, que este hermano tuyo se ha emperifollado tanto que todas las chicas lo preferirán a él.
Tomás se levantó y volvió a abrazar a su madre, después se dirigió hacia la habitación para cambiarse. Antes de que saliera de la cocina su madre le dijo:
—Sí que ha valido la pena, hijo. Lo que nos quisimos tu padre y yo supera con creces todo lo que haya podido sufrir por no tenerlo a mi lado.
Si encuentras a alguien a quien amar como nos amamos nosotros, no lo dudes, tírate de cabeza a esa piscina.
El sufrimiento es inherente a la vida, es por eso por lo que cada momento de felicidad vale más que un millón de momentos de tristeza.
Aquellas palabras en boca de su madre desataron algo en el interior de Tomás, algo que había estado reprimido y atado muy dentro se extendió desde su pecho al resto de su cuerpo, alejando sus dudas, sus miedos y sus antiguas y arraigadas convicciones, respiró más hondo que en toda su vida y se sintió liberado.
···
Una vez dejaron a su madre en el hostal, los dos hermanos se dirigieron al Chapandaz, un pub que Carol se había empeñado en mostrarles porque, según ella, era una visita obligada si vivías o pasabas unos días en Madrid.
Tomás le había estado dando vueltas a lo que había hablado con su madre y estaba decidido a pedirle a Amanda que dieran un paso adelante en la relación que habían tenido durante el verano.
Se había pasado años proclamando que no quería enamorarse y al final, tal como Amanda había predicho, no había podido oponerse a lo que su corazón había elegido.
Había sido un gilipollas por no darse cuenta de lo que tenía que hacer hasta esa noche. Pero aún podía arreglar esa situación. En cuanto la tuviera delante no permitiría que volviera a esquivarlo. Tendría que escucharlo.
Le diría que la amaba, que estaba loco por ella y que no quería separarse nunca más de su lado. Que había sido un idiota por cómo se había estado comportando durante todo el verano, le diría…
—Tomás, para de moverte, tío, que me estás poniendo histérico. —Gori interrumpió el hilo de los pensamientos de su hermano.
Habían quedado con sus amigos que los primeros en llegar esperarían a los demás fuera, y entre el frío que hacía y lo nervioso que estaba, Tomás no podía estarse quieto.
—El que está histérico soy yo, Gori. Esta noche no le va a quedar más remedio que hablar conmigo. Ya va siendo hora de decirle lo que tendría que haberle dicho hace meses.
Gori sonrió con suficiencia.
—Bienvenido, hermano.
Tomás lo miró extrañado.
—Al sitio donde todos llevábamos esperándote desde hace mucho tiempo. Estás colgado por Amanda desde el día que viniste a recogernos al Coconar 17. El único que todavía no se había enterado eras tú.
—¿De qué estás hablando, enano?
—De que tú y Amanda os habéis comportado exactamente igual que Xisco y Carol durante todo el verano, solo que sin pregonar lo enamorados que estabais. Tú porque te daba miedo reconocerlo. Amanda porque sabía que, si pronunciaba la palabra «amor», saldrías corriendo.
—¿Ella te ha dicho eso?
—No, ella no me lo ha dicho. Aunque tú creas que eres el ombligo del mundo, no has salido más que una vez en nuestras conversaciones.
Pero no hacía falta ser un gran observador para darse cuenta de ello.
¿O es que acaso habías visto a Paloma enfrentándose con uñas y dientes a alguno de tus otros ligues?
Tomás se puso a dar saltitos, no cabía en su piel y no sabía qué hacer con su cuerpo para relajarse, aunque fuera solo un poco.
Los sentimientos que había reprimido durante tanto tiempo pugnaban por salir a borbotones, tenía ganas de gritarlos a los cuatro vientos.
No podía esperar para ver a Amanda y decirle todo lo que había descubierto que se escondía en su corazón.
—Como no lleguen pronto, el infarto me va a dar a mí —dijo Gori resoplando—. Estate quieto de una vez, macho, me agobias.
Tomás estaba a punto de responder cuando distinguió a Xisco y a Carol caminando hacia ellos.
Carol saludó a los hermanos con una sonrisa que le ocupaba toda la cara y Xisco se lanzó a abrazar a sus dos amigos dándoles fuertes palmadas en la espalda.
—¿Dónde vais? —se cachondeó de que los hermanos se hubieran acicalado tanto.
—¿Dónde está Amanda? —quiso saber Tomás, cerca del colapso, nervioso. Aún no la había visto y tenía la sensación de que el estómago se le iba a volver del revés si no la tenía pronto entre sus brazos.
Las caras de Xisco y Carol pasaron de mostrar la inmensa alegría que sentían al reencontrarse con sus amigos, al abatimiento en un solo segundo.
—Lo siento, Tomás. No ha querido venir. Está decidida a borrarte del todo de su vida —informó Carol mientras apoyaba una mano de forma cariñosa en el brazo de su amigo.