CAPÍTULO 18 #3
—Amanda —se oyó una voz de chico llamándola—, vamos a entrar, ¿vienes?
—Sí, claro, ahora mismo, esperadme un segundo.
Tomás sintió cómo la bilis le subía por la garganta y le entraron unas ganas terribles de emprenderla a patadas con el pobre chaval, por haberlos interrumpido cuando la conversación parecía que mejoraba.
—Los estoy retrasando, se van a enfadar —dijo Amanda mientras señalaba hacia sus amigos.
Tomás se le acercó para besarla, pero solo consiguió que el corazón se le partiera en añicos cuando ella ladeó la cara para darle un par de besos en las mejillas.
—Nos vemos cualquier día de estos, ¿vale? —se despidió, ya de camino hacia el grupo que la esperaba, mientras levantaba la mano y empezaba a acelerar el paso.
Toda la euforia que había embargado a Tomás minutos antes se esfumó de un plumazo. El malestar que sentía desde hacía un par de meses pareció explotar en su interior con la potencia de una bomba atómica, arrasándolo todo a su alrededor.
Se sentía débil y aturdido, no estaba seguro de encontrar el camino a casa. De todas formas, emprendió la marcha, obligándose a poner un pie delante del otro hasta que llegó a la puerta de su apartamento.
«¿Qué me está pasando?», se preguntó, noqueado. Él se había protegido tan bien contra Amanda como lo había hecho con todas las chicas anteriores a ella. «No será nada, debo de haber pillado la gripe», se mintió una vez más, antes de tirarse vestido sobre la cama.
···
Amanda ni siquiera llegó a entrar en la discoteca, el encuentro con Tomás la había dejado algo tocada y lo único que le apetecía en esos momentos era irse a casa y meterse en la cama.
Sabía que no podría dormir, pero también era consciente de que la noche se había echado a perder y que, de todas formas, no se iba a divertir.
Si se quedaba, seguramente se pasaría el tiempo vigilando si veía a Tomás, aunque supiera a ciencia cierta que era poco probable toparse con él en Kapital.
Sus pasos rápidos resonaban en los adoquines mientras caminaba en busca de un taxi.
No era tarde, lo más seguro era que no le costara demasiado encontrar uno.
Ese pensamiento todavía flotaba en su mente cuando se dio cuenta de que un coche blanco con la luz verde se acercaba hacia ella.
Levantó la mano y el taxista paró a su lado, en cuanto le dio la dirección de su casa, se repantigó en el asiento, sacó el móvil y marcó un número sin necesidad de mirar la lista de contactos.
—¡Amanda! —contestó Carol muy contenta—. ¿Qué pasa? Creía que habías salido de marcha con los de la pandilla.
—¿Tú has hablado con Tomás y le has dicho que yo pensaba ir a Kapital esta noche? —le espetó sin saludarla siquiera.
Carol tardó un poco en contestar:
—¿Por qué tendría que haber hecho tal cosa? —preguntó, al fin, en tono ofendido.
Amanda, que estaba al borde de las lágrimas, ni se dio cuenta del titubeo de Carol.
—Me lo he encontrado delante de la discoteca, quería que me fuera a tomar algo con él, pero le he dicho que no podía dejar a mis amigos colgados.
Ha parecido decepcionado y he estado muy tentada a cambiar de opinión —suspiró—.
¡Es que ya es casualidad que nos encontremos en la puerta de la dichosa discoteca!
Carol, qué mal lo he pasado. No sé ni cómo he conseguido decirle que no me iba con él.
—Le temblaba la voz y tenía que morderse el labio para evitar llorar.
—¡Eh, cariño! —le dijo Carol con voz suave—. No llores, por favor, sabes que odio estar tan lejos y no poder consolarte.
—No te preocupes, estoy bien —contestó Amanda haciendo un esfuerzo sobrehumano—.
Solo quería saber si tú o Xisco teníais algo que ver con esto, pero, si me dices que no, habrá sido una casualidad.
Te dejo, que ya estoy llegando a casa y no quiero que mis padres se despierten cuando entre. Un beso, mañana hablamos.
Entró en su casa sin hacer ruido y consiguió, a duras penas, contener las lágrimas hasta que se metió en la cama.
No podía dejar de pensar en Tomás. Verlo había sido un mazazo para el autocontrol que tanto le había costado construir.
Estaba tan guapo… El mechón de pelo negro que le caía sobre la frente le había provocado el mismo vuelco en el estómago que la primera vez que lo vio.
Durante unos segundos había deseado olvidarse de todo y refugiarse entre sus brazos.
Y la manera en que él la había mirado… Como si aquellos dos meses separados no hubieran existido.
Como si solo hubieran pasado unos minutos desde la última vez que se habían visto.
Había hablado con una dulzura que la desarmó.
Parecía desear de verdad que se marchara con él.
Durante un instante se sintió especial. Única.
Como si fuera un tesoro demasiado valioso para dejarlo escapar.
«No te engañes. Eso solo son imaginaciones tuyas». Estaba claro que le gustaba a Tomás, si no ¿por qué habría pasado el verano entero a su lado? «La cuestión es que no está enamorado de ti».
Y esa diferencia bastaba para romperle el corazón.