Para siempre contigo (Colección Mediterráneo 1) CAPÍTULO 18 #2
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CAPÍTULO 18 #2

—No, ya si eso te llamo yo, no te preocupes.

Incluso antes de colgar, Tomás se dio cuenta de que algo no iba bien. Esa chica no había sonado como la Amanda que él conocía. Bueno, sí, era su voz; pero no era la misma persona de la que él se había separado un mes atrás.

De inmediato marcó un nuevo número.

—¿Sí? —contestó la voz alegre de Carol—. ¿Qué pasa, chaval? ¿Cómo te están tratando por mi tierra?

—Pues bastante bien —respondió Tomás, sin convicción.

—¿Ha sucedido algo? —preguntó la chica, alarmada—. ¿Te encuentras bien?

—Sí, bueno, acabo de llamar a Amanda.

—¡Ah! Es eso —se escuchó el silencio en la línea durante unos instantes y después volvió a hablar—: Está decidida a olvidarte, Tomás, y cree que lo mejor es mantenerse lo más alejada que le sea posible de ti.

Me extraña hasta que te haya contestado al teléfono.

No está enfadada, solo intenta protegerse.

—Ya, pero es que me apetece verla. La echo de menos.

—¿Le has dicho eso a ella? —La voz de su amiga sonaba esperanzada.

—Es que no me ha dado tiempo, me ha dicho que estaba a punto de entrar en clase y que ya me llamaría.

—Ya veo —silencio de nuevo—, bueno, quizás no debería decirte esto, pero sé que mañana por la noche va a salir con algunos amigos nuestros, van a ir a la discoteca Kapital, en Atocha. ¿Sabes cuál es?

—Pues la verdad es que no. Desde que estoy aquí no he salido ni una vez. He venido a estudiar, ¿recuerdas? —preguntó sarcástico.

—No seas borde, que no te pega nada. No es difícil de encontrar —continuó, sin darle el derecho a réplica—. ¡Está en Atocha! —añadió, como si eso dejara clara su ubicación exacta.

—Vale, puedo encontrarla allí mañana, ¿no?

—Bueno, quizás dentro no la encuentres. Creo que es una de las discotecas más grandes del mundo.

—Entonces, ¿qué pretendes, que la espere fuera hasta que llegue, en plan acosador?

—Hombre, en plan siniestro, casi mejor que no. Creo que van a ir a cenar al Udon de la plaza Pedro Cerolo y después se acercarán a pie a Kapital, igual podrías interceptarla por el camino o algo.

Tomás se pasó las manos por la cara y resopló.

—Lo mejor será que la deje en paz, si eso es lo que ella quiere.

—¡No! —gritó Carol.

—¿No es lo que quiere o no tengo que dejarla en paz? —Tomás empezaba a sentirse mosca con todo el asunto.

—Sí, ella quiere que la dejes en paz, pero no es lo que tienes que hacer. Bueno, si es que tú quieres verla, claro.

—Te juro que no entiendo ni una palabra de lo que me estás diciendo —masculló, resoplando de nuevo.

—¡Ni falta que hace! —espetó Carol ufana—. Tú hazme caso a mí, mañana te haces el encontradizo con ella y después me cuentas.

Y, sin añadir ni media palabra más, colgó. Tomás se quedó hecho un lío y sin tener claro que lo que le aconsejaba la loca de Carol fuera lo más acertado.

···

Se acercaba la hora de salir y Tomás todavía no estaba seguro de qué hacer. Se moría de ganas de ver a Amanda, pero pensaba que a ella no le gustaría que la estuviera acechando.

Tampoco era necesario que ella se diera cuenta de que la estaba esperando, seguro que podía pensar una idea plausible para encontrarse fuera de una discoteca.

Así que, con una extraña sensación en la boca del estómago, se puso unos vaqueros, a los que Amanda había mirado con muy buenos ojos en más de una ocasión; se fue probando una camisa tras otra hasta que el espejo le devolvió una imagen que le gustó; se puso un buen chorro de perfume, el que sabía que le gustaba a Amanda porque la había pillado varias veces inhalando su olor, y salió decidido a «encontrársela como por casualidad» por Atocha.

«Ya te vale, chaval, lo que estás haciendo no es ni medio normal», se sermoneó, aunque hizo caso omiso a sus propias palabras y siguió adelante con su loco plan.

Desde el sitio que había elegido para esperar la vio llegar, sonriente, entre un grupo de chicos y chicas de su edad.

Su corazón se aceleró al verla; estaba más guapa de lo que recordaba y lo único que le apetecía en esos momentos era acercarse a ella, cogerla por la cintura y besarla hasta perder el aliento.

«Tranquilízate —se dijo—, no la vayamos a asustar. Vamos a hablar un poco con ella primero y luego, ¿quién sabe?», se animó, antes de dirigirse hacia ella, muy decidido.

—¡Amanda! —la llamó. Ella se volvió como si buscara de dónde procedía esa voz familiar, Tomás agitó la mano sobre su cabeza para hacerse ver.

La cara de la chica perdió la sonrisa de unos segundos antes para ponerse seria, le comentó algo a una de sus amigas y se acercó a Tomás.

—¡Hola! ¿Qué haces por aquí? —le preguntó mientras miraba a su alrededor como si buscara a alguien.

—He decidido darme un poco de descanso y he salido con unos compañeros de la academia —mintió mientras señalaba con la mano hacia un lugar indefinido, como si quisiera mostrarle a sus supuestos acompañantes—. Desde lejos me ha parecido que eras tú y me he acercado a saludarte.

—¡Ah! —dijo ella—. ¿Vais a la Kapi?

—No sé, a mí me apetecía más tomar algo de tranquis. ¿Te apetece venir?

—Es que he salido con unos amigos —informó ella, sin emoción en la voz— y no estaría bien dejarlos tirados.

Tomás veía que Amanda le daba largas, pero no podía consentir que se alejara de él sin hablar un poco más con ella. Además, estaba seguro de que aquel malestar de su estómago no se le iba a pasar si no lo hacía.

—Me he instalado en un apartamento en la calle Ferraz… —explicó, por seguir con la conversación.

—¿Muy caro? —se interesó ella.

—Muy pequeño —aseguró Tomás mientras afirmaba con la cabeza. Ambos se rieron con complicidad—. Aunque la verdad es que no me importa. Paso poco tiempo en él. Entre la academia, la biblioteca y algunas guardias que hago de noche en una farmacia, estoy bastante ocupado.

—¿Te has buscado un trabajo? —lo interrogó con afecto.

—Bueno —Tomás se rascó la cabeza—, no son más que dos noches a la semana, y aprovecho casi todo el tiempo para estudiar. Pero una ayuda económica nunca viene mal…