Para siempre contigo (Colección Mediterráneo 1) CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

Había pasado septiembre y Tomás no se sentía satisfecho con nada de lo que tenía en su vida. El trabajo en el hotel le parecía tedioso, la comida del restaurante repetitiva, los temas del FIR se le hacían muy pesados y estaba cansado de robarle horas al sueño para estudiar sin ver resultados.

Por si eso no fuera suficiente, desde que Amanda se había ido no dejaba de encontrarse «casualmente» con Paloma, tanto dentro como fuera del hotel, siempre sonriente y zalamera.

Desde luego, no podía entender cómo alguna vez había podido sentirse atraído por ella.

En esos momentos le parecía evidente: tan trasparente en sus intenciones como despreciable en su forma de actuar con Amanda.

Lo único que le había alegrado un poco los días fue una conversación que escuchó sin querer entre Xisco y Carol:

—Entonces, ¿está contenta en el colegio? —había preguntado Xisco.

—Sí, dice que la han recibido con los brazos abiertos y que todo el mundo se esfuerza para que encaje. Por lo visto hay muy buen rollo entre los profes y el ambiente de trabajo es muy agradable.

—¿No se cansa de aguantar a tantos adolescentes? Yo no podría. A Tomás le va ese rollo, pero a mí ni de broma.

—Hombre, habrá de todo, como en todos sitios. Imagino que unos mejor y otros peor. Aunque como Amanda tiene una edad más cercana a la de ellos, la ven más como a una compañera que como a una profe, y la tía se aprovecha y va de coleguilla con ellos; o al menos eso es lo que me dijo ayer.

Tomás se había alegrado mucho al oír que Amanda estaba bien. Su despedida no había sido como él hubiera deseado, pero él no podía darle lo que ella le pedía.

No quería entregarle su corazón a nadie. No podía permitírselo. Y no era porque no hubiera encontrado a la persona adecuada. De hacerlo, sería ella. Sin duda. Sin una sola alternativa posible.

Pero eso no iba a ocurrir. Él no iba a enamorarse como sus padres. No iba a repetir esa historia. No iba a quedarse atrapado en algo que después pudiera romperlo.

Se lo repetía cada día desde que Amanda se había marchado. Y, aun así, no funcionaba.

También estaba Gori.

Parecía muy enfadado con él, desde hacía semanas apenas cruzaban unas palabras. Y eso era raro en ellos, ninguno era callado. Tomás estaba seguro de que lo estaba evitando.

Sabía que Gori había acompañado a Amanda al aeropuerto junto con Xisco y Carol y, como ninguno había querido mencionarlo, intuía que el mosqueo tenía relación con eso.

No había querido preguntárselo. Lo único que le faltaba en esos momentos era que su hermanito le dijera qué debía o no hacer con su vida.

Ese día, sin embargo, al entrar en el apartamento, oyó ruido en la habitación de Gori.

Se dirigió hacia allí sin pensarlo dos veces.

No quedaba mucho para que se marchara a Barcelona a estudiar y no quería despedirse con esa distancia entre ellos.

Lo encontró haciendo la maleta y recogiendo todas sus cosas.

—¿Ya nos dejas? —le preguntó—. Creía que no te ibas hasta mañana.

—Sí, pero me apetece estar unos días con mamá antes de irme. Apenas la he visto este verano, ni a ella ni a mis amigos. Los echo de menos.

—¡Si en Barcelona compartirás piso con Pep! Creía que era tu mejor amigo.

—Y lo es, pero tengo otros. Supongo que como tú, que no te conformas con una chica increíble y necesitas tener a otras —le soltó en tono agresivo.

—¡Así que eso es lo que te pasa! —dijo Tomás con fría calma, sin mostrar la ira que ardía en su interior—. No puedes aceptar que Amanda haya preferido pasar el verano conmigo.

Era la primera vez en la vida que Tomás le hablaba así. Siempre lo había protegido, y mucho más desde que había muerto su padre, pero sus reproches lo habían cabreado de forma considerable y tenía que devolverle el golpe de alguna manera.

—Pues lo cierto es que sí —escupió, con rabia, Gori—.

Yo la habría querido, la habría mimado, no como tú.

No la habría dejado marchar. —La frase cayó entre ellos con un peso incómodo—.

Como dijo ella… uno no puede decidir a quién entrega su corazón —añadió Gori, más bajo, más duro—.

Pero tú sí eliges no hacerlo. Porque eres tan egoísta que no lo quieres compartir con nadie.

Tomás se dio cuenta de que su hermano tenía los puños apretados con fuerza, como si quisiera darle un puñetazo. Sabía que Gori se había encariñado mucho con Amanda, pero hasta ese momento no había sido consciente de cuánto.

—¿Eso te dijo? ¿Que yo era un egoísta?

—No, qué va. Ella es incapaz de decir algo así de ti. Amanda hasta te justificó. Soy yo quien ha dicho que lo eres.

—No tienes ni idea de lo que hablas, chaval. Tú no recuerdas cómo era mamá antes de que papá muriera. No es la misma… mejor dicho, no es ni la sombra de la que era. Ella cambió porque habría preferido irse con él antes que quedarse con nosotros… —La voz de Tomás sonaba triste.

—Pero no lo hizo, ¿no? —le recordó Gori, con los ojos llenos de lágrimas—.

Se quedó. Y ha seguido adelante. Eso es lo que hace la gente normal, Tomás: seguir su camino.

—Se quedó unos segundo callado y después continuó—: Es verdad que casi no recuerdo a papá ni cómo era la vida antes de que muriera.

Pero ¿sabes qué pienso? Que acusas a mamá de algo que tú también haces.

Tomás elevó las cejas, no entendía qué quería decir Gori con aquellas palabras.

—Igual que ella vive anclada en el recuerdo de nuestro padre y no se abre a nadie nuevo, tú piensas que estás mejor si solo te quieres a ti mismo, ni siquiera te atreves a abrirte a una chica tan maravillosa como Amanda.

—¿Qué sabrás tú? —le espetó Tomás, harto de esa conversación y de lo que esta removía en su interior—. Paso de seguir hablando de esto con un mocoso. De todas formas, no me harás cambiar de opinión.

—Sí, es mejor que sigas así, negándote a escuchar lo que piensan los demás. Me llamas a mí mocoso porque tu postura no es infantil, ¡ni mucho menos! —apuntilló Gori, sarcástico, mientras veía cómo su hermano salía de la habitación sin contestar.

···

Una semana más tarde, Tomás seguía sin concentrarse en el estudio.

Le había dado muchas vueltas a su situación y, de todas las ideas que había barajado, la única que lo convencía era la de buscar una academia para repasar los temas que le quedaban y encerrarse a estudiar hasta el día del examen.

El problema era que en Mallorca no había ninguna que ayudase a preparar el FIR.

Tendría que ir a la península y, en consecuencia, dejar de trabajar en el hotel.

«De todas formas, el año que viene Yunior será el jefe de los animadores y pensabas pasarle el testigo antes de que terminara el verano, ¿no? —se dijo—. A lo mejor va siendo hora de que empiece a practicar y así ya estará preparado cuando comience la temporada».

Decidió que al día siguiente informaría a todo el mundo de que tras el puente del Pilar dejaría el hotel para irse a estudiar. Solo le faltaba escoger a qué academia iba a asistir, así que se puso a investigar en internet para ver por cuál se decidía.

Llevaba más de una hora pegado a la pantalla del ordenador cuando Xisco llegó de la calle cargado con varias bolsas de la compra.

—¿Qué haces a oscuras delante del portátil, tío? Te vas a quemar los ojos.

—Yo creo que ya los tengo más que chamuscados —contestó él mientras se apretaba el puente de la nariz—. He decidido que no puedo seguir así. Me voy a ir a Madrid.

—¿A buscar a Amanda? —preguntó Carol, que en esos momentos entraba también.

Tomás la miró con fijeza.

—No, a estudiar, en una academia. He estado mirando varias y la mejor está en Madrid.

—¿Independientemente de que Amanda esté allí? —insistió Xisco.

—Sí, ¿por qué?

—No, por nada. Solo que a principios de verano me había parecido oír que decías que en Barcelona había una que te gustaba bastante y que así podías acoplarte al piso de tu hermano y tener un gasto menos.

—¿Qué pasa? ¿Uno no puede cambiar de opinión o qué?

—Sí, sí, cambia de opinión todo lo que quieras, a mí qué me cuentas —exclamó Xisco mientras colocaba algunas de las cosas que había traído del súper en los estantes de la cocina.

Tomás, de fondo, creyó oírle decir a su novia:

—Si este se va a Madrid por la academia, yo soy fraile castrense.

—Ya te dije que era cisterciense, no castrense —murmuró Tomás, sin poder evitarlo, con tono seco.

Xisco meneó la cabeza y chasqueó la lengua, pero no le contestó.

Cada vez que el nombre de Amanda salía en una conversación, Tomás sentía cómo crecía la desazón en él. Se decía que era por cómo habían terminado, por lo mal que había quedado con ella después de un verano perfecto. Nada más.

Menos de un mes más tarde, casi sin darse cuenta, Tomás estaba en Madrid buscando piso.

Encontró uno de cuarenta y cuatro metros, aunque bien aprovechados, en la calle Ferraz.

Tenía una cocina muy pequeña, pero equipada al detalle y eso le agradó; una habitación, a la que no le faltaba de nada, y un baño correcto, sin nada superficial.

Lo que más le gustó fue el olor a limpio y la luz que entraba a raudales por las ventanas que daban a la calle.

Era un antiguo edificio rehabilitado; se había quedado maravillado con el ascensor de jaula y las escaleras de madera.

Pensó que había tenido la suerte del siglo, así que no dudó en alquilarlo.

Habían pasado ya los primeros días de noviembre cuando Tomás, sin poder resistirse más, decidió llamar a Amanda. No sabía si le contestaría. Cuando el teléfono empezó a dar tono de llamada, se arrepintió de no haberle mandado primero un mensaje.

—¿Diga? —contestó la chica, con extrañeza en la voz.

—¡Hola, Amanda…, soy Tomás!

—Sí, ya sé quién eres —respondió ella, seca—. ¿Necesitas algo?

—No… no necesito nada. Solo quería decirte que estoy en Madrid y que quizás… podríamos vernos algún día —dijo él, sintiéndose más inseguro que nunca antes en su vida.

—Lo siento, Tomás, ahora no puedo atenderte, tengo una clase en cinco minutos. Hablamos otro día, ¿de acuerdo?

—Sí, vale, de acuerdo. Volveré a llamarte.